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Jueves, 18 de diciembre de 2008 - 13:17 GMT
Un granito en Khumjung
Gabriela Torres
Gabriela Torres
Khumjung, Nepal

Montañas de la región del Khumbu.
En la región del Khumbu, el dinero del turismo ha aumentado la brecha entre ricos y pobres.

Siempre creí que para llegar hasta el campamento base del Everest había que tener una buena condición física y estar entrenado en montañismo, pues no es lo mismo un maratón a nivel del mar que caminar un kilómetro a más de 4.000 metros de altura. Sin embargo, en este viaje a Nepal entendí que lo único que se requiere es dinero.

Ésta es una lección aprendida por los nepalíes de la región del Khumbu, quienes han dejado sus formas de sustento tradicional para participar en la lucrativa industria del turismo, en este caso, masivo.

"Hay gente con mucho dinero en esa región que envía a sus hijos a estudiar en el extranjero", me comentó al regreso del viaje un colega del servicio nepalí de la BBC.

De hecho, en la sala de estar de muchos lodges en el trayecto al campamento base, se pueden apreciar diplomas de universidades tan lejanas para ellos como las de Nueva York, junto a las fotos de los hijos vestidos con toga y birrete.

Este enriquecimiento ha profundizado la brecha entre pobres y ricos. O, en el caso de Nepal, entre sherpas y tamangs (en su mayoría granjeros que han dejado el cultivo para convertirse en porteadores).

Es en este grupo más desvalido, así como en la protección del medio ambiente, donde se concentra el esfuerzo de la mayoría de las organizaciones no gubernamentales internacionales que trabajan en la región.

Una de esas ONG es la "Sir Edmund Hillary's Himalayan Trust", que se encarga de ofrecer educación a la población más desfavorecida, así como asesoría para el desarrollo del Khumbu.

La escuela Hillary de Khumjung

Niño nepalí del Khumbu becado por una ONG en Katmandú.
En esta región, las ONG centran sus esfuerzos en ofrecer educación a los más pobres.
A mitad de camino entre Lukla y el campamento base del Everest se encuentra la Escuela Hillary, que ofrece educación primaria y bachillerato a 300 niños. Se encuentra en pequeño valle a 3.780 metros de altitud escondido entre la neblina y en cuya plaza resalta el busto del neozelandés que conquistó el techo del mundo.

Aprovechando el día de aclimatación en Namche Bazar, decidí visitar el centro. No tuve la suerte de conocer a los estudiantes, puesto que estaban en periodo de exámenes, y en las zonas de recreo reinaba el silencio.

Sin embargo, el director del recinto, Makendra Kathet, me recibió en su despacho. Lleva más de 10 años a cargo de un centro que se erige como una prueba palpable de lo que el turismo puede beneficiar a la región.

Kathet describe sus años de trabajo como un tiempo de mucha vocación, creatividad y "poco salario". "Tu mente no para de pensar en cómo mejorar la escuela, qué debe planificarse y cuál será tu siguiente contribución", porque para este profesor con 30 años de experiencia, uno de los requisitos en la enseñanza es pensar e imaginar cuál debe ser su aporte a la educación.

El legado de Makendra

"Antes de que me nombraran director, en esta escuela no había bachillerato", me explicó este hombre que no oculta sus señales de agotamiento.

"Ahora estamos abriendo otra escuela en Lukla y un 12avo año, pero esto último es más difícil porque un 12avo curso significa dar clases de electrónica o computación", en una zona que no conoce el ruido de los autos ni las torres de alta tensión.

Director de la Escuela Hillary.
Ahora estamos abriendo otra escuela en Lukla y un 12avo año, pero esto último es más difícil porque significa dar clases de electrónica o computación
Makendra Kathet, director de la Escuela Hillary

Después de un rato, Kathet confiesa que está cansado de su trabajo. Después de tres décadas al servicio de la comunidad, sólo espera su jubilación para iniciar un proyecto nuevo.

Para él han sido años de satisfacción, pues el 70% de sus alumnos continuaron sus estudios en la universidad, lo que les ha permitido acceder a puestos de trabajo que sin la presencia de esta escuela sólo hubieran soñado.

"Pero también son años en los que no he tenido tiempo de pensar en mi familia", se lamenta mientras habla de sus amigos de la infancia que escogieron otras profesiones y ahora amasan pequeñas fortunas.

La atracción del turismo

Para Kathet, él ya cumplió con la sociedad. ¿Quién diría que hace más de 30 años, cuando emigró del sur de Nepal, atraído por el turismo y por el Himalaya, terminaría a cargo de la Escuela Hillary?

"Yo quería ser guía de montaña y conocer a gente de diferentes partes del mundo", contó. Pero el destino hizo que el contacto con el mundo exterior fuera de otra forma.

Ahora también habla con los excursionistas que se acercan al centro. Una costumbre que le agrada, pues "es una oportunidad de hacer amigos".

-¿No te parece que el turismo ha hecho que la cultura y la tradición de la región hayan perdido terreno sobre las costumbres del mundo occidental?, le pregunto.

- Ese es el lado oscuro del turismo. Deberíamos preservar más la cultura, porque una de las razones por la que viene tanta gente es nuestra cultura y nuestras tradiciones, y las estamos perdiendo.



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