Cuando crees que ya has llegado, que tienes allí ese final de camino, los cráteres del glaciar confabulan en tu contra y se alejan.
¿Dónde queda el fin del mundo? Hay quienes creen que viven allí, otros que saben muy bien dónde está pero o no se atreven o no pueden ir, y hay quienes consideran que el mundo no tiene fin.
Para mí, el fin del mundo, ese punto donde debo dar la vuelta sobre mis pasos, es el campamento base del Everest. Ese glaciar del Khumbu donde una cascada de hielo cierra el paso sin contemplación.
Entonces tus piernas se hacen pesadas, tu respiración se agita y tu cabeza se comprime.
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Para llegar hasta ahí se requieren de días de caminata, de fortaleza física y mental. Porque cuando crees que lo tienes allí, que ya casi llegaste a ese final de camino, los cráteres del glaciar confabulan en tu contra y se alejan un poquito más.
Es como si jugaran con tu resistencia, con tus pulmones, con tu mente. Como si supieran que a más de 5.000 metros de altitud tienes el 50% del oxígeno del que disfrutas a nivel del mar.
Entonces tus piernas se hacen pesadas, tu respiración se agita y tu cabeza se comprime.
Pregunta y respuesta
Pones la máxima concentración en la siguiente roca que debes pisar, en el excremento de yak - ese bovino típico del Himalaya - que debes esquivar, o en el hielo al que te debes aferrar para no resbalar.
¿Vale la pena el esfuerzo?
Para mí, el fin del mundo es el campamento base del Everest.
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Nadie dijo que llegar al fin del mundo sería fácil.
Pero cuando estás ahí, rodeado de hielo junto a un poblado improvisado de tiendas de campaña, esperando atravesar eso que para ti es el fin del mundo, intentas responder a esa pregunta que hace una hora te hizo una turista extenuada.
¿Vale la pena el esfuerzo? ¿Valieron la pena todas esas horas, todo este trabajo para llegar hasta aquí, hasta este campamento entre hielo y rocas?
El estruendo de las avalanchas de los ochomiles que resguardan este lugar responde la pregunta por mí.
Yo llegué a mi fin del mundo y tuve que regresar sobre mis pasos. Para otros, el campamento base no es más que el inicio de una aventura que los lleva a rozar con los dedos la estratósfera.
A ellos les quedan por delante más de 3.000 metros de ascenso, cuatro campamentos más, mucha técnica... y un poco de suerte.
Para muchos otros, el camino al techo del mundo ha significado el fin de una vida.