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Lunes, 24 de abril de 2006 - 13:27 GMT
Chernobyl: una tierra desolada

Vladimir Hernández
Enviado especial de BBC Mundo a Chernobyl

Silencio es la palabra que mejor describe hoy en día la zona de Chernobyl, donde hace 20 años ocurrió la peor tragedia nuclear en la historia de la humanidad.

Pripyat. Foto: Vladimir Hernández
Lo único que rompe el clima de ausencia de sonido es el incesante trinar del medidor de radiación, que impide relajarse en lo que es uno de los lugares más contaminados del planeta: la explosión del reactor 4 de Chernobyl el 26 de abril de 1986 emitió 400 veces más radiación que la bomba atómica que cayó sobre Hiroshima en 1945.

Desde que se abandona la agitada urbe de Kiev, capital de Ucrania, y se toma la carretera que lleva al norte, hasta la zona del desastre, se empieza a ver como paulatinamente cambia el panorama, se reduce la cantidad de gente en las calles y la vía poco a poco se va quedando vacía.

La larga carretera en línea recta ya está completamente vacía, cuando se llega al primer puesto de control de la zona de seguridad de 30 kilómetros cuadrados que resguarda el ejército alrededor del área del accidente. El terreno que rodea al antiguo reactor está cercado también por un nuevo perímetro de 10 kilómetros cuadrados, que es donde se considera que hay mayor contaminación.

Una vez dentro de "la zona", como le dicen los guías, empiezan a verse numerosas casas abandonadas que se esconden entre los tupidos árboles, como fantasmas asomándose para ver quien molesta su silencio, sobre todo porque el viejo Lada que nos transporta debe hacer más ruido que la explosión que vació el lugar.

Pripyat. Foto: Vladimir Hernández
El bosque inundó lo que era una ciudad.
A lo largo del camino también hay viejas estatuas de Vladimir Ilich Lenin, y otros próceres soviéticos, que no se enteraron de la elevada radiación ni de la perestroika, pues siguen erguidas, entre matorrales y aldeas ya inexistentes, como testimonio de otra época.

Aunque la desolación que se respira en el lugar se acentúa con cada grupo de casas muertas que se deja atrás, nada lo prepara a uno para Pripyat.

La fiesta que no fue

Pripyat era una ciudad de unos 50.000 habitantes, que alojaba a los trabajadores de la planta nuclear de Chernobyl, quienes fueron evacuados días después del accidente.

Pripyat. Foto: Vladimir Hernández
Un parque de diversiones que nunca se inauguró.
El lugar se encuentra a pocos kilómetros del reactor, que se ve con facilidad desde cualquiera de los edificios, y contradictoriamente Pripyat es sinónimo de suerte: el día de la explosión el viento evitó que la nube radioactiva acabase con todos sus habitantes.

Hoy en día, lo que se respira en el lugar es una sensación de vació indescriptible. Como en esas películas sobre el día después de un holocausto nuclear, cuando el protagonista se despierta en medio de una ciudad vacía.

Cuando se apaga el ruidoso motor del auto, el silencio te atormenta de tal manera que provoca encenderlo de nuevo. Viajo con un periodista australiano, quien en susurros me comenta su estupefacción ante estar en una ciudad vacía. Yo le respondo en voz alta acerca de mi estupefacción y siento que acabo de romper el silencio de tal manera que no vuelvo a hablar sino en susurros.

Existe la sensación de que todo el mundo está dentro de su vivienda durmiendo y que al hablar se pueden despertar.

En el centro de la ciudad hay un centro comercial -vacío y saqueado, como todo- que tiene a su alrededor torres residenciales que en el techo tienen el enorme emblema soviético de la hoz y el martillo. El mismo símbolo está colgado sin misericordia en buena parte de los postes de luz de la ciudad.

Pripyat
Un salón de clases, abandonado por 20 años.
Desde la azotea de lo que fue un hotel es posible observar como todo el lugar se ha convertido en un bosque con árboles y edificios intercalados

En medio de la maleza forestal y de concreto se levanta la rueda mecánica de un parque de diversiones que nunca pudo sacarles sonrisas a los niños locales, ya que tenía previsto ser inaugurado el 1 de mayo de 1986 y la lista de invitados no incluía una explosión nuclear.

En el parque de diversiones registramos uno de los niveles más altos de radiación en Pripyat, que lleva a Deniz, nuestro guía a decir seco y corto: "tenemos que seguir".

Fin de las clases

Al momento de ser evacuada Pripyat se preparaba para el tradicional desfile soviético del 1 de mayo, por lo que en la escuela de la ciudad todavía están las pancartas que pintaron los niños para la ocasión.

Pripyat. Foto: Vladimir Hernández
La soledad de la escuela de Pripyat.
Además, pese a los destrozos que dejaron los saqueadores, hay toda una gama de recuerdos como de un museo comunista. En lo que fue el jardín de infancia del lugar, me tropiezo con un libro infantil abierto en el piso con la imagen de Lenin enseñándole a escribir a una niña. "Mi primer Lenin", podría ser su título.

