Una celadora del penal dice que busca que las relaciones con las reclusas sean cordiales.
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El aumento de la delincuencia en Argentina ha tenido un reflejo en la población carcelaria.
Según el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, el número de personas en las prisiones del país asciende a cerca de 65.000, el 89% de las cuales son hombres.
Alejandro Marambio, de la subsecretaría de Asuntos Penitenciarios de esa cartera, reconoce a BBC Mundo que muchas de las cárceles están superpobladas y cuenta que se están haciendo esfuerzos para revertir esta situación redistribuyendo internos y construyendo nuevos penales.
Marambio añade que otra de las grandes dificultades es que un 60% de los presos no tienen condena, es decir que son técnicamente inocentes y están recluidos por la llamada "prisión preventiva".
"Éste es un problema latinoamericano. En Europa occidental el porcentaje de procesados en las cárceles es de alrededor del 20%. O debería agilizarse el mecanismo de sentencias o bien se tendría que analizar por qué personas que no son culpables están siendo privadas de su libertad".
Difícil reinserción
Cerca de 11% de la población carcelaria de Argentina está compuesta por mujeres.
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Para Marambio, esta situación irregular dificulta la reinserción social de los reclusos.
"Una persona que sólo está procesada está buscando su libertad, esperando su juicio; no piensa en a hacer de tratamiento para salir mejor de la prisión, no le interesa estudiar o capacitarse laboralmente".
El tercer gran problema, según el funcionario, es la distancia a la que están ubicadas las cárceles de condenados.
Esto implica que un interno puede terminar cumpliendo su condena a centenares de kilómetros de su casa.
Según el Ministerio de Justicia, los delitos más comunes entre los presos son el robo contra la propiedad (que incluye el de viviendas y objetos como billeteras en la calle), el narcotráfico y crímenes contra las personas (homicidio, violación y lesiones).
Más mujeres
Varias reclusas se dedican a oficios como la costura dentro del penal.
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Se habla mucho del incremento de la delincuencia en Argentina, pero poco se menciona este detalle: que en el último año ha crecido hasta un 15% la criminalidad femenina.
Según las autoridades, en la mayoría de los casos las mujeres son apresadas por tráfico de drogas y complicidad en secuestros organizados por sus esposos o familias enteras.
Una visita de BBC Mundo a la Unidad 3, una cárcel femenina de máxima seguridad situada en Ezeiza, a más de 30 kilómetros al sur de Buenos Aires, permite ver cómo viven algunas internas.
Cruzamos los portones y los vigilantes nos piden documentos.
A medida que avanzamos por campos verdes hacia el edificio central del complejo, vemos viviendas destinadas a las autoridades, torres de vigilancia y una huerta que cultivan las reclusas.
Las construcciones, de un amarillo intenso y con rejas discretas, en nada se parecen a lo que uno se imagina de una cárcel de máxima seguridad, generalmente gris y con mucho hierro.
En la entrada nos espera el subdirector del penal, Antonio Arriola, quien nos cuenta que la unidad tiene unas 740 mujeres alojadas, el doble de su capacidad, y que la mayoría fueron arrestadas por narcotráfico.
Aquí se mezclan condenadas y procesadas, algunas de ellas menores.
Hay un grupo de extranjeras de países limítrofes y de Europa.
"La administración tiene como objetivo mejorar el trato", asegura Arriola.
Y nos presenta a Johana Zadnik (23 años), una de las celadoras.
Ella dice que procura que la relación con las reclusas sea cordial.
"Intento no expresar nada, ni averiguar qué causa penal pesa sobre cada una de ellas".
"Lo mejor posible"
Las directivas aseguran que buscan mejorar el trato a las reclusas.
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Puertas adentro las presas, vestidas con lo que tienen, se mueven con relativa libertad.
Enseguida conocemos a Julia (51), una interna que está en la cárcel hace seis meses y aún no tiene condena.
Sobre el tratamiento que recibe, comenta: "Una procura sentirse lo mejor posible estando privada de la libertad. Yo no he tenido problemas, pero quizás no soy la referente".
Otra presa, Carolina (48), quien ya fue sentenciada y está aquí hace cuatro años, dice que no les permite a sus familiares que la visiten porque no quiere que pasen por las requisas.
"Y esto lo digo teniendo una nieta de tres años que no conozco y me gustaría abrazar".
El Ministerio de Justicia admite que una de la principales quejas de los reclusos es el trato, no sólo hacia ellos sino también hacia quienes los van a ver.
Otro de los reclamos frecuentes es la falta de alimentos y artículos de higiene, aunque en la cárcel de Ezeiza esto no parece ser un problema.
Julia y Carolina pertenecen al grupo de internas que han salido de los "pabellones" para educarse o aprender un oficio.
La primera estudia sociología y la segunda, pintura.
Pero la mayoría se queda tras las rejas contando los días para salir, sólo dejando la celda para hablar con familiares o abogados, o para ir a los tribunales.
La relación entre ellas y los penitenciarios parece ser otra, aunque durante la visita no podemos determinar de qué naturaleza.
Capacitación
Se estima que 60% de los presos no tienen condena.
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Marcela Suppa, la jefa de talleres, nos conduce por el área donde las presas realizan diversas actividades "para poder desempeñarse afuera una vez que tengan su libertad".
Hay actividades de costura, tejido, panadería y repostería, encuadernación, y serigrafía y pintura.
Ana María (65), quien hasta ahora ha cumplido ocho años de su sentencia y está aprendiendo serigrafía, dice que no en todos los talleres del penal "una puede trabajar con lo que uno siente".
Cuando le preguntamos si se refiere a buenos o malos sentimientos, contesta buenos, porque "la bronca no hace más que empeorar a la persona".
En los diversos talleres las reclusas fabrican productos que se destinan mayormente al consumo interno y en menor medida se venden al exterior.
Por el trabajo reciben una paga de US$200 al mes en los mejores casos.
Muchas de ellas ayudan a sus familias. Como Paula (26), quien nos relata que el dinero va para sus dos hijos muy pequeños.
En el penal también funciona una escuela primaria y secundaria, y se dicta la carrera universitaria de sociología.
Las alumnas egresan con un título oficial en el que no consta que han estado presas.
Julia, la estudiante de sociología con la que hablamos antes, resume bien la diferencia entre la zona de talleres y educación y los "pabellones" más adentro: "Ésta es una parte en la que una se siente un poco más libre porque puede manejar un picaporte".