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Sábado, 20 de septiembre de 2008 - 21:08 GMT
Ser madre de un "narcojunior"
Narcovida: testimonios

Redacción BBC Mundo

Cristina Hodoyan proviene de una familia acomodada, y de Ciudad de México se mudó a Tijuana en los años 50, cuando ella tenía sólo diez años.

Benjamín y Ramón Arellano Félix
Allí fue que Alex conoció a Ramón Arellano Félix, como él mismo me contó. Esto fue en 1986 ó 1987. Nadie sabía quién era el hombre. Sólo sabían que era derrochador: llegaba con su baúl lleno de cervezas frías, y obviamente los muchachos se sentían atraídos
Su vida cambió radicalmente en 1996, cuando su hijo mayor desapareció sin dejar rastros. Pronto, Cristina descubriría que había sido arrestado por presuntas conexiones con el narco -en particular con el cartel de Tijuana, de los hermanos Arellano Félix.

Ya en los años 80, dos de los hijos del matrimonio Hodoyan, Alejandro y Alfredo, habían comenzado a relacionarse con uno de los líderes de ese grupo criminal, el ya fallecido Ramón Arellano Félix.

Ellos, como otros jóvenes tijuanenses de buena posición, acabaron convirtiéndose en el núcleo que rodeaba a los narcos, y fueron apodados "los narcojuniors".

Más de 20 años después, Cristina recuerda su tragedia personal: la desaparición de uno de sus hijos, Alejandro, y el encarcelamiento del otro, Alfredo. Ella sostiene que ellos nunca participaron en los crímenes que se les han imputado.

BBC Mundo conversó con ella en un centro comercial de Tijuana, en una reunión de familiares de personas secuestradas o desaparecidas -un fenómeno relacionado en parte con el narcotráfico, que en los ultimos años ha convertido a México en el país con mayor índice de secuestros del mundo.


Alex fue secuestrado en 1997. Yo pude ver a la gente que se lo llevó... Nunca supe de Alex desde entonces.

Antes, mi hijo había sido detenido en septiembre de 1996, en Guadalajara. Fue privado de su libertad por seis meses. No había ningún cargo oficial contra él y, como Alex era ciudadano estadounidense, queríamos que fuera llevado a Estados Unidos para cualquier juicio.

Me dijeron que bajara del vehículo, mientras uno de los hombres me apuntaba con una ametralladora. El otro agarró a Alex de la camisa, aunque era mucho más bajo que él... Alex me gritaba diciendo '¡vete, mamá, vete!'
En febrero de 1997, lo llevaron de Toluca a San Diego, donde lo recibieron autoridades de la DEA y el FBI. No fue arrestado, se alojó en un hotel y nosotros estábamos allí con él. Fue interrogado por el fiscal, dijo todo lo que sabía, y luego volvió a Tijuana, a mi casa.

Estábamos en estado de pánico, porque el fiscal había dicho que si volvía aquí, iban a matarlo. Decía que tenía información de que su cabeza tenía precio, y que el cartel iba a matar a Alex.

Fue hace 11 años, y nosotros no sabíamos de qué nos estaban hablando. El gobierno de Estados Unidos le ofreció acogerse a un programa de protección de testigos, junto con su esposa y sus dos hijas, pero Alex lo rechazó porque decía que no podía estar lejos del resto de la familia.

Nosotros le insistimos que aceptara: si el fiscal tenía razón, era mejor volver a Estados Unidos.

El día en que decidimos cruzar la frontera, yo manejaba nuestro auto. Fuimos a un estacionamiento, detrás de la oficina de mi cuñado. Una camioneta nos seguía, y apenas entramos al estacionamiento nos bloquearon el ingreso, y cuatro hombres se bajaron.

Dos de ellos se acercaron al auto, y comenzaron a golpear las puertas y las ventanas. Cuando mi hijo los vio, dijo: "otra vez los mismos".

