Hace tres años, antes de que los atentados del 11 de septiembre cambiaran al mundo, me encontraba en un pequeño poblado llamado Chitral, en el noroeste de Pakistán. Es, sin lugar a duda, uno de los lugares más fabulosos que he visto: un pueblo no más grande que su colorido bazar, rodeado de montañas de tamaño inimaginable.
A Chicken Street llegaban los que querían que todo fuera Paz y Amor.
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Al otro lado de las montañas, a dos días caminando, estaba Afganistán, un país en el que casi nunca pensaba.
Fue extraño: ahí estaba yo, en uno de los lugares más bellos del mundo, y sin embargo todos los turistas parecían sólo tener la idea de Afganistán en su cabeza. La gente hablaba de él como si fuera el único país en el mundo que valía la pena visitar. Una suerte de lugar místico, como el Tibet o Tombuctú o incluso la Atlántida.
No fui a Afganistán aquella vez, pero comencé a preguntarme sobre el país como posible destino turístico. Si suena raro es sólo porque a la gente se le olvida que hace apenas unas décadas, Afganistán era una popular escala en la "ruta hippie" que se extendía desde Estambul hasta Katmandú.
En "Chicken Street", la principal calle comercial de Kabul, era más probable que quienes tenían barba larga fueran hippies y no extremistas. Afganistán era prácticamente un "centro turístico", un apacible lugar donde la droga abundaba y la gente era hospitalaria.
Todo cambió cuando las fuerzas soviéticas invadieron el país en 1979. De la noche a la mañana, Afganistán se convirtió en un lugar muy peligroso para ir de vacaciones.
Al otro lado de la frontera
Tres años después de los atentados del 11 de septiembre, volví a la frontera afgana. En esa ocasión, la crucé. Me preguntaba si los turistas habían retornado al país que dejaron cuando llegaron los tanques rusos.
La guerra aún está muy presente.
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Mi primera impresión no fue muy favorable. Tan sólo unos minutos después de haber cruzado la frontera tayika, vi un campo de amapolas blancas y púrpuras, así como a un grupo de zapadores despejando minas en sus trajes amarillos. Habían restos de tanques incendiados, piedras pintadas de rojo para marcar artefactos explosivos sin detonar y edificios destruidos por los combates.
Cerca de la ciudad de Kunduz, observé pequeños "racimos de bombas" lanzados por los aviones estadounidenses durante su guerra contra el Talibán. Con sus pequeños paracaídas, los niños afganos a menudo los confunden con juguetes, y explotan cuando los tocan, por delicados que sean.
No, Afganistán no aparentaba ser un lugar para turistas. Los campos minados, como me recordó un malhumorado funcionario de la ONU en Kunduz, son sólo uno de los muchos peligros en el país. Está también el riesgo de ser asaltado, secuestrado e incluso asesinado. Un turista italiano fue ejecutado cerca de Kandahar en la primavera de 2003; dos viajeros fueron apedreados a muerte en Kabul el año pasado.
Al otro lado del Talibán
No obstante, poco después conocí al primer turista. Venía de Japón, me dijo, e iba a visitar los famosos Budas de Bamiyán. Bueno, lo que queda de ellos, después de que el Talibán determinara que ofendían al Islam y pusiera dinamita a sus pies.
Los budas ya no están, pero algunos peregrinos visitan su vacío.
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"Bamiyán es un lugar especial para mí, porque soy budista", indicó. "Después de que el Talibán destruyó los Budas, el lugar adquirió aún mayor importancia para nosotros. Nos recuerda que debemos proteger nuestra herencia cultural doquiera que esté. Por eso voy a Bamiyán".
Viajando de Faizabad a Kunduz y Talogan, me crucé con otros viajeros. Desde que Afganistán comenzó a expedir visas de turista a mediados de 2002, una pequeña cantidad de visitantes ha comenzado a fluir hacia el país, atraídos por el lugar como polillas a una lámpara. Visitan la famosa mezquita de Herat, los Budas de Bamiyán y el viejo palacio de Kabul. Algunos se dirigen a Mazar-e-Sharif y la vieja ciudad de Balkh, a sólo unas horas de la frontera con Uzbekistán. No hay muchos, pero ahí están.
En Mazar-e-Sharif conocí a Marc, un francés de 24 años que viajaba por tierra de Irán a Pakistán, pasando por Afganistán. "Afganistán ha estado siempre en el tope de mi lista", me dijo. "Es salvaje y remoto y completamente libre del turismo masivo. Amo la aventura y la gente es muy amable. Esto es mucho mejor que Irán".
Me pregunté si a Marc también le gusta la idea de que Afganistán es un destino "de onda" para visitar. Ir demuestra que uno es valiente y aventurero y, para ser honesto, ¿a quién no le gustaría presumir ante sus amigos que estuvo en lugar llamado Kandahar? Aunque visitar países como Irán o Pakistán también es una aventura, allá -después de todo- no corres el riesgo de ser asesinado.
Al otro lado de la realidad
Parado frente al santuario del Imán Alí en Mazar-e-Sharif, me di cuenta que si bien Afganistán no se convertirá pronto en un destino turístico favorito, definitivamente tiene un gran potencial.
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"La mezquita de Mazar-i-Sahrif, un maravilloso mosaico de azulejos verdes, dorados y azules, resplandecía bajo el sol de la tarde".

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La mezquita, un maravilloso mosaico de azulejos verdes, dorados y azules, resplandecía con el sol de la tarde.
