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Jueves, 18 de diciembre de 2008 - 13:17 GMT
Un caos sincronizado
Gabriela Torres
Gabriela Torres
Lukla, Nepal

Región del Khumbu.
A Lukla sólo se puede llegar por vía aérea o con varios días de caminata.

Verde. Montañas y montañas salpicadas de casitas aquí y allá. Verde imponente de una región sin carreteras, redes eléctricas o sistemas de agua potable. Verde de pura naturaleza. Verde, y una barrera blanca.

El viaje en avioneta de Katmandú a Lukla, punto de partida para los excursionistas del Khumbu de Nepal, dura unos eternos 45 minutos en los que el artefacto parece rozar las copas de los árboles de las filas de montañas.

Son 2.700 segundos en los que cada pasajero se abstrae del ensordecedor ruido de la aeronave utilizando la ventanilla de su asiento como vía de escape.

Intentas descubrir los caminos invisibles que hay que recorrer para llegar a esa casita que está allá, en esa punta que acabas de pasar, o te imaginas cómo hacen los que viven en ese otro poblado para tener agua potable o limpiar sus letrinas. ¿Tendrán duchas?

¡Y esos picos al fondo! Esa franja blanca en el horizonte que no tiene fin y que parece estar al borde de otro planeta. Piensas en las historias del yeti, y en las expediciones que hasta el mismo Sir Edmund Hillary, primer hombre en hacer cumbre en el Everest, encabezó en busca de pruebas de su existencia.

Tus pensamientos sólo regresan a la avioneta cuando el aterrizaje en uno de los aeropuertos más peligrosos del mundo es inminente.

Entonces te proyectas hacia delante, miras la silueta del piloto y pones todas tus energías para que el hombre haya calculado bien y las ruedas toquen con sutileza esa especie de rampa de frenado de unos 400 metros de largo a 2.830 metros de altura. Esta vez, todo salió bien.

Contingente de turistas

Aeropuerto de Lukla
El aeropuerto de Lukla, uno de los más peligrosos del mundo.

Nosotros somos el tercero de una veintena de vuelos diarios a esa región. Así que no hay tiempo que perder ni fotos que tomar. Mientras unos se bajan del avión, los que van de regreso a Katmandú ya se están subiendo.

Detrás de una cerca metálica, una multitud de porteadores esperan a su grupo, o que el sirdar (jefe sherpa de la excursión) dé una orden para empezar a cargar el equipaje. Lo que parece un caos, no lo es.

Dawa Futi, dueña de una posada-restaurante justo al lado del aeropuerto, sabe quién llega a qué hora, dónde duerme y para dónde va. Ella tiene muchos años en el negocio. Prueba de ello es la foto que muestra con orgullo de Hillary y Tenzing Norgay (el sherpa que acompañó al neozelandés en esa histórica ascensión).

La región del Khumbu está poblada principalmente por la etnia sherpa, casta que ganó prestigio cuando, en los años 20, sus miembros comenzaron a ser contratados por escaladores del mundo occidental ávidos de conquistar lo más alto de la tierra

La región del Khumbu está poblada principalmente por la etnia sherpa, casta que ganó prestigio cuando, en los años 20, sus miembros comenzaron a ser contratados por escaladores del mundo occidental ávidos de conquistar lo más alto de la tierra.

Ha sido tal la fama de los sherpas, que hoy en día se utiliza este nombre como sinónimo de guía de montaña.

Dawa Futi - o Dafuti, como prefiere que la llamen- es sherpa de verdad. Camina de arriba para abajo en su albergue, y de la sala a la cocina dando órdenes de lo que hay que hacer, y lo que no.

A los turistas nos organiza por grupo y nos da un cuaderno para que escribamos el desayuno que queremos. La oferta es una variedad de huevos revueltos: con tomate, con cebolla, con queso o solo.

¿Y si lo queremos con un poco de todo? "Entonces hay que preguntarle antes a Dafuti", advierte nuestro guía, no vaya a ser que la novedad genere inconveniente en sus fogones.

Porteador.
Detrás de una cerca metálica, una multitud de porteadores espera una orden para empezar a cargar el equipaje.

60 kilos de carga

Mientras nos apuramos a pedir el desayuno, a tomar las fotos pertinentes del lugar y a decidir qué cosas queremos llevar en la mochila durante la caminata, Nawang Dorjee Sherpa, nuestro sirdar, escoge y organiza a los cuatro porteadores que llevarán el equipaje más pesado de la expedición.

A ellos les pagan por peso, por lo que cada uno decide llevar a cuestas unos 60 kilos. Durante los próximos 11 días, serán los primeros en salir y los últimos en llegar.

"Es importante acordarse de quiénes son nuestros porteadores y cuándo y dónde fue la última vez que los vieron, porque, si se hace de noche y no llegan al lodge (posada), tendremos una idea de por dónde van", explica el guía.

En esta cordillera, los caminos son estrechos, las subidas se hacen interminables y las bajadas resultan un verdadero quebradero de rodillas. Un terreno que los porteadores recorren con calzado poco adecuado y a un ritmo que les permite, o les obliga, a descansar en cada curva.

Estos hombres, mujeres - y hasta niños - amarran las mochilas de tal manera que la carga la soportan desde la cabeza hasta la espalda con cestas artesanales, palos y... cuando no hay más, cuerdas y trapos.

Una vez desayunados, salimos camino al Parque Nacional Sagarmatha. La primera noche dormiremos a las puertas del parque, en Monjo.

De acuerdo con el mapa, delante nos esperan 12 kilómetros de distancia en línea recta. Pero, claro... los caminos en la montaña nunca son así.



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