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Lunes, 22 de septiembre de 2008 - 11:36 GMT
"La realidad superó a la imaginación del cine"
Cine "narco"

Valeria Perasso, BBC Mundo
Valeria Perasso
BBC Mundo

Hubo un tiempo en que los hombres del narco fueron los héroes de la pantalla grande.

Vestidos con botas rancheras y sombreros de ala, relataban sus hazañas al margen de la ley, acompañados por alguna novia del jefe del cartel que cumplía su capricho de actriz, aunque nomás fuera en un papel secundario.

Afiche de "Operación marihuana", narcofilme de 1985
Según el actor Mario Almada, "Operación marihuana" se inspiró en la detención de un jefe narco.

El "narcofilme" mexicano se convirtió en un género por derecho propio ya en los años 70. Muchas de las historias llevadas al cine se inspiraron en los corridos que se repetían a toda hora en las radios, y fueron protagonizadas incluso por los mismos narcocorridistas -caras reconocibles y objeto de adoración de las audiencias populares.

Fue la "época de oro" en la que brillaron Antonio Aguilar y los hermanos Almada en cintas como "Operación marihuana" o "La banda del carro rojo".

Estos relatos visuales, llenos de escenas de ruta, violencia y romance en clave trágica, se encargaron de difundir la simbología del narco entre el público, y de llevarla más allá de las fronteras.

Se apagan los proyectores

Cuando la violencia de la realidad se impuso ante la del cine, el narcofilme cayó en desuso.

La pérdida de popularidad del género lo relegó a las bateas de los videoclubes, al circuito de consumo hogareño y a las salas de exhibición "clase B".

Algunas anécdotas sirven para ilustrar esta caída. En 2007, el actor Rumaldo Bucio -conocido en la industria bajo el seudónimo de Agustín Bernal- se retiró de sus protagónicos en películas ultra-violentas para postularse como alcalde de su pueblo natal, en Michoacán. Para él, el narcocine se había vuelto moralmente cuestionable.

Y aunque no todos los filmes glorifican las correrías de los carteles, y muchos se encargan de encarcelar a los maleantes antes de que aparezca el título de "Fin", la violencia parece ser excesiva para el espectador promedio de hoy.

Cuando la calle está en jaque, las narcopelículas parecen imitaciones burdas -como si resultara de dudoso gusto ver la realidad de cada día magnificada y en technicolor.

Arte narco. Ilustración: Watchavato

Dupla exitosa

Mario Hernández fue uno de los directores taquilleros de hace dos décadas y, trabajando en dupla con el cantante Antonio Aguilar, forjó su nombre gracias a narcocorridos ilustrados para el cine.

"Yo hacía esos corridos en un 'formato visual'. Eran películas muy elementales, pero muy exitosas", recuerda con voz pausada, a sus 72 años.

Con él dialogó BBC Mundo para conocer la gloria y debacle del narcocine mexicano.


¿Cómo fueron sus primeros pasos en el narcocine?

Con Antonio Aguilar hice como diez películas sobre corridos que ya habían sido compuestos. Él como cantante popularizaba los corridos, y cuando éstos adquirían fama y tenían atractivo, se convertían en películas.

En ese momento, el cine mexicano contaba con producción, distribución y exhibición manejadas por el Estado, entonces esas películas se mostraban en los cines y tenían mucha difusión.

A través de la Compañía Operadora de Teatros o Películas Nacionales, por ejemplo, había unas 2.000 salas disponibles en todo el país.

Entre las cintas que llegan hoy a los circuitos comerciales es difícil encontrar una "narcohistoria" de producción mexicana, mientras que Hollywood produce películas como "Traffic" u "Hombre en llamas". ¿El tema está vedado en el cine mexicano?

No es que esté vedado, pero Hollywood aborda el tema con mucha frecuencia. "Traffic", precisamente, fue una producción muy grande inspirada en nuestra realidad mexicana.

