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Viernes, 19 de octubre de 2001 - 13:14 GMT
Arabia Saudita, hilando muy fino
![]() Arabia Saudita combina tradición y modernidad en una sociedad cambiante y profundamente religiosa.
Desde Arabia Saudita escribe el periodista Rashid Husain para BBC Mundo
Estos son tiempos difíciles para Arabia Saudita. Por primera vez en varias décadas, el gobierno de Riad hace desesperados esfuerzos por presentar cara a Estados Unidos y hacer pública una cierta imagen de distanciamiento de Occidente. La decisión de no recibir al primer ministro británico, Tony Blair, cuando visitó el Golfo Pérsico hace unas semanas, se enmarca en esa nueva línea "dura". El sentimiento anti-estadounidense en la región es muy fuerte y el gobierno saudí, consciente de ello, intenta tejer con un hilo muy fino un equilibrio casi imposible entre su fidelidad a la coalición con Estados Unidos y el respeto a la sensibilidad popular.
La vida cotidiana de Arabia Saudita se desarrolla estos días en medio de unas medidas de seguridad sin precedentes. Todos los edificios oficiales del reino están rodeados de visibles controles policiales. Las autoridades aquí no están dispuestas a que ocurra un imprevisto. Cuna del Islam Y las razones de esa preocupación son muchas y profundas. Arabia Saudita es la cuna del Islam. Esta religión nació en las calles de la ciudad de La Meca hace más de 1.400 años. Los dos lugares más sagrados del Islam son parte de esta nación: la propia Meca y la ciudad de Medina, donde está enterrado el profeta Mahoma.
Así, este reino de Arabia Saudita, que lleva siglos siendo el anfitrión de la mayor congregación de fieles del mundo, es también para todos los musulmanes, incluidos los afganos, un punto de referencia obligado. Y custodio del petróleo Con una población de 22 millones de habitantes y una superficie de 1.960.582 kilómetros cuadrados, este país alberga las mayores reservas de petróleo del mundo, estimadas en más de 260 millones de barriles. Su renta per cápita es de US$7.150. Este es además un estado musulmán muy conservador, que sigue la línea wahhabi, considerada como la más estricta del Islam al pie de la letra.
Esta división se mantiene hasta hoy, y el resultado es una sociedad musulmana que observa al detalle todos los preceptos más riguroso del Islam. Pero pese a ello, como muchos otros países musulmanes, los saudíes están divididos en relación con los bombardeos sobre Afganistán. El malestar y la frustración con la política exterior de Estados Unidos en Palestina, Cachemira e Irak es evidente en amplias capas de la sociedad. Doble estándar Se cuestiona abiertamente, entre otras cosas, por qué las resoluciones de las Naciones Unidas parecen ser implementadas de "manera selectiva". Por qué Irak y Libia son bombardeados mientras las resoluciones sobre Palestina y Cachemira son prácticamente ignoradas.
La magnitud de esa animosidad y esa frustración se puso de manifiesto cuando hace unos días hubo varias manifestaciones en el emirato vecino de Omán en contra de los bombardeos sobre Afganistán. La disensión política es casi inexistente -al menos su expresión pública- por esta zona del mundo. ¿Apertura? Los emiratos del Golfo nunca antes habían permitido demostraciones de este tipo. No existen precedentes. Ello revela el enorme significado de las protestas en este momento, un significado con una doble lectura: por un lado, el malestar de la población en el todo el Golfo Pérsico y, por otro, el hecho de que sus gobernantes consideran que ya no se pueden permitir acallar todas las voces. En las altas instancias del reino saudita, la aprensión es profunda y amplia. La reputación de Osama Bin Laden, a quien despojaron de su nacionalidad saudí hace seis años, está creciendo.
Pero, mientras por un lado, muchos critican lo que consideran imperialismo norteamericano contra el pobre y el débil, las cadenas de comida rápida de EE.UU. son uno de los grandes negocios en este país. Hay una nueva generación de sauditas, tan aficionados a la soda estadounidense que se les conoce como "la generación Pepsi". Las amplias carreteras del reino son ideales para que los coches americanos, los favoritos de la población, circulen por todos lados. Y en los enormes centros comerciales de las principales ciudades se pueden adquirir productos de las marcas occidentales más conocidas.
Muchos hogares disponen de televisión por cable y satélite. Las cosas han cambiado drásticamente en los últimos diez años tanto en el reino saudita como en los emiratos vecinos. Esta región goza de una red de infraestructuras tran avanzadas conmo las de los países europeos. El difícil equilibrio Pero Arabia Saudita está ahora en una encrucijada. El gobierno, pese a su tradicional amistad con Occidente, no quiere mostrarse insensible con una población que, cuando menos, ve con malos ojos las actividad militar de EE.UU. en Afganistán.
El gobierno ya no puede permitirse ignorar los sentimientos de gran parte de la población y lo sabe. Por eso, y en un intento por preservar la estabilidad y a sí mismo, intenta buscar una vía intermedia. Encontrar la armonía, sin embargo, no le va a resultar nada fácil. |
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