Belleza arquitectónica en decadencia.
En 1800, Londres tenía una población de 1 millón de habitantes.
En 1850, el número aumentó a 2,3 millones, un crecimiento inusitado que causó una escasez en los cementerios aledaños a las iglesias.
Desde entonces se comenzaron a crear cementerios en los suburbios, grandes espacios verdes que se convirtieron en espacios para pasear y caminar.
Las familias de clase media construyeron mausoleos imponentes diseñados para distinguirse de la clase trabajadora; los cementerios se convirtieron en verdaderas joyas arquitectónicas.
Hoy en día, aunque parecería una ruta poco turística, los cementerios victorianos abren sus puertas para muchos visitantes que llegan atraídos por su arquitectura, o para rendirle homenaje a algún personaje o artista británico enterrado allí.
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La tumba de Karl Marx en Highgate.
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Uno de los favoritos es el cementerio de Highgate. En el lado este se encuentran enterrados el filósofo Karl Marx, el científico Michael Faraday y la esposa de Charles Dickens, y hay que pagar para entrar.
En el lado oeste se encuentran las rarezas arquitectónicas. Una avenida egipcia, flanqueada por dos obeliscos, demuestra el interés victoriano por los descubrimientos egipcios.
También hay mausoleos familiares de estilo gótico y clásico escondidos entre los árboles.
Otros de los cementerios más visitados es el de Kensal Green, que fue fundado por un abogado que se inspiró en el famoso cementerio de Pere Lachaise en París.
Varios estilos arquitectónicos se fusionan en este cementerio, que está dividido entre los creyentes anglicanos y los disidentes.
Las catacumbas se pueden visitar los primeros domingos de cada mes.
Uno de los menos conocidos, pero con más belleza, es el cementerio de Nunhead, que se ha convertido en una reserva natural.
Sus avenidas de cal y los mausoleos góticos llevan hacia el campo abierto.