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Lunes, 21 de agosto de 2006 - 16:09 GMT
Con ritmo de chamamé

Junto a la ruta provincial 123, que une la ciudad de Mercedes con Corrientes capital, todos los 8 de enero se improvisa un multitudinario campamento.

Baile de chamamé
La danza del chamamé es una manera de homenajear al Gaucho, más allá de los rezos.
Son los devotos del gaucho Antonio Gil, que llegan después de transitar cientos de kilómetros.

Muchos viven en los alrededores de Buenos Aires, y se han llevado con ellos la tradición de este culto campesino. Ahora, vuelven al pago para visitar el santuario mayor de este santo popular "en ascenso", que ha multiplicado notablemente su poder de convocatoria en la última década.

Mientras flamean las banderas rojas, toda la noche suenan los acordes del chamamé, un género folklórico característico del noreste del país que integra elementos musicales de los indios guaraníes con la tradición instrumental de los inmigrantes de Europa del este, llegados aquí en el siglo XIX.

No hay descanso para músicos y bailarines. El calor no cede, pero no hay devoto que se rinda.

Mientras corre el vino tinto, bebida apropiada para un culto en tonos de rojo, se escuchan los sapucay, gritos celebratorios que son parte de la cultura chamamecera.

"Al Gaucho se lo celebra con la tradición de nosotros, de los del campo", explica Miguel Angel González.

Yo bailo para él... Sé que me mira mucha gente [cuando bailo], pero mi espíritu, mi corazón es para el Gaucho
Maggie, devota del gaucho Gil
Su pareja de turno es Maggie, una devota que entiende que la pista de baile es mejor que los altares a la hora de dar gracias.

"Estoy lista para bailar, porque llevo una promesa de por vida. Yo soy una hija del Gaucho que ha vuelto a nacer. He luchado muy fuerte contra un cáncer, y aquí estoy, y para siempre, a la par de Antonio Gil", relata.

Entre canción y canción, agrega: "Yo bailo para él... Sé que me mira mucha gente [cuando bailo], pero mi espíritu, mi corazón es para el Gaucho".

Al galope y con banderas

Para conmemorar la muerte trágica, los seguidores de Antonio Gil participan en una misa, muy temprano a la mañana, en la parroquia de Mercedes.

Cabalgata en honor al Gaucho
Los gauchos visitan a su patrono a caballo, y ataviados con sus mejores ropas.

Desde allí parten luego en procesión, a caballo, en vehículos de motor o simplemente caminando. Con atuendos colorados y banderas al viento, los devotos recorren los ocho kilómetros que los separan del santuario, y son recibidos por el tronar de las bocinas.

"Siempre fui devoto del Gaucho, por eso es que nos gusta desfilar todos los años", dice Raúl Sosa a BBC Mundo.

"Le soy fiel porque es muy milagroso para con el pobre. Acá somos todos allegados a él, porque él comparte los valores de las personas, de los humildes... Es que él era un gaucho humilde", reflexiona, mientras se seca las gotas de sudor que se deslizan debajo de su sombrero de ala.

Para Adolfo Maidana, quien llega montado en un zaino bautizado Chispazo, la visita al santuario tiene por finalidad agradecer un milagro concedido.

"Me habían robado mi caballo, y a los siete días lo recuperé. Cuando lo estaban por cargar, se rompió el camión donde se lo llevaban, y así lo recuperé. Vengo a cumplir mi promesa, porque le pedí ayuda y ahí está, me devolvió el caballo", relata.

Vino, tatuaje y cigarros

La vida díscola de Antonio Gil, quien forjó su leyenda de santidad a fuerza de enfrentarse a la norma y evadir a la justicia, congrega a algunos fieles que ven en él un ejemplo a seguir.

Según la tradición oral, Gil supo pasarla bien en sus años mozos. Hoy, las ofrendas de alcohol y los cigarrillos encendidos junto a su tumba dan cuenta de ese pasado.

Arbol del gaucho Gil
El árbol donde presuntamente murió el Gaucho está en el centro del predio, cubierto de ofrendas.

Junto al río de cera roja que se funde con el vino tinto, al pie del árbol donde se cree que el Gaucho murió ahorcado, Mariel reza con los ojos cerrados.

Acaba de dejar múltiples objetos a modo de ofrenda: ropas, muñecos, velas, y una botella a medio tomar.

"¿Por qué? Porque él me ayudó mucho, con todo... compré mi casa, mi familia se juntó. ¿Qué más puedo pedir?", dice, y los ojos se le llenan de lágrimas.

La mujer también deja a los pies del árbol una imagen del Gaucho, hecha en cerámica pintada, chamuscada y partida en dos. Cuenta que se le ha prendido fuego.

"Dicen que cuando se quema hay que cambiarla, es una señal de que el Gaucho ya no quiere estar en esa casa sino que quiere volver aquí, al santuario... Igual, la imagen que uno tiene en la casa hay que reemplazarla todos los años, por eso yo la traje y ahora me llevo otra", añade Mariel.

Otros devotos hacen lo mismo que ella. La tumba y la cruz están rodeadas de estatuillas con un Gaucho de vincha y bigote, pañuelo rojo al cuello, boleadora en mano y chiripá.

Más allá, cientos de puestos de venta ofrecen figuras idénticas, que los peregrinos compran por docenas.



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