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Lunes, 8 de diciembre de 2008 - 18:03 GMT
Exiliado en mi propia tierra

Emilio San Pedro, BBC Mundo
Emilio San Pedro
BBC Mundo, Miami

La Revolución cubana de 1959 no sólo cambió para siempre la historia de Cuba. También, de una forma que se podría llamar accidental, provocó los cambios más importantes en la breve historia de la ciudad estadounidense de Miami.

Edificios en Miami
Miami, próspera en los años 80. La llegada de cubanos cambió la fisonomía de la ciudad.

La llegada de los cubanos a Miami puso a aquel "pueblo de campo" - la forma exagerada en la que los exiliados se refieren a la ciudad de los años 60 - en el escenario geopolítico y económico mundial. Como alguien que nació al inicio de esa revolución paralela, único hijo estadounidense de una pareja prototípica del exilio cubano, fui testigo de esa transformación.

Aquel Miami del inicio del exilio era uno donde los cubanos eran vistos como "bichos raros". El afán que tenían por sus costumbres - como la de tener gallos y gallinas en los jardines, o ir a la esquina a tomar un café y conversar con sus amigos - no sólo era visto como extraño, sino también como casi amenazante.

Yo nací en medio de todo ese movimiento sísmico en 1964, a pocos años de que mis padres, que habían vivido una vida cómoda pero también turbulenta en Cuba, llegaran a Miami.

Mi madre sigue recordando, casi medio siglo después, cómo arribaron con unas maletas llenas de ropa y suficiente dinero - digamos unos US$500 - para sobrevivir por unos meses, hasta que con la ayuda de Estados Unidos se lograra derrocar a Fidel Castro para luego emprender el regreso a Cuba.

Mi madre sigue recordando, casi medio siglo después, cómo llegaron con unas maletas llenas de ropa y suficiente dinero - digamos unos US$500 - para sobrevivir por unos meses... En aquellos días, nunca se hablaba del exilio como algo permanente

En aquellos días, nunca se hablaba del exilio como algo permanente.

Vida de "cubanito"

Así, a los "cubanitos" de mi generación se nos crío de una forma muy particular. Nuestro deber era ser cubanos por encima de todo. Nos recordaban continuamente que haber nacido en Miami era una mera casualidad, un accidente...

Recuerdo, por ejemplo, que en el kindergarten al que me enviaron, se cantaba el himno cubano todos los días. Se hablaba de José Martí mucho más que de George Washington, habían muy pocos "americanitos", y hasta Santa Claus hablaba español.

No debe sorprender entonces que, durante la primera semana en la escuela pública primaria del barrio, Kensington Park Elementary School, cuando los niños y niñas de origen cubano nos pusimos a cantar el himno nacional estadounidense, nos equivocáramos.

Aquella canción empieza con la frase "O say can you see". Pero, para nostros, el "O say" no significaba nada. Por lo tanto, nos disparábamos a cantar con mucho honor un "José, can you see" todas las mañanas. Todos conocíamos al menos un José, empezando por el padre de la patria.

Así todo, para un niño que jamás había conocido Cuba ni la vida de la que mi familia tanto hablaba, eso de volver un día a lo desconocido era una de las ideas que más terror me provocaba.

Las autoridades se llevan a Elián González de su casa en Miami
Las autoridades se llevan a Elián González de su casa en la Pequeña Habana, en 2000. El caso movilizó a los cubanos de Miami.

Aquella frase "cuando volvamos a Cuba" me sonaba más a amenaza que a otra cosa. Para mí, y otros más como yo, Miami era - por mucho que les pareciera horrible a nuestros padres - lo único que conocíamos.

Hablemos de Cuba

Para mi padre, un cubano nacionalista de mucho fervor patriótico que jamás se dio por vencido, el regreso prometido obligaba a que su hijo hablara español a la perfección, y sintiera esa misma pasión que él por el país que había dejado atrás... aunque jamás hubiera pisado tierra en él.

