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Escribe: Andrew Thompson
  Especiales
Viernes, 23 de marzo de 2001 - 22:45 GMT
Argentina, los militares y la economía
José Alfredo Martínez de Hoz
José Alfredo Martínez de Hoz, ministro de Economía del "proceso", en una portada de la revista "Mercado".
Escribe Andrew Thompson de la BBC

Según una vieja teoría, en momentos de crisis, cuando se contempla forzosamente una reorganización profunda de la economía, es necesario un gobierno fuerte, quizás autoritario, quizás militar.

Hay varias versiones de esta teoría, algunas más sutiles que otras, pero por lo general el argumento es el mismo: que la democracia, con todos sus procesos complicados de decisión (elecciones, coaliciones, acuerdos políticos, negociaciones entre el ejecutivo y el legislativo, negociaciones entre empresas y sindicatos, búsqueda de consenso entre los lobbies o grupos de interés, etc.), simplemente es demasiado lenta y demasiado reacia a tomar decisiones que, a fin de cuentas, hay que tomar... ¡y hay que tomar, ­ya!

Pues bien, lo interesante de la historia económica argentina del último cuarto de siglo es que contradice esta teoría de manera contundente.


Ni el General Videla, ni Martínez de Hoz tuvieron que pensar en el votante. Y fíjese cómo les fue

En efecto, de 1976 a 1983, un período de siete años, Argentina tuvo un gobierno militar con poderes casi absolutos. En cambio, de 1983 a la fecha - 2001 - hubo un período de 18 años de gobierno constitucional.

Según la teoría deberíamos esperar cambios radicales, profundos, y decisivos en los primeros siete años, seguidos por 18 años de políticas más tímidas, inconclusas, y diluidas.

Todo lo contrario. Es cierto que el régimen militar, inicialmente dirigido por una junta presidida por el general Jorge Rafael Videla, se propuso un ataque frontal contra la inflación, el estancamiento económico, y el caos que habían pasado a ser factores dominantes durante la administración peronista en 1975-76.

La tablita cambiaria

Pero bajo el célebre -o infame, según su punto de vista- "superministro" de Economía de aquellos tiempos, José Martínez de Hoz, fue muy poco lo que en realidad se consiguió.


Tras el gobierno militar, en casi todos los rubros, la economía terminó peor que antes.

Martínez de Hoz adoptó el llamado "enfoque monetario de la balanza de pagos" bajo el cual se buscaba fijar una tasa decreciente de devaluación de la moneda, forzando la inflación doméstica a seguir la misma trayectoria.

Era la epóca de la famosa y también notoria "tablita cambiaria". No funcionó. Para mantener la tablita hubo que aumentar las tasas de interés domésticas atrayendo capitales especulativos.

Aunque esto generó un período muy limitado de fuertes entradas de fondos -la "plata dulce" y el resultante peso fuerte- resultó ser inostenible.

Después, lógicamente, vino el colapso de empresas y bancos, grandes devaluaciones, mayor inflación y mayor endeudamiento.

Cuando los militares entregaron el poder, el "gobierno fuerte" había tenido resultados muy débiles: había multiplicado la deuda extranjera del país por un factor de cinco. En casi todos los rubros, la economía terminó peor que antes.

Golpe de confianza

El siguiente gobierno democrático de Raúl Alfonsín de la Unión Cívica Radical (1983-89) tuvo resultados casi tan malos, pero mucho más interesantes.

Toma de un billlete de 1 Austral
El Austral duro muy poco.
Por primera vez se empezaron a considerar tratamientos más profundos para el "mal argentino". Se buscó lanzar una nueva moneda, el austral, para dar un "golpe de confianza" contra la inflación.

Junto con medidas heterodoxas como el congelamiento de los precios y salarios, allá por 1986, se constataron algunas tendencias positivas con aumentos de la actividad industrial y caídas en la tasa de inflación.

Y en 1987-88 también se vieron los primeros y tímidos intentos de privatizar grandes empresas del Estado, que en esos momentos daban pérdidas importantes para el fisco.

Pero fue en los últimos años del gobierno de Alfonsín que sobrevino el caos económico más dramático del último cuarto de siglo - la feroz hiperinflación - conocida como "la híper" que conmovió a toda la sociedad, y en los peores momentos condujo al saqueo masivo de supermercados por gente desesperada.

Llega la convertibilidad

Bajo los dos gobiernos peronistas de Carlos Menem (1989-1999) se aplicaron las recetas más radicales y más exitosas en el tratamiento de la economía.

Fernando de la Rúa y Domingo Cavallo
Domingo Cavallo (der.) con el presidente De la Rúa: de nuevo al rescate
Fue el ministro Domingo Cavallo, el mismo que hoy propone el nuevo plan de competitividad, quien introdujo el sistema de la convertibilidad, dónde el peso argentino se vinculó directamente al dólar estadounidense y, por ley, sólo se emite moneda cuando hay reservas internacionales para respaldarlo.

La convertibilidad dio el golpe de confianza que se necesitaba, logrando lo que había parecido imposible: derrotar al monstruo de la inflación.

También bajo ese gobierno se llevó a cabo el programa más grande de privatizaciones de América Latina. Más tarde, después del llamado "efecto tequila" de 1995, se reforzó el sistema bancario argentino. Hubo años de fuerte crecimiento con baja inflación.

Nuevas y grandes dificultades

El presidente Fernando de la Rúa lucha ahora con nuevas y grandes dificultades.


En el caso argentino, han sido los gobiernos democráticos los que han tenido mayor imaginación, y, en última instancia, mayor coraje político, para tomar decisiones difíciles

La victoria contra la inflación ha sido, quizás, demasiado contundente, ya que los argentinos ahora padecen un problema inverso de deflación - precios que caen en términos absolutos y una actividad económica que de nuevo se ha estancado.

No hay soluciones "para siempre", especialmente en el contexto de una economía mundial más "globalizada" y dinámica.

Pero esta breve revista de los últimos 25 años apunta a por lo menos una conclusión: es deseable y posible que las democracias adopten nuevas políticas económicas.

En el caso argentino, han sido los gobiernos democráticos los que han tenido mayor imaginación, y, en última instancia, mayor coraje político, para tomar decisiones difíciles.

Por supuesto, los gobiernos democráticos argentinos han demostrado que pueden equivocarse terriblemente. Y claro, para eso están las elecciones.

Ni el General Videla, ni Martínez de Hoz tuvieron que pensar en el votante. Y fíjese cómo les fue.


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