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Escribe: Cristina Lerner
  Especiales
Martes, 26 de marzo de 2002 - 21:01 GMT
Una argentina en Londres
Parlamento británico
Escribe Cristina Lerner, del Servicio Latinoamericano de la BBC.

"Inglaterra está en guerra contra tu país".

Así me recibieron dos colegas el 2 de abril hace veinte años, cuando yo llegaba al Servicio Latinoamericano después de un turno de noche, medio dormida y todavía sin haber leído la prensa.

Pensé que era una broma de mal gusto. Pero no. De ahí en más todo transcurrió como una mezcla de pesadilla y alucinación.


A los dos o tres días de iniciado el conflicto me encontré sobre el escritorio un gran ramo de rosas: eran mis colegas ingleses de la sala de noticias, con los cuales había trabajado en interminables turnos nocturnos. La tarjeta sólo decía: contigo en un momento amargo

Al día siguiente, los argentinos que trabajábamos en la BBC pedimos que se nos excusara de salir al aire y no nos acercamos más a los micrófonos hasta la segunda quincena de junio.

Producíamos programas, organizábamos entrevistas, investigábamos los temas, pero no pasábamos al micrófono.

Buscábamos, como todo el resto de mis colegas, ser todo lo objetivos e imparciales que se puede ser en una guerra en la cual estaba comprometido un país latinoamericano.

A juzgar por las críticas que recibimos tanto de fuentes gubernamentales argentinas como inglesas, logramos nuestro cometido. Además, maduramos como suele madurarse después de tragedias y dolores personales.

Solidaridad

A los dos o tres días de iniciado el conflicto me encontré sobre el escritorio un gran ramo de rosas: eran mis colegas ingleses de la sala de noticias, con los cuales había trabajado en interminables turnos nocturnos.

La tarjeta sólo decía: contigo en un momento amargo.

Esa, en realidad, fue mi experiencia con los británicos con quienes tenía contacto: solidaridad, estupefacción, incomprensión de lo que ocurría.

Plaza de Trafalgar
"Un grupo quemaba una bandera argentina en la Plaza de Trafalgar".
En su mayoría, los británicos no tenían la menor idea de qué eran esas islas que aquí llamaban Falklands y nosotros Malvinas: ni qué eran ni dónde estaban.

Los únicos incidentes adversos que recuerdo fueron, el primero, haber cruzado el puente de Westminster y ver a un grupo de obreros que gritaban: "Que lancen una bomba nuclear contra los argentinos".

El segundo fue cuando otro grupo similar -no muchos, un puñado apenas- gritaba cosas contra mi país en la Plaza de Trafalgar, mientras quemaba una bandera argentina.

Lo recuerdo porque me pregunté de dónde habían sacado esa bandera y si acaso tenían idea sobre qué había desencadenado la guerra. Probablemente no.

Eso fue lo único que vi en cuanto a agresión. Quizá la haya habido, pero yo ni la vi ni la sentí.

"Estamos ganando"

Mis temores de que me cancelaran las cuentas de banco fueron, en mi caso, infundadas. Sí recuerdo los problemas inmigratorios.

De pronto los argentinos necesitaron visas para ir a diversos lugares, y viajar por Europa se convirtió en un incordio burocrático.

Lo mismo ocurrió con los viajes a Buenos Aires: ya no hubo vuelos directos y los viajes se transformaron en empresas interminables.

Fueron varios meses duros no sólo para los argentinos, sino también para todos los latinoamericanos. Aunque técnicamente la rendición se produjo el 14 de junio, las consecuencias del conflicto se prolongaron mucho más.


Me acuerdo de las conversaciones con mi madre y mi hermana, que me contaban por teléfono, hacia el final el conflicto, que los argentinos estaban ganando la guerra

Durante esos dos meses y medio de la acción bélica propiamente dicha, me daban vueltas en la cabeza, casi en forma obsesiva, los dibujos que hacíamos al iniciarse cada mes en nuestros cuadernos escolares: las islas, la bandera argentina y la leyenda "Las Malvinas Son Argentinas".

Me daban también vueltas las imágenes de los reclutas argentinos, muchos casi niños aún, que se habían ido al clima inclemente del Atlántico Sur a luchar por una causa de la cual tenían poca idea.

Me acuerdo de las conversaciones con mi madre y mi hermana, que me contaban por teléfono, hacia el final el conflicto, que los argentinos estaban ganando la guerra.

Yo sabía que eso no era así, pero qué podía contestarles sin arriesgarme a que, en su dolor y temor, pensaran que los europeos "me habían colonizado".

Después del shock inicial, me entregué a mi trabajo como el resto de mis colegas y un poco con la actitud que imagino en médicos y cirujanos: si se dejaran conmover demasiado, jamás operarían o tratarían a nadie.

Todo ese tiempo rogaba, pedía, imploraba que los argentinos se rindieran y se acabaran las muertes inútiles. Y cuando por fin llegó esa rendición el 14 de junio, con pena y alivio me eché a llorar.


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