Las conversaciones sobre Cuba eran continuas y tenían que ver con todo, desde los recuerdos más sencillos de la vida cotidiana en la isla hasta las discusiones mucho más caldeadas sobre cómo derrocar al régimen de Fidel Castro, aquel hombre barbudo vestido de verde olivo.

De hecho, mi padre y sus amigos y contemporáneos en el exilio dedicaron la mejor parte de veinte años intentándolo de una manera u otra, desde el modo pacífico, al de la desobediencia civil e incluso la violencia. Algunos de ellos lo siguen intentando incluso ahora, cincuenta años después.

Aquello de rendirse y empezar una vida nueva en Estados Unidos, como han hecho tantos millones de inmigrantes, lo veían como un acto de traición a la patria. Eso iría cambiando, por supuesto, a lo largo de los años, pero en aquel entonces tenían las ideas muy claras.

Las conversaciones sobre Cuba eran continuas y tenían que ver con todo, desde los recuerdos más sencillos de la vida cotidiana en la isla hasta las discusiones mucho más caldeadas sobre como derrocar al régimen de Fidel Castro. De hecho, mi padre y sus amigos y contemporáneos en el exilio dedicaron la mejor parte de veinte años intentándolo de una manera u otra

A finales de los años 70, mi primo mayor, con quien mi padre compartía el interés por la historia cubana, empezó a expresar su apoyo por ciertas facetas de la Revolución.

La intensidad de las conversaciones entre ellos, en la mesa o en el salón de la casa, era algo que, como niño, me fascinaba. ¿Cómo era posible que las cosas se caldearan tanto simplemente porque dos personas que se respetaban no compartían la opinión sobre Cuba y su giro hacia el comunismo? La verdad es que los dos presentaban argumentos que parecían válidos y convincentes.

Coser para vivir

Sin embargo, mientras que algunos como mi padre se dedicaban de lleno a la política, para otros menos idealistas y más pragmáticos como mi madre, mi abuelo, tíos y tías y miles más, lo principal era trabajar cuantas horas hiciera falta para mantener a la familia. Aquellas ideas no se podían perseguir con tanto fervor si no había comida para los hijos y dinero para pagar las cuentas.

Mucho se puede decir y cuestionar sobre las acciones que han llevado a cabo los grupos exiliados cubanos para lograr sus objetivos políticos. De hecho, esa comunidad se ha convertido en una fuerza política importante, que cuenta con varias figuras locales y estatales, y a nivel nacional un ministro de gobierno, tres congresistas y dos senadores.

Manifestantes en Versailles
Un grupo de cubanos muestra su apoyo al Partido Republicano estadounidense, en el emblemático restaurante Versailles.

Mi madre es un ejemplo perfecto de aquellos cubanos que no hicieron más que trabajar desde el día que llegaron a Estados Unidos.

En Cuba había sido una niña mimada de buena posición, que había aprendido costura porque era el hobby perfecto para las niñas como ella, que algún día serían amas de casa. Nunca había imaginado de jovencita que algún día la costura, y su espíritu emprendedor, mantendrían a flote a una familia que vivió durante años al borde de la pobreza absoluta.

Tanta cuerda se tuvo que dar para poder trabajar día y noche que hoy, con más de ochenta años de edad, sigue en la lucha, como ella misma diría. Sólo duró unos pocos años jubilada y, cuando tuvo la primera oportunidad, se volvió a incorporar al mundo laboral.

El golpe que sufrió al tener que reinventarse la vida y empezar de cero a sus treinta años fue muy duro - tanto para ella como para decenas de miles más -, pero de ahí surgió esa luchadora que jamás se da por vencida.

Eso para mí es lo que significa ser cubano en Estados Unidos. Por un lado, está para muchos el deseo, la añoranza de volver a Cuba cuando haya un cambio en la isla. Por el otro, está ese espíritu luchador y el deseo, como dicen los cubanos, de "echar pa' alante" para lograr un mejor porvenir.

Entre ambos se ha forjado, con mucho esfuerzo y a lo largo de cinco décadas, un espacio importante en la vida y sociedad estadounidense.

Y pensar que todo eso, como decían en aquel entonces, empezó "por accidente".





 

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