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Jueves, 18 de diciembre de 2008 - 13:17 GMT
Katmandú, turismo cosmopolita
Gabriela Torres
Gabriela Torres
Katmandú, Nepal

Turistas en el aeropuerto nacional de Katmandu.
Cada mañana el aeropuerto nacional de Katmandú se llena de turistas ávidos de una excursión.

Llevábamos meses de preparación tanto física como mental. No todos los días viaja uno a Nepal, y mucho menos al campamento base del Everest. En el grupo de 11 que éramos, cada uno tenía anotaciones, libros, guías de viaje e historias sobre la región del Khumbu y la aventura que estábamos a punto de iniciar.

Delante nos esperaban 11 días de caminata, 160 kilómetros de recorrido (ida y vuelta) y un par de días de aclimatación. La meta: llegar al campamento base del Everest.

En cierta medida me sentía especial - ¡hasta privilegiada! -, al mismo tiempo que mi cabeza daba vueltas con las muchas dudas sobre si estaría bien preparada.

Fue en ese momento, cuando esperaba abordar el avión que me llevaría de Nueva Delhi a Katmandú, que las escuché.

Si bien Nepal es uno de los países más pobres del planeta, la industria del turismo es una de las más fuertes, pues cientos de miles de turistas visitan cada año sus montañas de "ochomiles"... Según cifras oficiales, Nepal recibe 500.000 visitas durante la época de sequía, que aportan unos US$200 millones al año

Una decena de mujeres mexicanas venían del Taj Mahal y, en un repentino cambio de planes, habían decidido viajar a Nepal y hacer "una o dos excursiones" en los dos días que les quedaban de vacaciones.

¡Una o dos excursiones! La imprecisión y ligereza de la iniciativa me sorprendió. Pero no fue sino hasta el momento en que nos preguntaron qué podían hacer, si había rutas fáciles y hasta qué agencias de viajes podían contratar en Katmandú que quedé perpleja.

En realidad, mi reacción fue exagerada.

Si bien Nepal es uno de los países más pobres del planeta, la industria del turismo es una de las más fuertes, pues cientos de miles de turistas visitan cada año sus montañas de "ochomiles"... y una que otra de siete mil y seis mil metros de altura.

Sabía que la estructura para los turistas estaba bien montada, lo que no imaginaba era que el turismo estaba tan masificado, que había excursiones hechas a la medida de las capacidades de cada uno, y que si no estabas preparado, pues tampoco importaba mucho, pues un guía nepalí sería capaz de llevarte hasta el fin del mundo.

Así que las mexicanas no tenían de qué preocuparse por su poca planificación. Nos despedimos en el aeropuerto internacional de Katmandú y sólo las volví a ver al día siguiente, muy temprano, listas para tomar un helicóptero. En menos de 24 horas tenían todo arreglado.

A esa hora, con los nervios a flor de piel porque me disponía a tomar una avioneta hasta la localidad de Lukla, cuyo aeropuerto es de los más peligrosos del mundo, ya empezaba a recibir señales de cómo Nepal se mueve al ritmo del turismo.

Lo que desee

Tursitas.
En Nepal, un país en teoría aislado, se puede encontrar prácticamente todo lo que un viajero necesite.

Se puede encontrar prácticamente todo lo que un viajero necesita en la capital de este país, en teoría aislado por la falta de vías que lo conecten con sus vecinos (sólo hay una carretera de la India a Katmandú y poco más de 8.500 km de rutas pavimentadas, esto sin contar que la frontera con China está cerrada).

De hecho, grandes marcas de excursionismo compiten con sus falsificaciones en la misma calle con total impunidad. Las agencias de viaje se encuentran cada dos por tres, y los paseos en helicóptero, que cobran un mínimo de US$1.000 por persona, están a la orden del día (si está soleado, claro).

En total, según cifras oficiales, Nepal recibe 500.000 visitas durante la época de sequía (0,3% de ellas provienen de Latinoamérica), que aportan unos US$200 millones al año.

En Thamel, la zona más visitada de la capital nepalí, el impacto del turismo no sólo se puede ver en la oferta de productos a la venta, sino en los restaurantes internacionales, cafés y bares, y en el estado de sus calles.

Fuera del cuadro

Katmandu
En este centro cosmopolita del turismo, el rastro de la miseria se deja ver muy temprano.
Uno necesita alejarse varias calles para empezar a descubrir los establecimientos más autóctonos que los locales de comida tex-mex o los italianos de Thamel. Allí los cubiertos desaparecen, los estándares de higiene se reducen, y mirar por donde caminas se vuelve una necesidad, por la cantidad de excrementos y desechos. Sin embargo, cada noche, la luz se va en toda la ciudad por igual.

En este centro cosmopolita del turismo, el rastro de la miseria - y la evidencia más contundente de un desempleo que supera el 40% - se deja ver muy temprano en la mañana, cuando los más pobres asaltan las bolsas de basura que los restaurantes y hoteles dejan la noche anterior en busca de comida.

Mientras observaba a un viejo escarbar en los residuos, no podía dejar de pensar en los cientos de millones de dólares que el turismo deja en este país de poco más de 23 millones de habitantes, de los que un 43% vive con US$77 al año, según el Banco de Desarrollo Asiático.

Esto no hizo más que aumentar mi interés por la región del Khumbu, donde descansa el Sagarmatha o Everest, considerado el guardián de la tierra, de los animales, y de la gente que habita en sus faldas.

Durante los próximos 11 días iba a descubrir, o al menos constatar, el efecto que los viajeros que caminan a los pies del techo del mundo tiene en una región inmensamente rica en paisajes, pero increíblemente subdesarrollada y aislada.



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