Me dijeron que bajara del vehículo, mientras uno de los hombres me apuntaba con una ametralladora. El otro agarró a Alex de la camisa, aunque era mucho más bajo que él... Alex me gritaba diciendo '¡vete, mamá, vete!'.

Retrocedieron hasta la camioneta y empujaron a Alex al asiento trasero. Yo salté a la parte de atrás, empecé a gritar que lo dejaran ir. No los puedo describir... sólo sé que el chofer era alto, de piel oscura, pero tenía anteojos y una gorra que lo cubría.

Operativo anti-narco
A medida que pasa el tiempo, uno se da cuenta de que esas personas en las que uno confió son corruptas, y descubre que están involucradas con el cartel de los Arellano, o el de Carrillo, o algún otro. Uno empieza a desconfiar. Yo ya no creo en las autoridades... No creo ni en mi propia sombra
Me empujaron de la camioneta, y yo, desde el piso, noté la patente y empecé a gritar el número. Todo el mundo en el estacionamiento vio lo que pasó, pero nadie quiso ir a declarar cuando yo se los pedí, excepto mi cuñado.


En Tijuana, todo el mundo conoce a todo el mundo. En mi calle, la mayoría de los vecinos tenían hijos varones, eran como 20 de la misma edad... Crecieron juntos, y hacían todo juntos, desde ir a la escuela hasta jugar en el equipo de baloncesto. Se juntaban en la esquina de mi casa.

Allí fue que Alex conoció a Ramón Arellano Félix, como él mismo me contó. Esto fue en 1986 ó 1987. Nadie sabía quién era el hombre. Sólo sabían que era derrochador: llegaba con su baúl lleno de cervezas frías, y obviamente los muchachos se sentían atraídos.

Él no era del barrio, llegó allí de la nada... Comenzó a socializar con todos, y algunos se sumaron a su organización. Otros no eran parte del cartel, pero se juntaban allí y sabían todo lo que ocurría en Tijuana. Pero nadie quería decir nada.

Mi hijo sabía lo que estaban haciendo, y tenía amigos cercanos -que prefiero no nombrar- dentro de la organización, que le contaban cosas.

Cuando ocurrió su secuestro, la gente y los periodistas me preguntaban si él era un miembro del cartel. Yo les decía que no: si hubiera sido parte del cartel, hubiera tenido una casa linda, un buen auto... No, él era un joven que trabajaba, se empleaba en una empresa que tenía mi esposo, de instalaciones eléctricas.

Si hubiera estado involucrado, hubiera tenido dinero para gastar y para comprar autos y joyas... pero no tenía. Sólo tenía su Rolex, que era de mi padre y era toda su herencia, y que le quitaron cuando lo detuvieron en Guadalajara.


Tengo otro hijo, Alfredo, el menor, que ahora está en prisión. Está acusado de asesinar a un agente de la Policía Federal de Tijuana.

Pero este asesinato tuvo lugar en Ciudad de México, el 13 de septiembre de 1996, y nosotros presentamos evidencias que prueban que ese día Alfredo estaba en Tijuana, con testimonios de gente que lo vio aquí.

Pese a ello, Alfredo fue arrestado en San Diego, extraditado a México, y juzgado por este asesinato.

El caso estuvo viciado, con obstrucciones: tardaron cinco años [en dictar sentencia], y le dieron 50 años de prisión. Apelamos esta decisión, y el año pasado finalmente ganamos.

Le anularon la sentencia, y ahora están abriendo el caso nuevamente. Estamos contentos por eso, y tenemos que presentar la evidencia para probar que Alfredo estaba en Tijuana. ¿Si yo estoy convencida de su inocencia? Sí, claro.

Los hermanos Arellano Féix
El único Arellano al que yo vi fue Ramón, un par de veces. La primera fue en una fiesta. No sabía quién era, pero uno no podía evitar su presencia: no pasaba desapercibido, era muy ostentoso
Nadie quiere ayudar... o tienen miedo de ayudar. A medida que pasa el tiempo, uno se da cuenta de que esas personas en las que uno confió son corruptas, y descubre que están involucradas con el cartel de los Arellano, o el de Carrillo, o algún otro. Uno empieza a desconfiar. Yo ya no creo en las autoridades... No creo ni en mi propia sombra.


