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Miércoles, 14 de julio de 2004 - 09:50 GMT
De la lucha armada a la civil

Gilberto Lopes
Nicaragua

Ruth Herrera
Herrera Montoya quiere abrir espacios desde las organizaciones sociales.

Militante sandinista desde la juventud, Ruth Hererra Montoya pasó por la vida clandestina, la guerrilla y el exilio. La derrota de la Revolución, en 1990, y la actitud de algunos dirigentes después de la misma, le cambiaron la vida.

Ex coordinadora de la Comisión Económica de la Asamblea Sandinista, Herrera Montoya dirige hoy una de las organizaciones más combativas de Nicaragua, pero ahora en defensa de los consumidores. Se ha alejado de la militancia política.


Después de tantos años vinculada a la Revolución, desde la época de la clandestinidad y la lucha guerrillera, ¿no le hace falta una mayor participación en la vida política del país?

Hemos empezado a darle más tiempo a las actividades con el movimiento social, que a tareas partidarias.

Organizamos una Red de Defensa de los Consumidores, que tiene la característica de ser un movimiento integrado por voluntarios y está ya en 300 municipios de Nicaragua.

Somos, además, parte de un bloque popular centroamericano.

Después de 30 años de estar con el Frente Sandinista hice la opción de estar en este tipo de espacio, que ofrece una posibilidad de mayor contacto con la gente a partir de sus problemas cotidianos.

Hacemos una labor de divulgación de los derechos económicos y sociales de los ciudadanos. Luchamos contra la mala calidad de los servicios públicos, contra las altas tarifas, por los derechos a la educación.

En Nicaragua están locos por ver qué sobornos les caen para negociar las privatizaciones

Parte de este esfuerzo es también la lucha contra los tratados de libre comercio, por el daño que traen a nuestras economías y por el entreguismo que caracteriza a este gobierno. En Nicaragua están locos por ver qué sobornos les caen para negociar las privatizaciones.

Pese a esto usted tiene una larga trayectoria en los movimientos populares en Nicaragua...

Yo me integré desde muy joven a los movimientos juveniles y de estudiantes de secundaria y, posteriormente, al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), antes de entrar a la Universidad.

Por años fui una militante política de todas las causas que significaban luchar contra la dictadura. Tuve que vivir en el exilio, en México, y participé de manera muy activa en la divulgación de la lucha y de las actividades de solidaridad. Posteriormente me integré a la lucha armada, en la zona noroccidental del país, hasta el momento del triunfo.

Integré el gobierno revolucionario y me tocó ser la responsable de la reforma agraria en la zona norte del país durante unos cuatro años, después fui secretaria general del ministerio de Desarrollo Agropecuario y Reforma Agraria, encargada de las políticas productivas y la relación con cooperativas y con el sector privado.

Dirigí una empresa en el sector industrial que ahora es la cuna de las zonas francas (era una empresa muy dinámica, que fabricaba uniformes para el ejército y ropa para la población, se exportaba).

Posteriormente me fui a estudiar una maestría a México, en política económica, y a España, en políticas públicas. Me dediqué a trabajar por mi cuenta, aparte de que el FSLN había perdido las elecciones, me interesaba tener posibilidades de tener posiciones políticas más independientes.

¿Por qué el cambió de opción?

Porque los partidos han mostrado incapacidad de ejercer una influencia real en los problemas de los ciudadanos, estén en el poder o fuera del mismo.

Los partidos han mostrado incapacidad de ejercer una influencia real en los problemas de los ciudadanos, estén en el poder o fuera del mismo

La agenda partidaria está matizada por el interés de mantener espacios de poder. El balance que muchos ciudadanos tenemos de los partidos es que se han alejado de los compromisos y de la necesidad de buscar soluciones alternativas.

Entonces ceden con mucha facilidad a las presiones del Fondo Monetario Internacional (FMI), del Banco Mundial (BM), no tienen una concepción de hacia dónde quieren llevar el país, dejándose llevar de manera muy complaciente.

No hay un enfoque económico, ni un enfoque social, ni un planteamiento serio sobre el manejo de los recursos naturales, por ejemplo.

En esas condiciones seguir dentro de los partidos es seguir legitimando esa forma utilitaria de hacer política, de usar los espacios públicos para seguir reproduciendo sus propios intereses de grupo.

