La historia de Francis ocurrió en la ciudad de Washington.
Cada año miles de mujeres llegan a Estados Unidos haciendo uso de una visa especial que el Departamento de Estado otorga para que diplomáticos, funcionarios de organizaciones internacionales, estudiantes y empresarios extranjeros puedan llevar a empleadas domésticas desde sus países de origen.
Para la mayoría es una oportunidad para conocer otra cultura, aprender otro idioma y ahorrar dinero, pero organizaciones como Human Rights Watch y Casa de Maryland han denunciado que una minoría sufre abusos graves, que van desde la violación hasta la retención de pasaportes.
El siguiente es el testimonio de una mujer que para hablar con BBC Mundo eligió usar el nombre de Francis. No quiso sacarse fotografías y también omitimos el nombre del país de sus empleadores para evitar que pueda ser identificada.
Llegué a Estados Unidos como empleada doméstica de un diplomático y su familia.
Eran unas personas que me tenían muy dominada, que querían que yo fuera prácticamente su títere. Querían que si ellos decidían que yo hablara, hablara y si me decían que me callara, me callara.
Yo vine como su baby sitter, pero a fin de cuentas terminé sirviéndoles en todo: el cuidado de sus hijos, lavar, planchar, todo.
Me trataban mal, me gritaban e insultaban. Cuando vivíamos en nuestro país no era así. Sí me hablablan fuerte y el señor en algunas ocasiones me decía que si estaba estúpida o pasmada y que me moviera y tronaba los dedos de las manos.
Pero fue aquí que llegaron a los extremos.
Para empezar no me dejaban salir a ningún lado. Estuve con ellos casi seis meses sin salir, sin tener contacto con nadie.
"Sin descanso"
Cuando en una ocasión le mencioné a la señora que me había prometido el fin de semana de descanso, me contestó 'y para qué te voy a dar el fin de semana si a aquí no conoces a nadie. Aparte si quiero yo puedo llamar a inmigración y que te saquen'.
Le dije que por qué me van a sacar, si yo lo que quiero es descansar.
Y ella me dijo: 'Yo te traje aquí para trabajar y tú tienes que disfrutar nada más el cuidado de mis niños. Para eso te traje, no para que descanses'.
Después empezó a cobrarme. Quería que le pagara el pasaje de avión, los uniforme, incluso la pieza en que vivía. Y yo era muy humilde y no sabía qué hacer. Tenía miedo de que me deportaran, así que hacía todo lo que me decían.
Y en cualquier caso aunque no hubiera querido terminé pagándole, porque ella nunca me dio nada, nunca puso dinero en mis manos.
Luego de un tiempo, cuando ya me dejaron salir, conocí por casualidad a una chica que se hizo mi amiga. A través de ella llegué a una organización que me ayudó y me puso en contacto con abogados. Finalmente, ellos me sacaron de la esa casa, pero nunca pude probar lo que me habían hecho.
