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Jueves, 21 de junio de 2001 - 18:37 GMT
El llanto: Javier Farje
Reencuentro en Lima.
Javier Farje, periodista de la BBC, vivió en carne propia la experiencia del exilio. Tras la salida intempestiva de su país, inició una vida nueva que no había planeado entre gente que no conocía y cargó ese dolor sordo de la partida indeseada hasta que un día se le desbordó sin aviso y se encontró llorando, tirado en una calle de Dinamarca.

"Después, empezó a ser más fácil", dice cuando recuerda, sin mencionar ese momento terrible en el que le avisaron que se había muerto su madre, a quien no había podido abrazar por mucho tiempo.


Doce años, seis meses, diez días y quince horas. Ése fue el paréntesis, ese tiempo congelado que transcurrió desde que salí de Lima al exilio hasta el día que volví, en una medianoche húmeda.

Fueron doce años de espera, devorando revistas que llegaban desde Perú tres meses después de publicadas, pero que para mí tenían la tinta aún fresca; o haciendo llamadas esporádicas a casa, que preparaba con tanta ansiedad que poco faltaba para que me vistiera de domingo simplemente para hacerlas.

Tumba de la madre de Javier Farje.
A su regreso, visitó la tumba de su madre.
Todo ello dejó de doler cuando supe que volvía. Por supuesto, yo era consciente de que el retorno estaría cargado de grandes ausencias, de vacíos ya imposibles de llenar: mi madre, que murió seis meses antes de cáncer, segura de que en su lecho de enferma faltaba uno; Neptalí Liceta, un sacerdote campesino activista de derechos humanos con quien recorrí las serranías de Lima, con quien había forjado una amistad de acero y que se desbarrancó en una de sus cruzadas campesinas. En fin, colegas que cometieron el error garrafal de cuestionar al status quo y que lo terminaron pagando con su vida.

A pesar de ello, decidí que el luto inevitable de esas ausencias no tenía el derecho de empañar el retorno. Habría muchos más después, pero ése era el primero, el que quedaría grabado en la memoria, el que valía.

A la medianoche

Salí de Madrid a pleno sol. Las doce horas que duró el vuelo no existen ni en lo más recóndito de la memoria. En el vacío aeropuerto de Quito, en la última etapa del retorno, ignoré metódicamente a los mochileros australianos que preparaban la búsqueda de El Dorado. Los evité simple y llanamente porque no teníamos nada en común, ellos no estaban volviendo a ningún lado y difícilmente hubieran entendido mi alegría de niño.

Las primeras luces de Lima, vistas desde el avión, me conmovieron. Las luces de todas las ciudades a la medianoche de cualquier día son iguales desde arriba. No para quienes volvemos, porque -trampas de la memoria- parecemos reconocer lugares en los que quizá nunca estuvimos, y que terminan convirtiéndose en propios.

Luego de pasar el control de pasaporte y la aduana, salí a la zona de espera. Mis hermanos taladraron a la multitud que esperaba a otros visitantes con la fuerza de un tren. Abrazos que no acababan mientras Vivienne, mi compañera, apenas atinaba a tomar fotos conmovida hasta las lágrimas.

Familia de Javier Farje.
La alegría sin límites del reencuentro.
Todo estaba igual en la casa materna, los mismos muebles, los mismos libros, el mismo olor del rosal que mi madre cuidaba como a un hijo. Luego de los primeros brindis con la gigantesca botella de whisky que traje en mi equipaje, a mis hermanos no les quedó más remedio que mirar en silencio mi llanto por la madre ausente. Ellos ya lo habían hecho y ahora era mi turno.

A partir de allí, no hubo más luto. Mi regreso juntó a tíos, primos y sobrinos que no se veían en 30 años. Al día siguiente fui a visitar la tumba de mi madre. No lloré sino que, con el oído pegado a la loza, tuve una conversación callada con ella. Fue una de esas conversaciones en las que decimos las cosas que se nos olvidaron o que no tuvimos tiempo de musitar. Salí del cementerio dispuesto a celebrar.

En la sierra

Días después me embarqué por primera vez a Concepción, el pueblo serrano donde mi padre, que había fallecido hace muchos años, nació y del que emigró a la capital en busca de fortuna. Fue una visita apacible, entre los helechos, las jacarandas y las grandes plantaciones de ese maíz gigante que se dora bajo el sol seco de los Andes.

Espero haber caminado las mismas callejuelas por las que mi padre transitó jugando con los pies descalzos, comido los mismos guisos de carne y bebido la misma chicha.

Tres semanas después, partí de Perú para seguir con mi trabajo. "Ahora sí, nos vemos pronto", le dije a mi familia. Y como nunca, una frase tan insulsa me pareció tan promisoria.


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