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Sir Rex Hunt (en inglés) Los primeros momentos de la ocupación
  Especiales
Martes, 26 de marzo de 2002 - 20:56 GMT
Rex Hunt: "Valió la pena la guerra"
La casa de gobierno en las islas, dos décadas después
Sir Rex Hunt era gobernador británico de las Falklands o Malvinas cuando Argentina ocupó las islas el 2 de abril de 1982.

Dos décadas después, Hunt recordó en diálogo con la BBC cómo vivió la invasión del lugar que llegó a sentir como su hogar, a pesar de provenir de la "lejana" Gran Bretaña.


"Cuando llegué por primera vez a las Falklands, vi Port Stanley y dije: 'Qué lugar pequeño'. Se veía tan vulnerable, recostándose en la colina mirando hacia la bahía.

"Cuando asumí formalmente el cargo de gobernador de las islas, me dijeron que era un sitio tranquilo, pero en 1982 era cualquier cosa menos eso.

"Con todo, las Falklands me gustaron apenas las pisé. Los pobladores eran amigables y muy hospitalarios. Me sentía como en casa.

Rex Hunt, ex gobernador de las Falklands
Hunt: "Creo que tenía miedo, pero sobre todas las cosas estaba aturdido".
"Ese territorio había sido marginado deliberadamente por Gran Bretaña. El consejo que recibí antes de viajar allí fue que me ganara la confianza de los isleños, porque ellos miraban con desconfianza al Foreign Office.

"Lo que nadie decía era que el gobierno pretendía acercarlos a Argentina, porque el Foreign Office consideraba el tema de las Falklands como un anacronismo.

"Pero en el primer despacho que escribí a Londres señalé que no había manera de convencer a los isleños de que estarían mejor siendo argentinos.

"Analizando la historia, pronto me di cuenta de que Argentina nunca había hecho un reclamo apropiado de las Falklands.

"La crisis de 1982 comenzó cuando trabajadores argentinos, acompañados por tropas, izaron su bandera en las Georgias del Sur.

"La primera advertencia de una invasión me llegó a Port Stanley en un telegrama del Foreign Office, el 1º de abril a las 3:30 de la tarde, hora local.

"Decía en la típica jerga diplomática: 'Tenemos evidencias aparentemente sólidas de que militares argentinos podrían aproximarse a Port Stanley en la madrugada de mañana'.

"Decidí que la casa de gobierno se convirtiera en el cuartel de la Marina Real.


Se escuchó un intenso tiroteo hasta el amanecer. Apagamos las luces y permanecí bajo mi escritorio con mi asistente

"Luego envié a mi esposa y a mi hijo a una vivienda más segura, y le pedí al personal doméstico que se alejara y llevara consigo algunas posesiones, las más preciadas. Nanny, que cuidaba la casa, salió con un retrato de la reina bajo un brazo y una botella de gin bajo el otro.

"Luego colaboré con el personal para triturar y quemar documentos confidenciales.

"Durante la noche, el Foreign Office recibió un mensaje diciendo que (Ronald) Reagan iba a hacer un último intento para que (Leopoldo) Galtieri desistiera de invadir.

"Como esa gestión no tuvo éxito, evacuamos el cuartel militar. Si las fuerzas especiales argentinas nos hubieran tomado por sorpresa, habrían matado a la mayoría de nuestros soldados en sus camas, porque atacaron el lugar con granadas y armas automáticas. Nosotros oímos todo lo que ocurría.

"Unos cinco minutos después, comenzaron a disparar contra la casa de gobierno.

"Se escuchó un intenso tiroteo hasta el amanecer. Apagamos las luces y permanecí bajo mi escritorio con mi asistente. Hacía un gran esfuerzo para pensar en medio de todo ese ruido.

"Creo que tenía miedo, pero sobre todas las cosas estaba aturdido.

"Luego tomé coraje y recogí el micrófono que nos conectaba al estudio de la radio local. De ese modo podía hablarles a los pobladores, algo muy importante porque en ese momento había 32 asentamientos en las afueras de Puerto Stanley, incluyendo un internado con niños.

"Yo tenía una pequeña pistola y estaba dispuesto a utilizarla si las tropas argentinas llegaban a mi oficina.

Mario Benjamín Menéndez, comandante de las tropas de ocupación argentinas
"Allí estaba ese pequeño y más bien miserable general, acercándose a mí con la sonrisa fija".
"A eso de las 6:35, el mayor Mike Norman asomó su cabeza por la puerta y dijo: 'Hemos repelido a esos bastardos'.

"Estaba seguro de que habíamos tenido bajas porque podía escuchar algunos quejidos. Le pedí que arrimara a nuestros heridos y respondió: 'No son nuestros, sino de ellos'.

"Ahí me di cuenta de cuán cerca estaban. Tres argentinos habían sido alcanzados en la huerta de mi mujer, a unos 13 metros de donde me encontraba.

"Sabía muy bien que debería rendirme en algún momento. Mi única preocupación era cuántas vidas más se perderían y si habíamos hecho lo suficiente para obtener la respuesta de Londres que necesitábamos.

"Creo que si en aquella época hubiera conocido mejor a Maggie Thatcher, no habría sufrido tanta ansiedad.

"El militar a cargo de las tropas argentinas ingresó en la casa de gobierno y me exigió que diera la orden de deponer las armas. Dijo que, si no lo hacía, yo sería responsable de que se produjeran más muertes.

"Repliqué que la culpa suelen tenerla quienes inician el tiroteo, no quienes tratan de defenderse. Pero las fuerzas argentinas eran mucho más numerosas.

"Cuando me llevaron al ayuntamiento para una reunión con el general que comandaba la invasión, el lugar estaba lleno de cámaras fotográficas, periodistas y soldados.

"Allí estaba ese pequeño y más bien miserable general, acercándose a mí con la sonrisa fija. Realmente sentí cólera y pensé: 'Esto es una violación de las Falklands'.


De regreso en mi país, no supe más que el público general sobre lo que ocurría en el Atlántico Sur. Nunca fui invitado a las reuniones confidenciales del Foreign Office. Era ridículo

"Le advertí: 'Ha desembarcado ilegalmente en territorio británico. Les ordeno a usted y a sus tropas que se retiren'.

"Él respondió en un buen inglés: 'Hemos recuperado lo que nos pertenece por derecho y vamos a permanecer aquí para siempre'.

"A las 4:30 de esa tarde fuimos trasladados a Montevideo y yo llegué a Gran Bretaña en la mañana del 5 de abril, justo a tiempo para brindar un informe a los jefes militares antes de su partida.

"De regreso en mi país, no supe más que el público general sobre lo que ocurría en el Atlántico Sur. Nunca fui invitado a las reuniones confidenciales del Foreign Office. Era ridículo.

"Uno de mis amigos en el ministerio me comentó: 'El problema contigo es que te has vuelto nativo'. Yo le respondí: 'Bueno, en una colonia yo tomo eso como un cumplido'.

"Mi regreso a las Falklands fue muy emotivo. Estaba decidido a besar el suelo como lo hace el Papa cada vez que visita un sitio. Pero aterrizamos en medio de una fuerte tormenta y todo era barro, de modo que pensé: 'Mejor lo hago mentalmente'.

"¿Valió la pena la guerra? Sí, sin duda. Basta con mirar ahora a los argentinos empobrecidos y a los isleños prósperos. Estos últimos han hecho las cosas muy bien desde entonces. Todo lo que tienen no hubiera sido posible si hubiese triunfado el desatino de Galtieri.

"Sigo teniendo muchos amigos en las Falklands. Pienso que el vínculo con ellos va durar hasta nuestra muerte".


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