Alfredo también estaba con el grupo de jóvenes del barrio. Los llamaban los narcojuniors.

Pero yo creo que eso se basaba más en lo que los periódicos decían, que en lo que ellos hacían realmente. ¿Cuán involucrado estaba mi hijo? Yo no lo sé realmente. Él siempre lo negó. Siempre estaba en casa... siempre estudiaba.

El tiempo que pasaba con esta gente no era mucho... Yo siempre trataba de saber dónde estaba, pero imagínense que tenía unos 22 años por entonces, y es muy difícil estar pendiente de un chico de esa edad.

Mi otro hijo, Alex, ya tenía 26 y vivía con su esposa, así que yo no tenía ningún control sobre su vida.

Cuando todo pasó, estábamos en shock. No lo habíamos siquiera sospechado. Ahora trato de entender...

Pero mis hijos siempre vivieron en casa. Se iban de vacaciones, claro, pero no como dicen que cuando la gente se mete en esto se va de la casa y no vuelve más... No, no, no.


La esperanza nunca se pierde, pero yo ya no creo que Alex esté vivo. Yo realmente creo que él no estaba involucrado [en el tráfico], más allá de lo que sabía. Los medios lo vincularon más de lo que él realmente estaba involucrado.

En México la gente no cuenta, no es soplona. Si a uno lo catalogan de soplón, nadie quiere hablar contigo. Incluso en la escuela, si alguien hace algo, uno no lo delata, sino que se queda callado y ve qué pasa. Quizás es parte de la cultura, algo con lo que uno crece... Ésa es la única razón que se me ocurre para que no hayan hablado. Ésa, y el miedo
El único Arellano al que yo vi fue Ramón, un par de veces. La primera fue en una fiesta. No sabía quién era, pero uno no podía evitar su presencia: no pasaba desapercibido, era muy ostentoso.

Era verano, y usaba un saco de armiño con pantalones cortos de cuero, y una cadena grande con una cruz de esmeraldas en el cuello. ¡Uno no podía dejar de preguntar quién era ese tipo! Así fue que me enteré quién era. Quizás me lo encontré una vez más, en una boda o algo...

Por entonces, nosotros no sabíamos quiénes eran [los narcos]. Hay mucha gente que tiene dinero en Tijuana... aunque no se visten así, sí tienen autos llamativos, y esto y lo otro.

Siempre pensé que uno tenía que vivir su vida y dejar que los otros vivan la suya.

De este grupo, que solían llamar los narcojuniors, sólo dos o tres están vivos. El resto, todos muertos.

Yo no creo que mi hijo haya traficado drogas, porque entonces hubiera tenido dinero... Pero conocía a esta gente, tenía conexiones con Arellano, y sabía cosas.

Si sabía lo que Arellano hacía, cuál era su negocio, y de lo que era capaz, jamás lo hubiera contado. Porque sabía lo que podía pasarle si hablaba.

¿Qué si le hubiera contado a las autoridades? De ninguna manera... Primero, porque hubiera tenido miedo... Estos chicos jóvenes sabían que, si hablaban, ponían en peligro a sus familias. Quizás esa era la razón por la que, una vez que se metían en la organización, no podían salirse ni decir nada: porque sus vidas, o las de sus familiares, corrían peligro. Al menos, eso es lo que yo creo.

En México la gente no cuenta, no es soplona. Si a uno lo catalogan de soplón, nadie quiere hablar contigo. Incluso en la escuela, si alguien hace algo, uno no lo delata, sino que se queda callado y ve qué pasa. Quizás es parte de la cultura, algo con lo que uno crece... Ésa es la única razón que se me ocurre para que no hayan hablado. Ésa, y el miedo.


Cristina Hodoyan dialogó con Emilio San Pedro, enviado especial de BBC Mundo a Tijuana.





 

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