Imagínese lo que significa saber que, siendo niño, fue expuesto a la radiactividad en Hiroshima y Nagasaki.
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Tenía siempre el mismo temor: ¿hay algo en mi cuerpo? Era un miedo a la invisible (...) Y pensaba en mi futuro: ¿podría tener hijos?"
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La radiación estaba en su ropa, en su piel; también en el agua que bebía y en los restos de alimento que encontraba para sobrevivir; incluso se hallaba en el material de los edificios que lo cobijaban.
Para aquellos que estaban en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, se trata de un miedo con el que han vivido desde entonces: ¿cuál es el daño oculto de aquellos días?, ¿cuándo se manifestará?
Para ellos no es historia, sino una preocupación cotidiana.
Keiko Ogura era una niña cuando cayó la bomba atómica sobre Hiroshima, en cuyos suburbios vivía.
"No tengo cicatrices pero sí pesadillas", dice.
Como los otros miles de "hibakushas" -como se llama en Japón a los "sobrevivientes" de las dos ciudades arrasadas-, en los primeros meses que siguieron a la explosión Keiko fue sometida a exámenes regulares por parte de la Comisión de Víctimas de la Bomba Atómica.
Después del fin de la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses brindaron asistencia médica a aquellos afectados por ese arma letal. Esto también les permitió a los científicos estudiar los efectos de la radiactividad en la población civil.
"Frecuentemente un vehículo venía a recogerme para llevarme a un centro de investigación donde me examinaban", cuenta Keiko.
"Tenía siempre el mismo temor: ¿hay algo en mi cuerpo? Era un miedo a la invisible. Cuando tuve anemia, me preguntaba si tenía algo que ver con la bomba. Y pensaba en mi futuro: ¿podría tener hijos?".
Los temores de Keiko no son inusuales. Las historias de aquellos que fueron expuestos a la radiación siendo niños son similares.
Efectos de largo plazo
En la Fundación de Investigación de los Efectos de la Radiación, la doctora Saeko Fujiwara examina al hijo de una de las víctimas de la bomba atómica.
Observa sus radiografías y revisa su pecho.
El estudio de los "hibakuyas" ha permitido diseñar normas de seguridad.
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"Éste es el único centro epidemiológico que puede investigar con profundidad, a gran escala, los efectos de la radiación en el cuerpo humano. Estudiamos en numerosos casos la relación entre el nivel de exposición y sus manifestaciones físicas", explica.
Este trabajo ha permitido a los científicos diseñar normas de seguridad para la radiactividad, por ejemplo, en plantas nucleares de todo el mundo.
El estadounidense Charles Waldren, quien es el jefe científico de la Fundación, cree que al menos medio millón de trabajadores en su país y un número similar en Europa se han beneficiado de esos parámetros.
"Las normas permiten continuar con las labores en un nivel de exposición a la radiación considerado seguro", señala. "Las estimaciones de radiactividad usadas en cada país se basan en nuestros datos".
Daño genético
Sin embargo, seguir de cerca la salud de los sobrevivientes de Hiroshima, de aquellos afectados por la bomba atómica, sus hijos y sus nietos, no es solamente una cuestión de curiosidad científica.
Existe una preocupación real por los "hibakuyas" a medida que envejecen. En este momento, su edad promedio es de 72 años.
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El mayor riesgo de desarrollar cáncer en las víctimas de la bomba atómica se encuentra entre los que fueron expuestos a la explosión siendo más jóvenes
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Los científicos ahora saben que cuando se expusieron a la radiación esas personas sufrieron un daño genético y que cuanto más cerca del epicentro de la explosión se encontraban, mayor fue el perjuicio.
En muchos casos los genes se repararon por sí mismos. Sin embargo, es posible que estos reajustes hayan sido imperfectos y que haya un mayor riesgo de desarrollar cáncer a avanzada edad.
"La radiación daña el genoma", insiste el profesor Kenji Kamiya, director de investigaciones del Instituto de Radiación, Biología y Medicina de la Universidad de Hiroshima.
"En algunas casos los genes no se reparan de forma adecuada. De modo que 60 años después surgen problemas".
"El mayor riesgo de desarrollar cáncer en las víctimas de la bomba atómica se encuentra entre los que fueron expuestos a la explosión siendo más jóvenes. Estas personas están actualmente llegando a una edad a la que, incluso en condiciones normales, tendrían más riesgo de desarrollar la enfermedad pero que, al haber recibido radiación, enfrentan un peligro aún mayor".
La ciencia tiene algunas respuesta, advierte Kamiya, pero se necesitan más estudios.
Y añade: "Estamos tratando de desarrollar una nueva tecnología genética y nuevos métodos de diagnóstico y tratamiento. La medicina regenerativa ofrece la posibilidad de reparar el daño celular".
Cáncer en aumento
La incidencia del cáncer entre los "hibakushas" seguirá en aumento en los próximos años y quizás llegue a su cénit en 2020, según el investigador de la Universidad de Hiroshima.
"Por eso, debemos apresurarnos para desarrollar nuevos tratamientos para esos pacientes".
Cuando termina de dialogar con la BBC, Kamiya da media vuelta y sigue trabajando en su laboratorio.
Sesenta años después de la bomba atómica en Hiroshima, la ciencia todavía trabaja arduamente para encontrar maneras de hacer frente a sus efectos en la salud.
Y para sobrevivientes como Keiko Ogura, esto significa que al menos en el corto plazo su ansiedad estará lejos de disiparse.