Mario Hernández, director (Foto: cortesía Sección de Directores del S.T.P.C.)
El público mexicano se hartó de que se le esté contando lo mismo en el cine que en los periódicos. La realidad actual superó al cine
Mario Hernández, cineasta

Pero actualmente ya no se producen tantas, aunque los corridos están muy vigentes y se siguen componiendo con buena respuesta del público.

Hasta hace unos años, los héroes del narco eran vistos como eso, como héroes, porque ayudaban a su comunidad. Pero eso cambió.

¿Por qué cree usted que es eso?

Pues creo que se saturó el tema, que estas historias ya no funcionan temáticamente porque la situación ha ido más allá de la imaginación que pudo tener el cine...

Como si hubiera decrecido el interés del público porque aumentó el problema en la realidad...

Ciertamente, el público se hartó de que se le esté contando lo mismo en el cine que en los periódicos. La realidad actual superó al cine.

Ante el crecimiento de la narcoviolencia, ¿usted siente, como cineasta, algún dilema moral al mostrar con cierto tono de hazaña un fenómeno que está afectando a la sociedad en su conjunto?

Bueno, existe un dilema, pero la responsabilidad del artista es mostrar la realidad desde todos los puntos de vista. Lo que sucede es que los cineastas hoy no tienen la información completa de lo que realmente sucede en ese mundo del narcotráfico, excepto lo que trasciende a la prensa. Eso obliga a incursionar en la ficción para el relato.

Afortunadamente, hubo una apertura temática. Cuando yo comencé, había aspectos que no se podían tocar, o sólo se abordaban muy superficialmente, como la vida diaria de los supuestos traficantes

Lo que podía decirse, ya se dijo. Y lo que queda por decir -la corrupción, la filtración a otros ámbitos- no puede decirse, porque no creo que nadie conozca la verdad de primera mano. Y quien la conoce, no está interesado en difundirla.

¿Por temor a lo que pueda pasarle?

Sí, probablemente....

¿Y cómo pone el límite? ¿Cuándo dice "esta historia, no"?

Bueno, si la historia es interesante, vale la pena hacerla. Todo depende del enfoque.

Yo recuerdo, por ejemplo, mi película "El hijo de Lamberto Quintero" (1990), que era una historia que abordaba la amistad... hablaba de eso, y por eso me gustó. Que fueran narcotraficantes era por añadidura, podrían haber repartido leche o qué se yo... el tema era otro.

Usted que lleva 20 años tras la cámara, ¿cómo ha visto cambiar el género del narcocine, más allá de una disminución en la cantidad de títulos que se producen?

Afortunadamente, hubo una apertura temática. Cuando yo comencé, había aspectos que no se podían tocar, o sólo se hacía muy superficialmente, como la vida diaria de los supuestos traficantes.

Al haber esa apertura, entonces se abundó en esos temas y, por fortuna, se está haciendo un cine más real, más auténtico... más honesto, pues.

¿Y cómo se hace para sortear esa dificultad del acceso a la información del mundo del narco?

Si el cineasta es honesto y está preocupado por lo que sucede a su alrededor, encuentra maneras de llegar a esa verdad y difundirla, como lo hace el periodismo o la novela. Pero no es fácil.

"Cementerio de papel", film de Mario Hernández
Hernández abandonó el narcocine. Su última película es "Cementerio de papel", filmada en 2007.

¿Cree que estas películas tienen una "mexicanidad" propia, un tono distintivo que las hace reconocibles como producto cultural de México para todas las audiencias?

Creo que el hecho de abordar el tema musicalmente ayuda... Llega por ahí, la cultura nace de ese punto de vista.

Los traficantes son muy aficionados a la música, e incluso se encargan corridos para ensalzar a determinadas personas que, según ellos, trascendieron su medio.

Esos corridos que trascienden son punto de partida para el cine. Eso siempre fue así, porque los corridos eran la única fuente de información para el género. De información, y de inspiración.

