Comunidades enteras quedaron destruídas tras el paso del huracán Stan.
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Estas próximas navidades serán las más tristes para miles de guatemaltecos damnificados del huracán Stan, que azotó Centroamérica en octubre de este año.
Tendrán muy poco que celebrar. Lo más importante, sin duda, será haber sobrevivido a una devastadora tragedia que superó en víctimas, destrucción y desolación al huracán Mitch de 1998.
La mayoría de los afectados lo perdió todo: sus viviendas, sus animales de crianza, sus cultivos, sus seres queridos.
Y como si esto fuera poco, ahora se cierne sobre ellos la amenaza de una hambruna que, según el Programa Mundial de Alimentos, que es como una bomba de tiempo que podría estallar antes de que finalice el año, a menos que la comunidad internacional haga algo para evitarlo.
"Todo se terminó"
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El dinero es lo que hace falta, por eso no podemos comprar nada allí, por eso nuestros hombres salieron a ver si ganan algo en las cosechas
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Carmela Mosch perdió la casa en la que vivía con su esposo y sus ocho hijos, a orillas del río de San Pedro Yepocapa, en Chimaltenango.
La casa quedó enterrada bajo el lodo y las piedras a varios metros de profundidad, cuando las fuertes lluvias que dejó Stan provocaron deslaves que arrastraron con todo lo que consiguieron a su paso.
Lo que antes era un pequeño río se convirtió de pronto en una fuerza devastadora que rugía ferozmente en su sorpresivo transitar por estas comunidades.
Todo lo que queda allí es lodo y piedras.
Según me contó Carmela, su casa era una vivienda humilde y modesta, pero al fin y al cabo era el hogar que compartía con su familia, y que le costó construir.
Con la tristeza y la desesperanza selladas en los ojos, Carmela, de 35 años, habla de su casa en tiempo presente, como si la estructura estuviera todavía allí.
Le pido que me haga un recorrido imaginario por lo que fue su vivienda y con gran precisión me va llevando por cada una de las habitaciones. Es como si la imagen nunca se le fuera a borrar de la mente, como si al retenerla, retuviera también la esperanza de desenterrarla.
"Mi casita es la mitad de pared, la mitad de lámina, y la cocina es toda de lámina", me dice Carmela. "Aquí es la entrada, está en la orilla de la calle. La cocina está por aquí. En este lado de la casa estábamos durmiendo. Allí vivíamos todos. Cinco años llevábamos viviendo aquí. Todo se terminó".
Sin trabajo
Los habitantes utilizan cualquier medio de transporte para llevar cosas.
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Desde que perdió su casa, Carmela y su familia viven en un albergue que se improvisó en una escuela del pueblo.
Cuando le pregunto si está recibiendo suficiente comida para alimentar a su familia, me asegura que sí, "poco, pero sí nos llega algo". El maíz llega al albergue cada quince días.
Los que aún están allí, unas 17 familias, logran comer un poco todos los días, aunque la dieta se limita prácticamente a tortillas de maíz y frijoles. A sus niños Carmela les da lo que hay: sopa, fideos, fríjol, pero no leche, porque no se consigue. Al más pequeñito, un bebé, todavía lo puede amamantar.
Apenas ahora, después de mes y medio desde que ocurrió el desastre de Stan, el esposo de Carmela consiguió algo que hacer. Todavía no le han pagado por los trabajitos que ha hecho, pero Carmela tiene la ilusión de que cuando traiga el dinero a casa, podrán comprar otros alimentos y reponer algo de lo que perdieron.
En el mercado de San Pedro Yepocapa, a unas dos cuadras del albergue se consigue de todo, carne, verduras, frutas.
Lo que no hay es dinero en el bolsillo de la gente: "El dinero es lo que hace falta, por eso no podemos comprar nada allí, por eso nuestros hombres salieron a ver si ganan algo en las cosechas".
"Es muy triste"
Gloria muestra lo que quedó de su casa.
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Gloria, una vecina de Carmela, también perdió su casa. La mitad de su vivienda quedó enterrada bajo el lodo, y la otra mitad quedó destruida. Se puede ver parte de la estructura, una puerta aquí, una ventana más allá, pero la casa no se puede habitar.
A Gloria le resulta muy difícil ver su hogar en este estado y no puede contener las lágrimas cuando trata de describirme lo que siente.
"Es muy triste, porque uno estaba acostumbrado a estar en su casa, con sus hijos y todo", me dice Gloria entre sollozos.
"La verdad es que nos sentimos muy tristes, porque ahora no tenemos la casa y a uno le gustaba y estaba feliz en su casa, aunque fuera pobremente. Lo que nos queda es una esperanza y confiar en Dios y en que hay gente dispuesta a ayudarnos".
Al igual que Carmela, Gloria me asegura que todavía tienen algo de comida, sobretodo maíz, fríjol y café. Lo que no consiguen es azúcar para endulzar el atol, la bebida de harina que le dan a los niños. Ella tiene temor de que cuando se acaben los pocos alimentos que tienen ahora, ya no les llegue más.
"Acudimos a su buen corazón"
En las montañas del altiplano guatemalteco, una zona intrincada y de difícil acceso, miles de habitantes indígenas se encuentran en la misma situación de fragilidad y vulnerabilidad que Carmela y Gloria, o quizá peor.
Es gente que todavía está viviendo en las mismas zonas de alto riesgo donde los encontró el huracán Stan.
Sus condiciones de vida ya eran precarias aún antes de la tragedia. En esa zona montañosa, las lluvias arrasaron con el 80% de las viviendas y con casi la totalidad de los cultivos de subsistencia, especialmente el maíz.
La gente del altiplano, como la de muchas otras áreas afectadas por Stan, no sólo ha perdido sus cultivos, sino también las oportunidades de ganar un salario, ya que, producto de la tragedia, tampoco hay fuentes de trabajo.
A todo esto se suma el desabastecimiento de agua, porque muchas de las tuberías por las que se enviaba agua potable a estas remotas comunidades se dañaron, la incomunicación de algunas carreteras y caminos, y el frío del invierno que ya comienza, con temperaturas que bajan por debajo de cero grados.