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Jueves, 3 de noviembre de 2005 - 14:21 GMT
Cárceles: la perdición de las almas

Karenina Velandia
BBC Mundo

Por más que uno trate de imaginarlo, es imposible. Las historias que se esconden tras las rejas y los muros de las cárceles venezolanas son demasiado sórdidas para lograr siquiera acercarse a ellas.

Venezuela
Las cárceles en Venezuela, otro ejemplo de la crisis en la región.
Es un mundo lúgubre, de reglas que aunque no están escritas, nadie se atreve a transgredir.

Los códigos varían ligeramente entre un penal y otro, pero al final, siempre hay una máxima que termina imponiéndose: la supervivencia del más apto.

Este es el testimonio de un par de visitas a centros penitenciarios venezolanos, junto a personal de una organización gubernamental, en junio de 2003.

Ley de Darwin

A medida que uno se adentra en las instalaciones de los centros de reclusión -después de pasar los controles de seguridad de quienes custodian las instalaciones- la tensión que se siente no deja de invadir ni una sola esquina.

Apostados cual centinelas en la entrada de cada una de las dependencias que componen la estructura de las prisiones, son los propios reos quienes permiten la entrada de los visitantes abriéndoles la puerta desde dentro y cerrándola tras ellos.

"Bienvenidos", dicen a manera de saludo.

Venezuela
El hacinamiento es uno de los principales problemas de los centros penitenciarios.
Una vez que las pupilas se han acostumbrado a la oscuridad absoluta -no hay nada de luz dentro de los edificios- es impresionante descubrir que, sin distinción, todos tienen algún tipo de arma.

A simple vista se divisa una gran variedad de armas de fuego, además de cuchillos y chuzos (comerciales o fabricados por los presos). También es posible toparse con la vanguardia de los teléfonos móviles que se encuentran en el mercado y con múltiples equipos de sonido que hacen retumbar el lugar con música a todo volumen. Todo esto expuesto, sin el menor reparo.

A pesar de que algunos penales poseen espacios al aire libre, prácticamente nadie se aventura a respirar aire fresco.

"Si lo hacemos, los de los otros edificios, nos meten tiros. Es que hay muchos 'emproblemaos' (reclusos con rencillas entre si, especialmente por drogas) y los tienen 'cazados'", explican.

Precariedad absoluta

En Yare I, por ejemplo, una de las pocas cárceles que existen en Venezuela para quienes ya han recibido su sentencia, los únicos que gozan de una mayor libertad para moverse son los evangélicos, también conocidos como "varones". La única condición es que siempre se anuncien gritando "¡Vive!".

...hay poca (comida en el comedor), por eso también se producen riñas, así que muchas veces aguantamos con lo que nos traen de afuera, sino, con café y agua
Un reo en una cárcel venezolana.
De acuerdo a los relatos del resto de los reclusos este privilegio radica en el hecho de que después de las riñas son ellos quienes generalmente atienden a los heridos y se encargan de los muertos.

Son ellos quienes también se encargan de buscar la comida en el comedor. "Pero hay poca, por eso también se producen riñas, así que muchas veces aguantamos con lo que nos traen de afuera, sino, con café y agua", aseguran algunos.

El acceso a útiles de higiene personal o insumos médicos también parece ser complicado por lo que se desprende de las peticiones de los convictos. Uno pide gasa y adhesivos para cambiarse el vendaje que lleva en la cabeza; otro insiste en que le avisen a su hermana que el fenobarbital (medicina) se le acabó, explica que lo necesita con urgencia porque ha tenido demasiadas convulsiones.

CIFRAS EN VENEZUELA
Población penal: 18.864
Procesados: 9.653
Penados: 9.211
Muertos, enero septiembre 2005: 304
Fuente: Observatorio Venezolano de Prisiones

"Anota este número, dile a Rosa que me traiga las pastillas para el estómago, que no soporto el ardor", dice quien debe cumplir 12 años de sentencia por homicidio y sufre de una úlcera en el estómago.