Aquí, Afganistán no parecía una tierra post-apocalíptica con sólo burkas, Kalashnikovs y campos minados.
Era un lugar mágico, extraído directamente de un cuento de hadas medieval. Alrededor del santuario vi magos, médicos, mendigos ciegos y locos, así como cientos de palomas blancas volando entre los peregrinos. Las aves, me dijo alguien, se volvieron blancas como la nieve después de pasar una noche en la mezquita, rociadas por su atmósfera sagrada. Era el Afganistán que mucha gente imagina: atemporal, exótico e irreal.
No es de extrañar, pensé, que la gente quiera visitar Afganistán. Si la seguridad mejora, el país está destinado a convertirse nuevamente en un centro turístico. Algunas agencias de viajes pequeñas, ávidas de dólares turísticos, han hecho ya de Afganistán una de sus especialidades.
Una de ellas, "LIVE Travel" se presenta a sí misma como especializadas en "tours a lo inaccesible, oscuro y fuera de este mundo". Alrededor de Kabul, otra agencia de viajes ofrece "rafting" (navegación por rápidos) sobre el río Panjshir, alguna vez el baluarte de Ahmed Shah Masood.
Los donantes internacionales también han descubierto el potencial de Afganistán como destino turístico. El gobierno griego ha ofrecido ayudar en la construcción de alojamientos y el vecino Pakistán ha mostrado interés en el desarrollo del turismo fronterizo.
Con más de 6.000 metros, el área del Hindu Kush tiene un gran potencial para "trekking" y montañismo. "Difícilmente se encuentran bandidos por aquí", me aseguró un funcionario afgano. "Y hay sólo unos cuantos campos minados. Nada de qué preocuparse".
Al otro lado de la puerta
A pesar de todo lo que tiene para ofrecer,...
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Cuando estaba por creer que Afganistán tenía futuro como destino turístico, una noche alguien trató de entrar en mi habitación de hotel golpeando la cerradura y tumbando la puerta. Nunca supe quién estaba al otro lado ni qué querían pero me asuste muchísimo.
Sentado en el oscuro cuarto -los generadores afganos dejan de trabajar después de la hora de dormir- me pregunté si sobreviviría esa noche.
Recordé lo que me había advertido un funcionario de seguridad de la ONU hacía apenas unas horas: "Hasta en una situación tan tranquila como la de hoy, uno siempre tiene que ser discreto. Un comentario equivocado y lo pueden matar".
... Afganistán todavía es demasiado peligroso para poderlo disfrutar.
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Da la casualidad que yo había estado echando chistes malos sobre la milicia uzbeca hacía poco. La gente llama a los milicianos uzbecos "gelim jam" o "recolectores de tapetes", por su reputación de saqueadores.
Pero lo más posible es que quien quería entrar a mi habitación quisiera mis dólares. Escondí mi pasaporte y algo de dinero bajo el tapete y pasé el resto de la noche esperando a que fuera de día y preguntándome por qué se me había ocurrido venir a Afganistán.
La mañana siguiente, tres bombas fueron descubiertas en un puente cercano. Suficiente, pensé, es hora de irse. Cogí mis maletas y me monté en un taxi para ir a Kunduz, un poco al sur de la frontera con Tayikistán.
Al otro lado del mundo
Después de manejar entre lomas de color caramelo, pasamos un sitio repleto de soldados. "Aquí es donde mataron a diez obreros chinos el mes pasado", explicó el conductor. "El próximo trecho podría ser algo peligroso".
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Es muy difícil, descubrí, fotografiar una sonrisa afgana
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"¡Cómo así! Usted me dijo que este camino era seguro", exclamé.
"No es nada", respondió. "A veces los insurgentes pashtún ponen minas antipersonales en la mitad del camino y ayer lanzaron un cohete contra un auto de policía".
Cuando vio mi cara de preocupado, trató de animarme: "No se preocupe, mister, no pasa todos los días, así que insha'allah (si Dios quiere) estaremos bien".
No puedo decir que sus palabras me calmaron pero por alguna razón extraña me levantaron los ánimos. Los afganos son expertos en animar a la gente: hacen bromas, se ríen, hacen travesuras, incluso cuando el panorama es desesperanzador.
El humor es su manera de sobrevivir el infierno y casi nunca he visto afganos que me parecieran serios o infelices. Sólo cuando uno trata de tomarles una foto se les borra su eterna sonrisa: brincan y se quedan congelados mirando a la cámara con caras serias y miserables. Es muy difícil, descubrí, fotografiar una sonrisa afgana.
Al otro lado del tiempo
...pero, a veces, se consigue.
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Sin más incidentes, salí de Afganistán, cruzando el río Amu Dariya hacia Uzbekistán. Fue todo un choque cultural. Las calles eran de asfalto, los automóviles lusos y las jóvenes usaban minifaldas. No se veían burkas, ni barbas, ni armas. Me sentía casi como en Europa.
Dos semanas después, en un salón de té en la capital uzbeca, Tashkent, me encontré a una australiana que iba en camino a Afganistán. "Me muero por ir. No puedo pensar en nada más últimamente, se me ha convertido en una obsesión".
Le aconsejé que no fuera. Afganistán puede ser hermoso, pero también es peligroso e impredecible. Con hoteles inseguros y bombas en los puentes, no es lugar para visitar todavía.
Una vez vuelva la seguridad, no obstante, todo cambiará. Entonces, regresarán los mochileros, en su viaje a Estambul o Katmandú. Y también los tours organizados de japoneses, con sus guías y cámaras flaquitas. Ese será un gran día para Afganistán.