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BBC Mundo / LA COLUMNA DE MIGUEL
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Sábado, 21 de enero de 2006 - 17:26 GMT

Historia de gripe y de familia

Miguel Molina
Columnista, BBC Mundo

Arriero (genérica) Ochenta y cuatro años, dos esposas, treinta hijos, ciento diez nietos, ciento treinta bisnietos y nueve tataranietos después, don Mauro Olivera miró a su alrededor y pudo ver el pueblo, un caserío apacible en la campaña suavemente ondulada del departamento de Salto, en la República Oriental del Uruguay.

Así estaban las cosas cuando tuve noticia de él, en 1999, gracias a un cable perdido en la vasta extensión de las noticias que distribuyen las agencias. Durante un tiempo se me olvidó, hasta que me vino el resfriado que me obligó a buscar historias de otro tiempo y reecontré a don Mauro.

No conozco a don Mauro. Me lo imagino como otros rancheros que conocí, hombres de piel castigada por la resolana implacable, cuyos cuellos habían comenzado a parecerse a los cuellos de los toros en el porte y en las arrugas poderosas.

No me sorprendería que don Mauro fuera así, y hablara casi a gritos, acostumbrado a lugares en que no hay paredes, hecho a rutinas maniacas y a pocas palabras.

El cielo por techo y la silla por almohada

Caballos (genérica) Sabemos que en los atardeceres decembrinos, cuando el calor afloja y el cielo rojo empieza a volverse oscuro, cuando todavía no estaba a salvo de las preocupaciones, don Mauro evocaba los veranos de su lejana infancia, y reconstruía con minucia las jornadas en que acompañaba a los mayores que llevaban reses de Artigas a Montevideo, cuarenta y cinco días de ida con la tropa y doce de vuelta con los caballos.

Esa vida al aire libre, bajo los calorones y los friazos, durmiendo con el cielo estrellado por techo y la silla de su caballo por almohada, lo libraron de todo mal, cuando menos hasta 1999.

Don Mauro nunca se había enfermado ni había recibido siquiera una vacuna, no bebía y comía toda la carne que pudiera cada vez que podía, aunque no se animó a quitar la sal de sus comidas como le recomendó una vez un médico. Ese es el secreto, reconocía con una sonrisa que dice sin decir que hay otro secreto.

El otro secreto era, aunque no lo confesara, su gusto por los placeres de la carne, evidente en su irrefrenable actividad sexual, claramente hereditaria, aunque hay que señalar la salvedad de que seis de sus hijos fueron adoptados, y quince de ellos son frutos de su segundo matrimonio, que contrajo en 1972, cuando ya tenía cincuenta y seis años.

Don Mauro, dicen quienes lo conocen aunque sea de lejos, antes de responder con una carcajada que les nace en los ojos, Don Mauro Olivera es un verdadero fabricante de criollos.

Las preocupaciones del abuelo

"Armado únicamente con su sabiduría de campo, su salud blindada y sus poderes de garañón, don Mauro vio pasar la historia, sobrevivió gobiernos blancos y colorados, dictaduras militares, huelgas, paros locos, renovaciones y alianzas, privatizaciones y modernizaciones, y sin darse cuenta se convirtió en parte de esa historia."


Una cosa que le preocupaba a don Mauro es el tamaño de su estancia, ya de por sí pequeña, apenas veinticinco hectáreas, que se ha ido reduciendo. Primero porque a cada uno de los hijos le dio un lote para que hiciera su casa, y luego porque donó un lote para la escuela, otro para la comisaría y otro para una policlínica de asistencia médica.

A ese paso no les voy a dejar herencia, pensaba don Mauro, que estableció la costumbre de darle a cada uno de sus hijos y sus nietos un caballo con montura el día en que cumplieron catorce años.

Pero les voy a dejar el espíritu de trabajo, porque yo he trabajado toda mi vida, declaró después de pensarlo mejor, y como no se animó a recontar para la prensa la historia de su vida y sus labores se conformó con admitir que ha sido igualitario en el reparto. En cada casa de Olivera, porque así se llama el pueblo, hay un descendiente de don Mauro.

Ese hecho, que lo enorgullecía entonces, no dejaba de confundirlo porque a veces no sabía quién era el gurí que lo saludaba con tanto afecto, o de quién era la gurisa que se despedía de él a lo lejos. Pero nada más. A su edad, don Mauro ya se había ganado el derecho de que todo lo demás no importara.

Armado únicamente con su sabiduría de campo, su salud blindada y sus poderes de garañón, don Mauro vio pasar la historia, sobrevivió gobiernos blancos y colorados, dictaduras militares, huelgas, paros locos, renovaciones y alianzas, privatizaciones y modernizaciones, y sin darse cuenta se convirtió en parte de esa historia.

Su única preocupación en 1999 consistía en recordar en qué casa le tocaba comer asado con cuero y quiénes eran los gurises que de verdad o en broma le decían abuelo.

No he vuelto a saber de él desde entonces, pero espero que siga vivo entre los suyos y que no le haya dado, como a mí, alguna de esas gripes de nuestro tiempo, porque entonces tendrían que inyectarlo y a don Mauro nunca lo habían inyectado.

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