Otros se conforman con pedir jabón y desodorante. Pero hay quienes se preocupan por cosas menos materiales. "Por favor, averigua si mi mamá sigue viva".

Quienes ven pasar los días tras los muros de las prisiones en Venezuela también se quejan del maltrato que reciben por parte de los funcionarios que están a cargo de la seguridad de los penales. Muestran cicatrices que, aseguran, son la huella de esos incidentes.

"Es humillante. A veces hacen que nos bajemos los pantalones para golpearnos", confiesa uno de los reos.

Sobreviviendo

Dentro de los edificios el panorama es desolador: no hay instalaciones sanitarias, razón por la que -de acuerdo a los relatos de los reclusos- se opta por una bolsa que posteriormente se lanza hacia las áreas verdes del penal en el mejor de los casos.

Cárcel. Foto: Amnistía Internacional.
Hay presos que viven en duras condiciones en Venezuela.
Tomar una simple ducha puede ser una actividad peligrosa: cuentan quienes se encuentran tras las rejas de Yare I que, como en una hora tienen que bañarse 1.000 hombres, el menor roce termina en una puñalada. Es una situación que se repite casi diariamente justo después de escuchar: "me picaste".

Los "boogies", que no son otra cosa que minúsculos espacios delimitados por sábanas que cuelgan del techo y que sirven como dormitorio tienen, a lo sumo, alguna colchoneta en mal estado que hace las veces de cama.

Los días de lluvia algunos se desvelan. El agua empieza a entrar por el techo y a veces por las ventanas, así que se paran a esperar a que escampe y a secar el lugar.

Por favor, averigua si mi mamá sigue viva
Un preso en Venezuela.
Construidos en la década de los sesenta, el deterioro físico que presentan estos lugares es considerable. Las paredes tienen huecos, las rejas están oxidadas, las ventanas están rotas y las escaleras -de metal- crujen a cada paso amenazando con desplomarse en cualquier momento.

A la falta de mantenimiento absoluto, evidente al ingresar en los centros de reclusión venezolanos, se suma la sobrepoblación. La mayoría dobla el número de reclusos que está en capacidad de albergar.

Yare I fue construido para que 400 reos convivieran en el lugar, pero actualmente 800 personas viven hacinadas en sus instalaciones. Algo similar ocurre con el penal de la Planta, en Caracas, cuya capacidad para albergar a 540 procesados fue sobrepasada hace ya varios años con un número que supera los 1.000.

El poder del dinero

En el penal de La Planta -uno de los más codiciados entre la población penitenciaria por ser de los menos violentos- conviven sin distinción venezolanos, colombianos, argentinos e incluso algún polaco que aprendió el idioma en la cárcel. La mayoría terminó allí por tráfico de drogas.

La mayoría, también, coincide al afirmar que en la cárcel todo tiene precio. Un traslado a los tribunales puede superar los US$100; mientras que para permanecer recluido en un lugar "seguro" hay que pagar un poco más de US$500; el precio de las balas es, aproximadamente de US$10. La cancelación del "peaje" es lo que permite a los reos conversar con el director del penal, el trabajador social o el acceso a otros servicios.

Esto es un cementerio para vivos. Aquí la vida no vale nada... te matan por cualquier cosa... los perros son tratados con más respeto
Preso en Yare I, Venezuela.
Quienes aún no han sido sentenciados, o quienes deben presentarse ante los tribunales para la revisión de su caso, se quejan unánimemente de la ineficiencia del sistema judicial: todos, sin distinción, relatan historias de retrasos que, en la mejor de las circunstancias son de dos años. "Tengo ocho años sin ir a los tribunales", se lamenta uno.

Es difícil imaginar que exista un lugar en el que el ser humano esté tan a merced de sus instintos más básicos como en algunas de las cárceles venezolanas.

Quizá por eso, con la mirada perdida, uno de los presos de Yare I afirma, "esto es un cementerio para vivos. Aquí la vida no vale nada... te matan por cualquier cosa... los perros son tratados con más respeto".

 

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