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Martes, 26 de marzo de 2002 - 20:59 GMT
Con ojos de niño
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Robert Wilkinson tenía 11 años cuando las tropas argentinas desembarcaron en las islas. Tres años antes había llegado a las islas con toda su familia desde Gran Bretaña.
El desembarco de las tropas argentinas lo sorprendió en la residencia de su escuela, en la capital del archipiélago, Port Stanley (Puerto Argentino), ya que su familia vivía en Port Stephens, al sur de la isla oriental. A 20 años, el enviado de la BBC a las islas, Graham Bound, autor del libro "Los isleños de las Falklands y la guerra", habló con él sobre el episodio más asombroso de toda su infancia.
"Para un niño de 11 años fue muy excitante. También tengo en cuenta la preocupación de los adultos que nos cuidaban, pero ya sabes, para un niño de once años...". -¿Qué te decían los adultos?
Él mencionó que la escuela estaría cerrada al día siguiente, lo cual nos alegró inmensamente. Pasamos toda la noche escuchando la radio y tratando de ver por las ventanas algún tanque o helicóptero, pero todo estaba tranquilo. -¿Y qué pasó después? -Creo que era muy temprano por la mañana (del 2 de abril) cuando nos pidieron que bajáramos al corredor principal de la residencia. Seguimos escuchando la radio. La gente llamaba desde todas partes y contaba los diferentes hechos que ocurrían. Cuando íbamos al baño, que estaba junto a la pared externa del edificio, podíamos escuchar de vez en cuando sonidos de disparos. -¿Cómo te sentías en ese momento? -Estaba bastante entusiasmado y miraba a cada rato hacia una de las puertas, porque los maestros y otras personas subían y bajaban, entraban y salían. Veíamos esas figuras acercándose a través del vidrio congelado de las ventanas y nos preguntábamos si serían soldados o algo parecido. -Cuándo aparecieron los soldados argentinos, ¿cómo los trataron? -Estuvieron bien. Básicamente nos hicieron formar una fila en el jardín delantero de la residencia.
Recuerdo que dos soldados pasaron junto a nosotros, uno era un operador de radio muy joven y el otro era mayor, creo que era un oficial. Uno de ellos le acarició la cabeza a uno de mis compañeros y nos sonrió, imagino que para tranquilizarnos. -Tú no vivías en Port Stanley. ¿Cómo fue el viaje de regreso a casa? -Nosotros fuimos evacuados el sábado (3 de abril) y a mí me tomó dos días y medio volver a casa. Pero antes, la tarde del 2 de abril, se nos permitió ir a la estación de radio RT para que pudiéramos hablar con nuestros padres, ya que ellos estaban muy preocupados por nuestra suerte. Lo más extraño de esa tarde fue que, en camino a la radio, nos cruzamos con el gobernador de las islas subiendo a un taxi que lo conduciría al aeropuerto. Él nos sonrió para calmarnos y para decirnos adiós de alguna manera. Me sentí un poco triste por él. En el lugar había docenas de soldados cargando todo tipo de armas de fuego, lanzadores de cohetes y todas esas cosas. Todos muy serios hablando en español, un idioma que la mayoría de nosotros ni entendía. -¿Fue ahí cuando te diste cuenta que había habido una invasión? -Sí. Cuando íbamos a la estación de radio, mirando en dirección al hospital, había un montón de humo por todas partes. No estoy seguro si vi fuego (...) pero sí recuerdo muchísimos soldados caminando alrededor.
![]() "Como niños siempre pensábamos en jugar a la guerra" (Foto gentileza del diario Clarín).
Había un soldado argentino cerca nuestro que andaba con una pelota de fútbol, jugando con ella y tratando de ser amigable. Cuando llegó mi turno de hablar por la radio, mi madre me escuchó y sintió un gran alivio. -¿Durmieron una noche más en Port Stanley y luego partieron para sus hogares? -Sí. Recuerdo la larga fila de Rovers dejando la ciudad. Cuando íbamos hacia Sappers Hill, mirando hacia el este podíamos divisar la flota invasora. Creo que ellos habían atracado un portaaviones allí y toda una serie de barcos. No recuerdo si el Belgrano estaba ya aquí. Podíamos ver también helicópteros despegando y probablemente trasladando más soldados al territorio. Y aviones. Yo iba hasta Port Stephens, que está en el sur de la isla occidental, así que era uno de los que más lejos vivía. -¿Qué pensabas en ese momento? -Me preguntaba si mi familia debía hacer las maletas y volver tal vez a Argentina para, desde allí, regresar a Gran Bretaña.
-¿Cómo continuó el viaje? -Los chicos que vivíamos en la isla oriental debíamos ir a Egg Harbour para tomar un pequeño barco llamado Penelope y cruzar el Falkland Sound (el estrecho San Carlos). Cuando finalmente llegué a Port Stephens, recuerdo que yo era el único del lugar que había visto a los soldados argentinos. La gente me preguntaba si había logrado ver aviones, armas y todo eso. -¿Te sentiste un poco más importante, dos pulgadas más alto? -Sí. Mi hermana fue la primera en verme porque estaba esperándome en la puerta y me imagino que estaba un poco celosa de mi aventura. Luego entré a casa dispuesto a desempacar todas mis cosas, pero mi madre me dijo que era mejor tener todo más o menos empacado porque no estaba segura de lo que podía pasar. Aparentemente había rumores de que mujeres y niños debían dejar las islas y posiblemente ir a Argentina, pero si de ella dependía eso no iba a pasar con nosotros. -¿Cómo fue el resto de la guerra para ustedes? -Vimos muy poco. Teníamos de vez en cuando la visita de un par de aviones Pucará, pero nos enterábamos básicamente de lo que ocurría por medio del Servicio Mundial de la BBC. Recuerdo a mi padre escuchando la radio y ubicando con su dedo, en un mapa, las noticias que escuchaba. -¿Hay alguna imagen que te haya quedado de la invasión?
Cuando la fueron a buscar se encontraron de golpe con dos marinos argentinos completamente armados. Mis compañeros estaban aterrorizados y comenzaron a retroceder. Pero los soldados eran realmente amigables. -El encuentro era un signo de que todo había cambiado. -Sí, pero los argentinos fueron muy amigables con nosotros, creo que por el hecho de que en ese momento éramos niños. -¿Y cuál es tu impresión de esa guerra que te sorprendió en la infancia? -Con los años, la gente en general mira ese conflicto como una pérdida de tiempo y de vidas. Yo llegué a apreciar a esos soldados que morían, a esos pilotos que eran derribados y se perdían con sus aviones, y con ellos todos esos años de ir creciendo, de estudiar, años de encuentros, de matrimonios y de hijos. Fue una completa pérdida de vidas. |
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