También hay varias muñecas en el suelo, justo al lado de viejas máscaras de gas que parecieran tener a mano para cuando las visitas no estorban. Estas máscaras se guardaban en los salones en caso de emergencia y esta precaución no fue desacertada.

La escuela no está intacta. 20 años y la mano del hombre han causado estragos, pero el lugar transmite la sensación de un súbito abandono porque todo está fuera de lugar y pareciera que no hubo tiempo de llevarse siquiera la muñeca de la niña o la pelota del niño desafortunado que debió ganarle la carrera a la radioactividad.

Parishev, Ucrania. Foto: Vladimir Hernández
Algunos viven en las zonas contaminadas.
Como si todo el mundo hubiese salido corriendo del lugar.

La escuela puede ser uno de los lugares más desoladores de todo Pripyat. Da la impresión que al quedarse en silencio todavía se escucharía el bullicio de niños corriendo por los pasillos, sin embargo, solamente se oye el goteo de la humedad que cada vez corroe más las paredes y el (endeble) piso de madera.

Papas y avena

En la zona de 30 kilómetros alrededor del reactor había unas 94 aldeas y las ciudades de Pripyat y Chernobyl. Actualmente, tras la masiva evacuación de la población, sólo queda un puñado de pueblitos (si aún pueden llamarse así) y la pequeña urbe de Chernobyl, donde hay unas 7.000 personas, es decir, menos de 5% de lo que había hace 20 años.

María Grigovna. Foto: Vladimir Hernández
A nosotros nos avisaron una semana después del accidente y el ejército nos dijo que la evacuación iba a ser de 3 días. Regresamos un año después
María Grigovna
La tierra de la región tiene tanta radiación que sólo será dentro de cientos de años cuando podría estar libre de contaminación. Pero pese a esta situación, hay quienes han regresado a sus antiguas casas viejas y haciendo caso omiso de los peligros en la zona, han vuelto a cultivar el suelo.

"No entiendo por qué si han inventado cosas como los teléfonos celulares no han podido inventar algo para eliminar la radiación", dice a BBC Mundo María Grigovna, una señora octogenaria que vive en la aldea de Parishev, a escasos kilómetros del reactor.

"A nosotros nos avisaron una semana después del accidente y el ejército nos dijo que la evacuación iba a ser de 3 días. Regresamos un año después", dice Grigovna en una mezcla de ruso, ucraniano y bielorruso.

Las viviendas a donde llevaron a los habitantes de la región afectada, en las afueras de Kiev, se vieron afectadas por una serie de inundaciones en el invierno de ese mismo año, por lo que "no teníamos otro lugar a donde ir", dice Grigovna.

Chernobyl. Foto: Vladimir Hernández
Decenas de vehículos quedaron abandonados en Chernobyl.
Esta señora, como otros de la localidad, cultiva papas, pepinos, cebollas y avena en la tierra. Aseguran que está limpia de radiación, pero los especialistas creen lo contrario.

María Grigovna tenía dos hijos que trabajaban en la planta, quienes murieron pocos años después del accidente. Ella sabe del riesgo que corre viviendo ahí, pero asegura que es el lugar donde quiere estar.

Cementerio

Los visitantes a la zona de seguridad deben salir antes de las 5 de la tarde de cada día. En la ruta de salida nos desviamos a presenciar un cementerio particular: decenas de camiones, helicópteros, autobuses, ambulancias, vehículos militares y de bomberos permanecen abandonados y con altos niveles de polvo radioactivo.

Reactor de Chernobyl. Foto: Vladimir Hernández
"Los riesgos siguen allí".
Son las unidades que se utilizaron para apagar el reactor y para evacuar a los sobrevivientes. Estos fueron los vehículos que llevaron a la tumba a cientos de paramédicos, bomberos, soldados y personal de la planta nuclear, que tuvieron que trabajar en el lugar (sin saber bien los riesgos) durante los días después del estallido del reactor.

Todavía no se sabe que se hará con estas carcazas de metal, que increíblemente han sido víctimas de saqueadores que hasta las hélices de algunos helicópteros se llevaron, probablemente con una pizca de radiación.

Pero el escenario de este enorme estacionamiento abandonado es reflejo de lo que es Chernobyl hoy en día. Un vehículo que se averió con el accidente y que hoy en día no se sabe que harán con el.

Los riesgos siguen allí
Julia Marusych
Los reactores que habían en la zona ya han sido cerrados y ahora se trabaja por garantizar la seguridad de la planta que estalló en 1986 para evitar un nuevo escape de radiación en la región. "Los riesgos siguen allí", aseguró Julia Marusych, portavoz de la planta nuclear de Chernobyl.

Pero el daño ya está más que hecho y hoy en día no se sabe todavía con exactitud cuál es su verdadera magnitud ni en lo material, ambiental o humano.

 

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