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Martes, 22 de marzo de 2005 - 10:34 GMT
Madurar a fuerza de remesas

Madurar a fuerza de remesas Por Sofía Villacorta, El Salvador. Tomar las riendas de una casa, sin mayor aviso, puede asustar a quien sea, a cualquier edad.

Asumir la responsabilidad de manejar las finanzas de una familia, es un reto para todos. Y, sin dudas lo es para Carlos Menjivar, un joven salvadoreño de 22 años.

La sonrisa amplia de Carlos no delata las dificultades que este joven salvadoreño ha tenido que enfrentar desde el momento que sus padres decidieron emigrar y tuvo que quedar prácticamente sólo y a cargo de su familia.

Hace ya dos años que Carlos dirige la casa que comparte con su hermano mayor y su abuela materna. Ambos padres emigraron a Los Ángeles, California, en busca de mejor destino.

"Primero se fue mi papá, en 2001. Acá trabajaba y ganaba bien. Pero perdió su trabajo", recuerda Carlos.

Un par de años más tarde y sobrecargada por las dificultades económicas que la familia tuvo que enfrentar, su madre decide emprender el mismo viaje, dejando en manos de Carlos la responsabilidad de administrar el hogar.

Para Carlos, la nueva libertad auspiciada por la lejanía de sus padres, le trajo una serie de dilemas.

"Cuando se fue mi mamá me agarró peor, me sentía muy libre. Agarraba el carro y me iba a cualquier hora. Nadie me decía nada", confiesa Carlos.

Pero la fiesta duró poco. "Luego, ya nadie me regañaba ni me decía nada, me sentía peor moralmente", asegura.

Problemas tanto académicos, amorosos y económicos, fueron los que llevaron a Carlos a plantearse un cambio y optar por una vida diferente. El detonante, como el mismo cuenta, fue la soledad.

"Bien dicen que la soledad es dura", declara Carlos en un arranque reflexivo.

Y es una realidad, ya nadie está pendiente para que su ropa esté planchada o la casa limpia. Al llegar a su hogar no hay saludos ni preguntas acerca del día.

A pesar de esa cruda realidad, Carlos asegura que el recibir remesas cambió su vida para bien, pues adquirió mayores responsabilidades que le hicieron madurar.

Su situación académica no le permite trabajar, por lo que el envío de sus padres es vital para mantener a su familia y continuar adelante con sus sueños.

El estudio es su objetivo principal. "Es por convicción propia que uno hace las cosas, incluso educarse", asegura Carlos.

En su casa, él es el único que estudia, y si de algo tiene certeza, es de querer continuar. Cursa el cuarto año de Ingeniería Industrial y estudia inglés. Y cuando se le pregunta en qué invertirá las remesas en el futuro, sin titubeo alguno responde que en estudiar.

Carlos lidia día a día con la misma realidad: unos padres que viven en el extranjero, la soledad y una remesa quincenal. Ese dinero que sin falta envían sus padres le permite vivir en los suburbios de la capital, pagar las deudas, estudiar, tener carro, y de vez en cuando gastar en ropa y otros gustos más.

Carlos es tan solo uno de los muchos salvadoreños que sobreviven de las remesas. En El Salvador, la importancia de estos envíos sobrepasa los límites de edad y condición económica.

En un país donde hasta el actual presidente de la República, Antonio Saca, ha declarado haberse beneficiado de las remesas que enviaron sus hermanos desde el exterior, es posible asegurar que estos envíos son importantes para todos los salvadoreños.

De allí, que Carlos las describa como "el caballito" de la economía salvadoreña.



 

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