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Viernes, 25 de octubre de 2002 - 12:41 GMT

Pinchada por China

Escribe Carolina Robino de la BBC.

China te vuelve loco, me dijo un amigo para el cual la locura tiene una connotación positiva. Y sí, tenía razón. Vengo llegando de Nanjing, la capital de la provincia sureña de Jiangsu, y tengo la feliz sensación de haber estado en otro mundo.

Además de periodismo, la curiosidad me llevó a estudiar acupuntura. Precisamente, viajé a Nanjing a hacer una práctica de dos semanas en el Hospital de Medicina Tradicional China (MTC) de esa ciudad, en el sureste del país.

En Occidente, la acupuntura es vista como una terapia alternativa. La gente que llega a ella suele hacerlo después de haber agotado todos los recursos de la medicina tradicional y muchas veces no le tiene demasiada fe.

Por eso y por miedo al dolor, en nuestras sociedades se utilizan agujas muy delgadas, de las que se inserta un número razonable pero mínimo y con extremo cuidado, evitando las zonas más sensibles, como el rostro.

En China vi otra cosa. Allá la acupuntura no es moda, sino tradición. Allá sí que pinchan de verdad.

Olor a marihuana

En el hospital de MTC de Nanjing lo primero que llama la atención es el fuerte olor a moxa que inunda el aire.

La moxibustión es una técnica para proveer calor a través de la quema de hierbas comprimidas, que en China es recomendada para cualquier enfermedad relacionada con el frío.

Pero en Occidente se utiliza muy poco. No por desprecio, sino porque el humo que genera es tan abundante que puede activar las alarmas contra incendios que abundan en nuestros edificios. Y porque huele a marihuana.

Yo y dos de mis ocho compañeros pasábamos el día en una de las cinco salas de acupuntura del tercer piso del hospital. Pero había muchas más.

Este sector era exclusivo para el tratamiento de parálisis facial (que en China es un mal extrañamente común), dolores de espalda y cabeza, y problemas de la vista.

Mientras estuve ahí, vi a médicos chinos tratando a cientos de pacientes. No estoy exagerando. Cada cuarto tenía cinco camas y estaban siempre llenas.

La demanda era tal que muchas veces los enfermos recibían acupuntura en los pasillos y se paseaban por ellos con 10 o 20 agujas en la cara. Como si nada, de lo más natural.

Como un jarabe

Algunos pacientes nos tenían miedo y se negaban a que los tocáramos. Otros, en cambio, se entregaban a nuestro aprendizaje con extrema generosidad y cuando terminaba la sesión nos decían en un inglés bastante precario: "Muchas gracias, doctora extranjera".

En China, los pacientes saben de qué se trata la acupuntura. Y sus familiares también. Muchas veces, mientras yo estaba poniendo o sacando las agujas, la madre o el esposo del enfermo se paraban a mi lado para darme instrucciones.

"Más rápido" o "más profundo", me decían mientras me esmeraba en hacerlo lo mejor posible. Yo los miraba y transpiraba.

Por eso, era muy reconfortante cuando alguien me sonreía y por medio de señales lograba comunicarme que sí, que le había gustado "mi mano" de acupunturista.

¿Les duele? A veces hacían gestos de dolor, pero nunca gritaban o intentaban evitar el pinchazo. Para ellos, es como tomar un jarabe de mal gusto.

Además, la técnica de los médicos chinos es perfecta. Da envidia. No parece que estuviesen atravesando la piel. Las agujas entran sin resistencia, como un cuchillo en mantequilla suave.

Pelos de punta

Un día decidimos sacar nuestra propia caja de agujas. Al verlas, médicos y estudiantes estallaron en risas entre tímidas y burlescas, exactamente como uno se imagina que se ríen los chinos.

Según ellos, eran tan delgadas que no producían efecto suficiente.

Las agujas que ellos usan son gruesas y pueden dejar marcas. A veces los moretones denuncian cuáles son los puntos que han sido pinchados. Eso en Occidente pone los pelos de punta.

Aún peor a nuestros ojos es el hecho de que las agujas se reciclan. Después de un proceso de esterilización, claro.

Si alguien quiere tener agujas personales tiene que pagar un poco más. Entonces se les hace un paquete exclusivo.

Pero la verdad es que muy pocos parecen temerle al SIDA o cualquier otra enfermedad transmisible.

Reloj y billetera

Como sea, los resultados pueden ser sorprendentes. Nosotros tuvimos la suerte de conversar con una mujer que había sufrido un ataque cerebral. Dos meses después, ya estaba dando sus primeros pasos.

En nuestros países, los pacientes sólo visitan al acupunturista una vez a la semana. O dos como máximo. El reloj y la billetera juegan en contra de una mayor frecuencia.

En China, en cambio, los enfermos reciben acupuntura todos los días. Y para todo tipo de males, incluso los que son sujeto de hospitalización. En esos casos, la MTC es combinada con métodos occidentales.

Mi afán no es hacer comparaciones calificativas. Me parece un ejercicio inútil.

La idea es compartir algunas diferencias, mostrar parte de un mundo que para la mayor parte de los occidentales sigue siendo completamente desconocido.

Por lo demás, son diferencias lógicas. Mal que mal, los chinos comenzaron a "pinchar" hace miles de años. Nosotros estamos recién comenzando.


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