La declaración de la Independencia de Israel, proclamada en 1948, hablaba de un Estado abierto para recibir a la diáspora judía. Millones respondieron al llamado y en el curso de estos 60 años contribuyeron a que la población creciera de 800.000 a siete millones de ciudadanos. Pero, ¿qué tan distinto es el Israel moderno comparado con el original? ¿Pudo el sueño sobrevivir el paso del tiempo?
El corresponsal de la BBC, Paul Adams, recorrió el país y habló con nuevos y viejos inmigrantes.
Vista desde el kibutz Kfar Hanafi.
|
El viaje empieza, apropiadamente, en un kibutz fundado el mismo año que el Estado judío.
Entre las rocas de basalto y las asoleadas laderas al norte del Mar de Galilea, el "kibutz inglés" fue fundado por judíos británicos que llegaron tras el Holocausto para formar parte del sueño sionista.
Al principio, los recién llegados vivían en carpas y recibían unos centavos por mover rocas. Las fronteras del nuevo Estado aún no estaban definidas (y todavía no lo están) y los sirios estaban cerca.
Julia Nizan aprendió a utilizar un subfusil Sten y se sentía, como todos los kibutzniks (habitantes de la colonia agrícola de producción y consumo comunitarios), como una pionera.
 |
Sentíamos que teníamos un trabajo que hacer. Sabíamos que teníamos que construir algo que iba a significar algo
|
"Sentíamos que teníamos un trabajo que hacer", me dijo Julia, mientras mirábamos en dirección a los Altos del Golán. "Sabíamos que teníamos que construir algo que iba a significar algo".
Hoy en día, los antiguos pioneros se pasean en carritos eléctricos y el kibutz, que gradualmente abandonó los principios de la vida comunitaria, tiene el perezoso ambiente de un ancianato campestre.
Idealismo y realidad
Los inmigrantes asisten a una clase de hebreo en uno de los centros de acogida en Ra'anana.
|
Pero la llama del idealismo que trajo a la gente aquí todavía brilla con fuerza, y con ello el pesar por el Israel que llegó a ser.
"Me hace sentir muy mal", dice refiriéndose a las noticias, que hablan sin cesar de la más reciente investigación policial sobre las artimañas financieras y sexuales de los políticos del país.
"Teníamos la esperanza de que nos convertiríamos en un país modelo que viviría libre de corrupción; un tipo de vida más simple, en el que los valores básicos se respetarían".
Viajando hacia el sur a Natania, conocí a Mazi Melesa, una madre etiope joven y muy segura de sí misma y con todas sus esperanzas puestas en sus estudios de postgrado en diplomacia.
Ella llegó con sus padres y otros 15.000 otros judíos etíopes en un dramático aerotransporte de 36 horas en 1991.
La vida no ha sido siempre fácil para esos y los demás etíopes que llegaron en otras operaciones y que ahora representan alrededor del 1,5% de la población. Más de la mitad viven bajo la línea de pobreza y lidian con problemas de drogas y violencia doméstica.
"Creímos que Israel era la tierra de miel y leche", dice Mazi. "Pero uno tiene que trabajar por esa miel y esa leche. Así que el ver a mis amigos -los que no tuvieron la oportunidad de ir a la escuela- en la calle con alcohol y drogas, es doloroso".
Recién llegados
En la cercana Ra'anana, Maria Bitran, una recién llegada de Brasil, comparte el idealismo y la determinación de Mazi.
No obstante, como sucede con muchos inmigrantes, hubo fuerzas que la empujaron y que la jalaron para "hacer alia" (literalmente "ascender", pero es lo que dicen los judíos cuando se van a vivir a Israel).
"El sueño de vivir en Israel siempre estuvo dentro de mí", me dice cuando nos encontramos en el centro de acogida en el que vive.
"Pero la situación en Brasil era terrible, la violencia aumentaba y eso me empujó a venir más pronto".
En los extremos de este mercado en Sderot están ubicados los refugios contra los cohetes.
|
Finalmente me dirijo a Sderot, pegado a la Franja de Gaza. Así como los habitantes de los kibutzim de Galilea vivían aterrorizados por la artillería siria en los años '40, Sderot en 2008 vive bajo el casi diario ataque con cohetes que disparan los militantes palestinos desde el otro lado de la frontera.
La ciudad alberga a muchos judíos de la ex Unión Soviética, la mayoría de los cuales llegaron en una gran ola de inmigración en los años '90.
Me encontré a Olga Peltz, una inmigrante de Ucrania, buscando gangas en un mercado al aire libre.
En cada extremo hay refugios contra cohetes improvisados y pintados con colores alegres. Cuando suena la sirena, se tiene un máximo de 15 segundos para refugiarse.
Olga solía ser una exitosa comerciante pero ahora sobrevive con la ayuda del Estado, que no alcanza para mucho. En Sderot hay un fuerte sentimiento de solidaridad comunitaria así como la sensación de que el Estado no está haciendo lo que debería hacer.
Olga dice que se siente abandonada pero que no tiene a dónde más ir.
Los inmigrantes de Israel dejaron en sus países de origen la violencia e incertidumbre pero han encontrado bastante de ambas también en este país.
Pero también vieron su sueño convertirse en realidad y muy pocos añoran el pasado.