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Viernes, 1 de abril de 2005 - 15:48 GMT
La marca de Boca en el alma

Raúl Fain Binda
Columnista BBC Mundo

Un documento único, un tango para Boca Juniors.

Dicen los boquenses que Boca Juniors es la única iglesia sin apóstatas en el mundo.

Aseguran que una vez ungido el hincha, la marca penetra tan hondo que ya no se puede sacar. Que el alma queda para siempre pintada de azul y oro, como la bandera sueca.

No es cierto, claro. Sin ir más lejos, mi hermano Juan Carlos me contaba hace unos minutos de su desilusión, su repudio del tratamiento que la hinchada dio a Hugo Gatti.

Y yo mismo he tratado de abjurar de mi identidad xeneize. A veces creo haberlo conseguido.

Escribo este artículo para verificar si he dejado de ser boquense o sigo siéndolo.

La tradición se está perdiendo en mi familia. Juan Diego, hijo de Juan Carlos, es de River. Y si mi hijo Carlos se interesara por el fútbol, sería hincha de un club de Londres, su ciudad natal.

Mi hermana Liliana y sus hijos Enrique y Martín mantienen la llama encendida, pero mi hermana menor, Ely, es de River, lo mismo que su hijo Rodolfo.

Y sin embargo, el fervor tenía bases firmes en los Fain Binda.

Antecedentes

Mi abuelo Giovanni, un inmigrante que llegó al país a comienzos del siglo 20, simpatizó con Boca Juniors porque era "el más italiano de los equipos argentinos", aunque su favorito fue Racing.

Mi padre, Carlos, se convirtió a la causa xeneize apenas tuvo "uso de razón", en 1916 o 1917. Tal era su fervor, que en 1934 escribió un tango para festejar "como Varallo acribilla a los arqueros".

El culto a Boca atravesó a los varones de la familia como un hierro candente.

Mi padre fue socio activo de Boca, con el número 27617. Liliana todavía guarda el carnet: "Tenía pagado todo el año 1947, dos pesos por mes", me dijo orgullosa.

La pasión que nos transmitía era tan abrasadora, tan excluyente, que apenas quedaba lugar para los cultos subsidiarios de los equipos locales

Pobrecito, pagaba la cuota pero de adulto vio pocas veces a su equipo, porque vivía a mil kilómetros del estadio y no existía la televisión.

Esos dos pesos eran mucho dinero, pero el honor de ser socio valía un sacrificio. Por ese carnet postergamos un año, tal vez, la compra de la Frigidaire.

Yo también fui hincha desde que tuve "uso de razón", como decía mi padre.

El día de Pescia

Un día de comienzos de los años '50 me presentaron a Natalio Pescia en casa de José Curi, amigo de mi padre y representante de Boca en Mendoza, la ciudad donde vivíamos.

Entonces los dioses eran Dioses. Fioravanti, el relator, me había dado por radio una descripción de Pescia más vívida que la realidad.

El Pescia de carne y hueso no era tan convincente como el Pescia que surgía del parlante.

En esa casa de la calle Arístides Villanueva conocí a un señor viejo, pequeño y gordo, muy diferente al campeón entronizado en los altares del culto boquense.

La fidelidad a los colores era entonces realmente ciega. Mi padre, autor del tango, fanático hasta su muerte, con carnet de socio, vio pocas veces a su Boca en un estadio.

Su fervor estaba encendido casi exclusivamente por la imaginación. Solía decirme que yo nací un 6 de mayo "en homenaje al primer partido de Boca" el 6 de mayo de 1905, ante el Mariano Moreno.

Yo me lo creí durante varios años.

Caminos divergentes

La pasión que nos transmitía era tan abrasadora, tan excluyente, que apenas quedaba lugar para los cultos subsidiarios de los equipos locales.

Mi hermano mayor, que jugaba bien al fútbol, fue hincha y jugador del Independiente Rivadavia, cuyo estadio estaba a un par de cuadras.

Yo, miope, descoordinado, desarrollé una tenue afinidad con el Gimnasia y Esgrima, más alejado, menos atractivo.

Mi fracaso en el fútbol y una creciente rebeldía frente a mi padre (Edipo también fue criollo) me llevaron a buscar otras identificaciones.

En un artículo de La Vida es Juego (El Papel de Dios en mis Triunfos, 1 setiembre 2001) conté mi conversión al Real Madrid, el primer gran equipo al que vi jugar realmente, en los noticieros de No-Do que proyectaban en la parroquia.

Mi padre me explicó entonces que la verdadera intención del cura que pasaba los noticieros era convertirme al franquismo, pero la advertencia no era necesaria: yo era fiel al Real Madrid, no a la Falange. Di Stefano era más que Pescia y además lo podía ver en acción.

Una herejía

Vino de Boca
La pasión por Boca da hasta para un vino.

Fue entonces cuando desarrollé una perversión deleznable, que ustedes sabrán repudiar: prefiero el fútbol en televisión, o en radio, antes que en la cancha.

Lo que me hacía soñar, en mi recatada Mendoza, era la voz de Fioravanti, contándome de Pescia, y las imágenes de No-Do, con atisbos de lo que era capaz Di Stefano.

Algo me distrae cuando voy al estadio: la tribuna. Para mí, los espectadores son el espectáculo.

El fútbol no ocurre solamente sobre el césped.

La tribuna es un fenómeno vital, el sistema sanguíneo del fútbol. Un partido sin espectadores es insignificante, ridículo. Lo que nos atrae no es el pase magistral de Zidane a Ronaldo, sino el síncope que provoca en la tribuna.

En el estadio, miro más a los hinchas en la tribuna que a los jugadores en la cancha.

Razones políticas o edípicas

Creo que mi hermano rompió con Boca por una razón política: él dice que fue una cuestión de gusto, pero admite que algo se quebró cuando la hinchada atacó a Gatti, que había expresado su apoyo al político radical Alfonsín.

Yo no tengo una explicación política: estoy aferrado a la imagen que me dieron Fioravanti y No-Do (o el cura franquista), una imagen de fantasía.

Los límites de la fantasía son nuestros límites.

Y sin embargo, y sin embargo... sigo pensando en Boca Juniors.

Es un pensamiento que puede doler, porque ahora está de moda resaltar la parte más brutal de la identidad boquense. La parte "bostera", de la que no se hablaba en mi época.

No les contaré de mi época de riverplatense, de gallina, porque no fue real. Fue el brinco de Edipo, llevado al extremo.

Pasión y retorno

Ahora leo declaraciones de César Luis Menotti, explicando con su sabiduría habitual que la pasión es el sostén de las grandes instituciones deportivas.

Y me da bronca. Porque la pasión es apenas una parte del asunto, una pequeña parte, creo yo.

La identificación brota de las entrañas, en esto Menotti tiene razón, pero también pasa por la cabeza. Y el recorrido puede ser muy largo.

Yo les puedo decir, ahora, que Boca sigue siendo mi equipo.

Que nunca lamenté sus derrotas. Que siempre disfruté de sus victorias.

Así como también sigo siendo hincha del Real Madrid, el club al que más critico.

Tanto, que en Barcelona creen que soy de ellos.

Pues ya lo saben. Yo me entiendo.



 

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