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José Luis Ferreira "Asumí un montón de cosas de golpe"
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Martes, 26 de marzo de 2002 - 20:57 GMT
Sobreviviente del fin del Belgrano
Crucero General Belgrano
José Luis Ferreira tenía apenas 17 años cuando el domingo 2 de mayo de 1982 se encontraba a bordo del crucero General Belgrano.

Ese día a las 16:01, el viejo buque de origen estadounidense, que había salido ileso del ataque a Pearl Harbour durante la Segunda Guerra Mundial, fue herido de muerte por torpedos provenientes del submarino británico Conqueror y desapareció para siempre en las aguas del Atlántico Sur.

De los 1.093 tripulantes, 323 murieron y 770 salieron con vida tras pasar más de un día y medio a la deriva en balsas.

Ferreira había comenzado su carrera en la Armada Argentina a los 14, y el destino quiso que participara con el grado de marinero en el último viaje del Belgrano, al que por su gran tamaño consideraba "una pequeña ciudad".

Ahora con 37 años y casado, este hombre de gesto alegre le contó a Maximiliano Seitz, el enviado especial de la BBC a Buenos Aires, su triste experiencia durante el naufragio, algo que -según afirma- le cambió la vida para siempre.


"Cotidianamente hacía trabajos de cubierta, controlando el rumbo, que no hubiera averías, que no ingresara agua en ninguna superficie baja del buque. Además, tenía asignado un puesto de combate en caso de que hubiese un enfrentamiento. Yo era cargador de pólvora de un cañón izquierdo de seis pulgadas, en la proa.

José Luis Ferreira
"Si hubiésemos entregado la guardia a tiempo hoy no estaríamos vivos".
"El día del ataque yo estaba terminando una guardia que se hacía de 12:00 a 16:00. Me encontraba en el habitáculo del cañón con siete u ocho personas más, esperando que viniera el relevo para ir a descansar.

"El primer torpedo impactó en la popa, en la sala de máquinas. El ruido fue seco, más fuerte que un trueno. Se sacudió todo. El buque se quedó sin energía, a oscuras, y sentí un fuerte olor a pólvora, muy especial.

"Dos minutos después el segundo torpedo le arrancó quince metros de proa al crucero, es decir que nuestro dormitorio desapareció. Si hubiésemos entregado la guardia a tiempo hoy no estaríamos vivos.

"Recuerdo que a mi lado había un marinero muy joven que realizaba su primer viaje en el Belgrano y un suboficial con unos 20 o 25 años de servicio que conocía hasta el último rincón del barco.

"Cuando comenzó el ataque, el pibe dijo: 'Aviones, aviones'. Y el viejo lobo de mar lo corrigió: 'No, es un torpedo. Y quédense quietos que va a venir otro'. Nos quedamos helados, sin entender demasiado, porque veníamos de estar relajados tras abandonar la zona de exclusión.


Los quince metros de proa que le faltaban al Belgrano parecían un gran abismo. En ese momento entendí que habían muerto muchas personas. Lo asumí instantáneamente, fríamente. Todo ocurrió tan rápido...

"Vi a un suboficial saliendo casi desnudo, cubriéndose con una frazada, porque tenía quemaduras importantes. Había sido herido por la onda expansiva de un torpedo mientras se duchaba. Esa fue una de las primeras cosas que me impresionaron.

"Todo quedó en silencio, a la espera de un tercer torpedo. Cada uno permaneció en su lugar, tratando de averiguar cómo estaban las cosas. Los de la radio llamaban. Vi que el agua hacía remolinos alrededor del barco, señal de que ya no estábamos navegando. El Belgrano estaba inutilizado.

"Se armó un gran tumulto porque la tripulación comenzó a circular para tomar posición en las balsas de abandono. Cada uno tenía una asignada. Se oían gritos, pero eran de la gente que trataba de ordenar el procedimiento o de encontrar a sus compañeros. Algunos lloraban de pánico.

Sobrevivientes del Belgrano llegan a Bahía Blanca
Algunos de los tripulantes tuvieron suerte y pudieron reencontrarse con sus familias.
"Cuando yo y los que estaban a mi lado salimos a cubierta para dirigirnos a las balsas, vi algo increíble: los quince metros de proa que le faltaban al Belgrano parecían un gran abismo. En ese momento entendí que habían muerto muchas personas. Lo asumí instantáneamente, fríamente. Todo ocurrió tan rápido...

Lea el testimonio de la madre de una de las víctimas.

"Vivía cada segundo. Me propuse salir con vida, no quería morir. Tenía la ventaja de que no estaba ni lastimado, ni quemado, ni desnudo.

"Las balsas eran de goma y se desplegaban al caer al agua. Nos arrojamos a ellas. El buque se estaba inclinando, hacía remolinos, y el viento nos empujaba contra él. Debíamos remar con fuerza, para no chocar contra la chapa filosa que había quedado tras perderse una parte del crucero.