La apuesta por los movimientos sociales es, de alguna manera, volver a discutir los temas que más preocupan a grandes sectores de la población. Se trata de crear mecanismos de presión sobre el gobierno, sobre los partidos, de convertirnos en grupo de presión para obligarlos a debatir temas que no les parecen interesantes.

Pensamos que ese trabajo tiene un efecto multiplicador sobre la conciencia de la gente más rápido que estar trabajando con los partidos.

¿Después de 25 años, qué balance se puede hacer de la Revolución Sandinista, qué le dejó al país?

En lo político, lo que quedó es un mal sabor por la poca capacidad que tuvieron los dirigentes sandinistas para conducir una revolución.

En lo político, lo que quedó es un mal sabor por la poca capacidad que tuvieron los dirigentes sandinistas para conducir una revolución

Puede haber distintas causas, pero me parece que uno de los peores resultados de estos 25 años fue haber desprestigiado la posibilidad económica y social que representan las revoluciones para nuestros países. Ese es el principal desacierto.

En la práctica, muchos de esos dirigentes eran buenos antisomocistas, pero no eran buenos revolucionarios; no tenían, finalmente, una posición ideológica sólida, que les diera para ir más allá de donde fueron. Eso explica, en parte, los caminos en que fueron derivando, pero muy pocos de ellos se salvan.

Otra cosa negativa es la concepción de que todos los que se meten a impulsar transformaciones políticas y sociales tienen que terminar beneficiándose económica o materialmente por su participación en esos procesos.

¿Por qué se produjo, en su criterio, ese desencanto con la política que afecta a vastos sectores de la sociedad?

Por un lado por las condiciones de vida que se procuraron la mayor parte de los dirigentes sandinistas o de su gabinete, incluyendo un sector de la burguesía que se incorporó al proceso y que siempre cae parado, dondequiera que los pongan.

Por otro lado, se acentuaron las diferencias con grandes sectores que quedaron desempleados, desmovilizados del ejército, con tierras que no se legitimaron, porque la Revolución funcionaba mucho por la vía de los hechos y hubo un desprecio acerca de la importancia de hacer las cosas apegadas a un marco jurídico.

Las mismas políticas económicas que se adoptaron durante los últimos años de la Revolución fueron generando más desempleo.

Hizo falta también que el proceso educativo de esos años estuviera más vinculado a la necesidad de movilizarse en torno a banderas nacionales, contra el bloqueo, contra la agresión.

Un balance es que las organizaciones gremiales, políticas y sociales prosandinistas, con la derrota electoral se quedaron sin piso

La posición estadounidense fue desgastante, contribuyó a hacer abortar la Revolución, pero la manera en que se formó a la militancia, a los líderes populares, no contribuyó a transferir un acervo cultural, un enfoque de que había que disputarse con los distintos sectores sociales del país los intereses de cada quien.

Entonces un balance es que las organizaciones gremiales, políticas y sociales prosandinistas, con la derrota electoral se quedaron sin piso.

Hizo falta conceptualizar mejor el papel de esas organizaciones para vivir con o sin la Revolución. Todavía arrastramos la herencia de organizaciones que siguen siendo correa de transmisión de los intereses del partido.

La reforma agraria era uno de los proyectos más importantes de la Revolución. ¿Qué pasó con ese proyecto?

El FSLN no logró articular la reforma agraria, la concepción de los grandes proyectos que promovió en el sector agrario, en esa época, con los intereses de las cooperativas, de los pequeños productores.

Pero incluso después de la derrota electoral el resultado habría sido otro si las cooperativas y los dirigentes campesinos hubieran entendido la importancia de consolidar ese sector, de trabajar en función de que no vendieran las tierras, de que ejercieran presión para legalizarlas, la hubo, pero tenía que ser más sostenida.

Se trabajó con el horizonte de que ese sector, de todas maneras, se iba a desarticular.

Y, de hecho, muchos dirigentes sandinistas que se quedaron con tierras contribuyeron a que el mercado de tierras de la reforma agraria se fuera generalizando, promoviendo un proceso de concentración que terminó despojando las cooperativas de las tierras que recibieron.

Ese proceso se aceleró por la ausencia de créditos, de asistencia técnica, de programas de acopio...

En definitiva, faltó una brújula ideológica, política y económica que permitiera que, de eso, quedara más. Si a eso se suma la pérdida de prestigio por las posiciones que asumieron algunos dirigentes, es razonable entender este proceso de desgaste en que se encuentran las posiciones de izquierda o revolucionarias en Nicaragua.



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