Cuando entro, él me mira fijamente y yo también. Y ahí nos quedamos, mirándonos. Yo sonreí y me avergoncé, pero sobre todo yo estaba asombrada, ya que mi curiosidad me había hecho pensar en un hombre feo y malo...
Lo desvestimos, le sacamos toda su ropa, lo bañamos con una manguera, lo secamos y le pusimos un pijama de aquí del hospital, porque su ropa estaba completamente sucia. Sus ojos estaban abiertos, con su cabello largo, pacecía Cristo...