"En ese momento vi otra cosa que me impresionó. La cadena del ancla comenzó a tensarse y se cortó. El ancla cayó encima de una balsa. Fue como pisar un caracol. De ahí no salió nada vivo, ni un trozo de goma.

"En mi balsa éramos unas veinte personas. Actuábamos ordenadamente, pero no pudimos evitar chocar contra el borde del barco. La balsa se reventó y comenzó a desinflarse. Nos tuvimos que arrojar al mar.

"Lo primero que hice fue tratar de sacarme los borceguíes con los pies, porque al estar llenos de agua me empujaban hacia abajo. Comencé a nadar hacia otra balsa. En el camino encontré a un compañero que no sabía nadar. No sé cómo podía estar a bordo del Belgrano. Le agarró un ataque de nervios y gritaba: 'Socorro, socorro'.

"En ese momento el mar era una gran mancha negra. Habían arrojado al agua los bidones de petróleo que se encontraban en el crucero, para evitar un incendio. Era difícil aferrarse a las balsas, porque uno se resbalaba. El pibe que no sabía nadar estaba bañado en petróleo y en la desesperación se hundía.


Al lado mío se hallaba uno de mis jefes, un militar de unos 40 años que era muy estricto y nos reprendía cuando no estábamos bien peinados o afeitados. Ese tipo lloraba y lloraba repitiendo: 'Nos vamos a morir todos'. Yo pensé: ¿y estos son LOS militares?

"Cuando logré subir a una balsa ayudé a rescatarlo. Pero él no paraba de llorar y gritar. Sentí que nos iba a desequilibrar a todos.

"Estábamos en una balsa cuyo techo no se había armado y en la cual no íbamos a poder permanecer. El mismo oleaje la llenaba de agua, como si fuera una pileta. Si la noche nos sorprendía ahí, íbamos a morir de frío.

"Tuvimos que pasarnos a otra balsa que no tenía mucha gente a bordo. Cuando me tocó hacerlo a mí, una ola me dejó el cuerpo colgando. Me agarré con uñas y dientes hasta que me tomaron y me metieron adentro. Ahí quedé recostado unos minutos. Incluso me dormí, por el frío y porque estaba exhausto.

"Vi cómo el Belgrano desaparecía en el agua. Un oficial decía: 'No miren, no miren'. Trataba de evitar que nos impresionásemos, pero ya estábamos jugados. Mirar o no mirar era para mí exactamente lo mismo. Vi cómo esa suerte de ballena se dio vuelta e hizo bluf. Y esa mini-ciudad en la que vivíamos se fue.

"Se hizo un gran silencio. Nos encontrábamos en el medio de la nada: agua y cielo. Era una tarde fría, estaba nublado. Comenzaba a oscurecer.

"Ahí comenzó el naufragio. Lo primero que hicimos fue enumerarnos, para saber cuántos éramos en la balsa. Además, cada uno dio su nombre. Tuvimos la suerte de tener un médico a bordo.

"No había heridos. Recuerdo que al lado mío se hallaba uno de mis jefes, un militar de unos 40 años que era muy estricto y nos reprendía cuando no estábamos bien peinados o afeitados.

"Ese tipo lloraba y lloraba repitiendo: 'Nos vamos a morir todos'. En un momento, el médico le pegó una trompada para calmarlo. El hombre no habló más durante el resto del naufragio. Yo pensé: ¿y estos son LOS militares?

José Luis Ferreira
"Y esa mini-ciudad en la que vivíamos se fue".
"Por momentos se rezaba, se cantaba o se buscaba entablar una conversación. Uno le preguntaba a otro a qué división pertenecía y qué tarea cumplía. La charla podía durar cinco minutos y se cortaba.

"Durante la noche nos dimos cuenta de que uno de los cierres de la balsa, similar al de una carpa, estaba roto justo cerca de mí. Entonces teníamos el oleaje adentro. Sacábamos el agua con un tarrito de plástico.

"No pudimos descansar, porque el que se dormía en el frío no se despertaba más. Nuestras piernas se entumecieron hasta que prácticamente no las sentíamos. Llegamos a orinarnos entre nosotros como un recurso para darnos calor.

"No comimos. Las balsas sólo venían con equipos de primeros auxilios que contenían bombones de fruta, terrones de azúcar, caramelos, chicles y pastillas para potabilizar el agua.

"Como no sabíamos cuánto tiempo íbamos a estar a la deriva, tratamos de llevar el cuerpo a la máxima resistencia, sin consumir nada.

"Al otro día ya nadie quería rezar, ni cantar, ni hablar. Esperábamos que llegara la muerte y que todo se acabara pronto.

"Horas después se escuchó el bocinazo del buque que nos venía a rescatar y todo cambió rápidamente. La gente comenzó a festejar, a comer los alimentos y a beber el agua que almacenaba.

"Desde entonces siento que todo en la vida es pasajero y que debo disfrutar plenamente de cada momento".

Submarino británico Conqueror
La nave atacante, el submarino británico Conqueror.

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