"Sabia virtud de conocer el tiempo;
a tiempo amar y desatarse a tiempo;
como dice el refrán: dar tiempo al tiempo,
que de amor y dolor alivia el tiempo."
Renato Leduc
Me habría gustado estar en Quito o en Guayaquil el primer día de octubre precisamente al mediodía, cuando sonaron las sirenas de veinticinco cuerpos de bomberos y se tocaron dianas en todos los cuarteles militares y repicaron las campanas de las iglesias porque era hora, por fin, de que Ecuador se convirtiera en un país de personas puntuales.
La idea es que todos los ecuatorianos sincronizaran sus relojes en una hora nacional que les permitiera llegar a tiempo a todas partes, porque la impuntualidad le cuesta al país dos mil quinientos millones de dólares al año. Y parece que todo funcionó, aunque el propio presidente y coronel Lucio Gutiérrez tuvo el mal principio de suspender su primer compromiso con la puntualidad y comenzó ese día veinticinco minutos tarde.
Pero eso es lo de menos. Los ecuatorianos son, hasta donde se sabe, los primeros en reconocer su incapacidad para llegar a tiempo, aunque no sean los únicos con ese problema que afecta a toda América Latina y aun otras regiones del globo terráqueo.
Están los mexicanos, cuyo sentido del tiempo es deplorable en general. Tengo amigos para quienes las ocho de la mañana es una hora más cercana al mediodía que a las siete de la mañana, por ejemplo, aunque no todos sean así. Como entre los ecuatorianos, entre los mexicanos son más impuntuales los estudiantes, los empresarios y los políticos, si bien no necesariamente en ese orden.
Y así podríamos mencionar a uno por uno de los países de nuestra América, que cada vez es menos nuestra. No faltará quien diga que se debe a que la gente no tiene prisa en los climas tropicales, donde el ritmo de vida es diferente y uno no sufre las presiones de otros lugares en que el tiempo es oro en realidad, o su equivalente en dólares. Yo sé que se equivocan quienes piensan eso.
Antes de vivir en Gran Bretaña, yo también creía en la puntualidad inglesa, que le permitía a uno poner el reloj de acuerdo con los trenes, que paralizaba el mundo a la hora del té, y que en general hacía que la vida en este país fuera de una precisión inmaculada. Me bastaron dos semanas para darme cuenta de que el tiempo es un concepto relativo, aunque no haya logrado comprender en toda su extensión el análisis einsteniano.
En Gran Bretaña, que comprende a Inglaterra, Escocia y Gales, los trenes dejaron de correr a tiempo desde hace años, la hora del té puede ser cualquier hora, y la vida no es precisa ni mucho menos inmaculada. La gente, en consecuencia, llega tarde.
Debo admitir que E-mary y yo somos personas puntuales.
Preferimos esperar una hora que llegar un minuto después, sobre todo cuando vamos a viajar. El caso más extremo nos pasó en Frankfurt, donde llegamos al aeropuerto un día antes de la fecha en que teníamos que volar de regreso a Londres, lo que nos permitió comprobar algunas otras cosas sobre la puntualidad germana, que mucho se parece a la holandesa.
Cuando compramos los boletos de tren para ir a donde íbamos, la señora de la taquilla nos dio una hoja con instrucciones precisas. Su tren sale de la plataforma cuatro a las 11:55, y a las 13:21 llega a la ciudad X, donde tienen que caminar tres minutos para la plataforma seis, donde a las 13:32 pasa el tren que los llevará a donde van. Y así fue.
Mi teoría es que la puntualidad no necesita relojes ni campañas. Se trata de algo que uno aprende por el ejemplo o por la necesidad. Y en Ecuador, como en México, como en América Latina, como en el mundo con las excepciones que se han mencionado y otras que otros conocen, hay pocos ejemplos y casi ninguna necesidad.
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