El complejo e inusual sistema político iraní combina elementos propios de una teocracia islámica moderna con otros democráticos.
Todo el sistema funciona bajo las órdenes de un Líder Supremo, quien a pesar de ser designado por un cuerpo electo, no debe rendir cuentas a nadie.
La Constitución también reconoce la voluntad popular, permitiendo la elección a través del voto de parte de los representantes del gobierno.
El resultado es un sistema en el que el presidente electo y el Parlamento mantienen una difícil convivencia con el más poderoso y no elegido por el voto popular, Líder Supremo, y las instituciones que se encuentran bajo su influencia.