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Lunes, 21 de agosto de 2006 - 16:11 GMT
Arte sacro en versión popular

Valeria Perasso
Valeria Perasso
BBC Mundo

La historia de devoción de Daniel Barreto nació, como para muchos otros seguidores de santos populares, al costado de una ruta argentina.

Ejército del Gauchito, por Daniel Barreto
La obra de Barreto se inspira en los altares dedicados al Gaucho Gil en los hogares y en las rutas.

En sus viajes por el país, Barreto, de profesión artista, empezó a documentar los altares a la vera del camino.

Sacó fotos. Muchas. El proceso de registro fotográfico comenzó cuando las ermitas improvisadas eran todavía escasas, concentradas en el noreste de Argentina.

Diez años después, esas fotos dispararon nuevas ideas, que se plasman en las series de cuadros dedicados al Gaucho Gil que Barreto ha exhibido en distintas galerías de Buenos Aires.

"La omnipresencia del color en el culto me sedujo. Me llamaron la atención las banderas rojas, que flamean en el viento en los altares, y están siempre rodeadas de ofrendas", revela el artista.

Cuando Barreto comenzó a investigar la historia de Antonio Gil, descubrió que había nacido en Corrientes, y lo sintió como un llamado personal.

"Me sentí atraído hacia el personaje: mi padre era paraguayo, y yo tengo un vínculo fuerte con el Litoral, de donde proviene el Gauchito. Además de lo estético, hubo una cuestión de cercanía", explica.

Instalación colectiva

El altar como espacio de encuentro, pero también como materialización de una fe que necesita de objetos para expresarse, es el elemento central en la obra de este artista.

Aviones, por Daniel Barreto
En "Aviones", de 2004, los manteles de altares personales transportan ejércitos de Gauchos.

Barreto llevó adelante una investigación sobre las ofrendas que deja la gente en los altares, que varían según la naturaleza del favor pedido al santo, y se interesó en la "arquitectura" que va tomando forma a partir de estos objetos.

"En el santuario que está cerca de mi casa, por ejemplo, hay muchísimos vasos de vino, que acercan los devotos que tienen un problema. Esos vasos van quedando, y se va formando una arquitectura particular e irrepetible", relata el autor.

En base a sus observaciones, el artista comenzó a construir altares con su pincel: a dibujar y dar color a los distintos espacios que los devotos arman, en sus casas o en las rutas. Altares que son, esencialmente, una creación colectiva.

"La gente pide cosas que no puede pedir en la Iglesia católica. Lo bueno y lo malo están permitidos, y no hay ningún límite. Esa noción de libertad se plasma en mi obra", dice Barreto.

Del arte a la fe

La relación de Barreto con el Gaucho Gil fue más allá de un amor pictórico: la fe de los seguidores con los que se fue cruzando en el camino lo convencieron de que el fenómeno no sólo era materia de análisis sociológico.

Daniel Barreto, artista
Primero fue seducción estética, pero luego me fui haciendo totalmente devoto. No sólo del Gauchito, sino de todos los santos populares. Aprendí a compartir la fe de otros creyentes en los que basé mi trabajo.
Daniel Barreto, artista

"Sí, soy devoto. Primero fue seducción estética, pero luego me fui haciendo totalmente devoto. No sólo del Gauchito, sino de todos los santos populares. Aprendí a compartir la fe de otros creyentes en los que basé mi trabajo", confiesa el artista, quien además se reconoce católico.

"No hay contradicciones. En Brasil, por ejemplo, es normal que los santos católicos convivan con los afrobrasileños. Mi ser religioso tomó mucho de ese sincretismo, que no es tan común en Argentina", opina.

Y también en el aspecto visual la religión popular se mezcla con el catolicismo establecido.

"La imagen del Gauchito en los comienzos de su devoción era la de un hombre común: morocho, de vincha y pelo largo, propio de su provincia. Ahora, se ha hecho más prolija, y se parece cada vez más a Cristo. Es una manera de legitimarlo", concluye el artista, que actualmente trabaja en la edición de un libro sobre el tema en la colección Arte Brujo.

Con raíces en la tradición oral, elementos guaraníes, y una fascinación evidente por la geografía de la región, el arte de Barreto es estilizado, estridente a la vez que elegante, con un aire kitsch y algo burlón que hace aún más evidente la dimensión material de los cultos populares.

El Gaucho es, a la vez, figura central y destinatario de su obra: arte entendido como una ofrenda al santo que da, a cambio, protección y bendiciones.



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