Se habla del financiamiento de la música por parte de los narcos, con pagos a algunos narcocorridistas y composiciones a pedido. ¿Esto también ocurre en el cine?

También ocurre, sí... Se dice -claro que no me consta- que muchos productores lavaban dinero del narco produciendo películas. O los mismos narcos producían películas.

¿Y usted ha tenido alguna experiencia de primera mano?

No, para nada...

Ni amenazas...

No, de ninguna manera. Es que cuando yo hice esas películas, las hice al lado de una persona muy querida por el público, y cuando digo público, incluyo a los narcos. Aguilar era muy querido, entonces había un respeto.

Y si hubo algún intento, ellos [los narcos] entendieron que no había nada que hacer por allí, que no iba a prosperar. Sabían que iban a ser rechazados, porque lo que a Antonio le sobraba era financiamiento. No tuvo nunca necesidad de recurrir a ellos.

El negocio de este género tuvo un auge en los años 80 y fue, en parte, por el videohome, por el consumo hogareño. ¿Cómo afectó esto el proceso de pensar y producir películas?

Mario Hernández, director de cine mexicano
Deberían hacerse películas sobre el narco, pero reflejando la realidad, expuesta con honestidad y objetividad, para de esa manera ayudar a erradicar el problema. Ese es el sueño de cualquier cineasta que se respete

Cuando el cine mexicano perdió su distribución masiva en las salas, porque el cine estadounidense acaparó los mercados y se hizo imposible recuperar la inversión de una producción nacional, quedó un público ávido por consumir esa clase de cine.

Y querían aquello a lo que estaban acostumbrados, sin grandes cambios.

Pero los productores, que ya no tenían los medios económicos de antes, empezaron a hacer películas con presupuestos ínfimos, lo que generó una especie de sub-cine.

Ello permitió, de todos modos, seguir haciendo películas del género.

¿Qué impacto tiene la comunidad hispana en Estados Unidos en el consumo del narcocine?

Precisamente, esas películas que proliferaron en video hasta hace pocos años eran, en parte, para satisfacer la demanda de ese público, de aquéllos que seguían añorando el cine popular mexicano desde fuera.

¿Cómo elegía usted a sus actores, a aquéllos que iban a encarnar a las figuras del narco?

Casi siempre tenían que ponerse en la piel de los héroes de los corridos, y convocábamos a personajes muy populares, como el mismo Antonio Aguilar, Vicente Fernández y otros corridistas.

Entonces, eran películas hechas como trajes a la medida para figuras como ellos.

Más recientemente, algunos actores decidieron retirarse del género porque tenían dilemas ante la necesidad de representar a figuras que cometen delitos y están al margen de la ley. ¿Qué opina usted de eso?

Bueno, es lógico... en este entorno, de pronto, muchos son asesinados o perseguidos, o desaparecen así, sin más... No sabemos qué sucede, aunque lo sospechamos. Esto pasa con los vocalistas de las bandas de corridos, entonces es lógico el miedo.

Y alguien responsable no puede hacer películas que fomenten la admiración por los narcos, dada la situación actual.

Un dilema que no afecta a Hollywood...

No, claro, ellos sólo lo hacen por cuestiones comerciales. Y lo ven desde el costado de una sociedad de consumidores, no de quienes sufren las consecuencias del tráfico.

¿Volvería hoy a hacer un "narcofilme"?

Nooooo... ahora es terrible.

Deberían hacerse películas con este tema, pero reflejando la realidad, expuesta con honestidad y objetividad, para de esa manera ayudar a erradicar el problema. Ése es el sueño de cualquier cineasta que se respete.


Mario Hernández dirigió más de 40 películas del cine mexicano, entre las que se cuentan "El mexicano" (1976), "¡Que viva Tepito!" (1980), "Noche de carnaval" (1981), "Zapata en Chinameca" (1988) y "La sangre de un valiente" (1992). Su más reciente filme es "Cementerio de papel" (2007), sobre la "guerra sucia" en el México en los años 70.





 

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