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Miércoles, 4 de julio de 2007 - 17:36 GMT
El Diego de Frida Kahlo

Frida Kahlo
Quiero en tal forma a Diego que no puedo ser espectadora de su vida, sino parte, por lo que -quizá- exageraré lo positivo de su personalidad única tratando de desvanecer lo que, aún remotamente, puede herirlo.

"Es imposible hablar de Frida sin mencionar a Diego", decía hace poco Roxana Velásquez, directora del Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México.

La presencia de Diego en la vida de Frida Kahlo, y la de ésta en la existencia del pintor fue intensa y compleja. Eso nadie lo duda. Se amaron a su manera, con un pacto de amor que, visto desde afuera, pocos logran entender.

Estos párrafos fueron tomados de un texto escrito por Frida para el catálogo de la exposición 'Diego Rivera, cincuenta años de labor artística', presentado en 1949 y que BBC Mundo reproduce del libro "Escrituras de Frida Kahlo", de Raquel Tibol.


Quiero en tal forma a Diego que no puedo ser espectadora de su vida, sino parte, por lo que -quizá- exageraré lo positivo de su personalidad única tratando de desvanecer lo que, aún remotamente, puede herirlo.

No hablaré de Diego como de mi esposo, porque sería ridículo, Diego no ha sido jamás ni será esposo de nadie. Tampoco como de un amante, porque él abarca mucho más allá de las limitaciones sexuales, y si hablara de él como de un hijo, no haría sino describir o pintar mi propia emoción, casi mi autorretrato, no el de Diego.

Diego es un niño grandote, inmenso, de cara amable y mirada un poco triste.

Sus ojos saltones, oscuros, inteligentísimos y grandes, están difícilmente detenidos -casi fuera de las órbitas- por párpados hinchados y protuberantes como de batracio, muy separados uno del otro, más que otros ojos.

Sirven para que su mirada abarque un campo visual mucho más amplio, como si estuvieran construidos especialmente para un pintor de los espacios y las multitudes.

Ojos que revelan

Diego Rivera
La relación entre Frida y Diego fue intensa pero también muy turbulenta.

Entre esos ojos, tan distantes uno de otro, se adivina lo invisible de la sabiduría oriental, y muy pocas veces desaparece de su boca búdica, de labios carnosos, una sonrisa irónica y tierna, flor de su imagen.

Su vientre, enorme, terso y tierno como una esfera, descansa sobre sus fuertes piernas, bellas como columnas, que rematan en grandes pies, los cuales se abren hacia fuera, en ángulo obtuso, como para abarcar toda la tierra y sostenerse sobre ella incontrastablemente, como un ser antediluviano, en el que emergiera, de la cintura para arriba, un ejemplar de humanidad futura, lejana de nosotros dos o tres mi años.

Diego está al margen de toda relación personal, limitada y precisa. Contradictoria como todo lo que mueve a la vida, caricia inmensa y descarga violenta de fuerzas poderosas y únicas. Se le vive dentro, como a la semilla que la tierra atesora, y fuera, como a los paisajes.

Arquitecto y constructor

Diego no es ni derrotista ni triste. Es, fundamentalmente, constructor, y sobre todo, arquitecto.

Diego está al margen de toda relación personal, limitada y precisa. Se le vive dentro, como a la semilla que la tierra atesora, y fuera, como a los paisajes.

Es arquitecto con su pintura, en su proceso de pensar y en el deseo apasionado de estructurar una sociedad anónima, funcional y sólida.

Compone siempre con elementos precisos, matemáticos. No importa si su composición es un cuadro, una casa o un argumento.

No es sentimental, pero si intensamente emotivo y apasionado. Le desespera la inercia porque él es una corriente continua, viva y potente.

De buen gusto extraordinario, admira y aprecia todo lo que tiene belleza, lo mismo si vibra en una mujer o en una montaña.


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