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Viernes, 26 de marzo de 2004 - 13:47 GMT
Cruzando el Sáhara: el viaje de Billy
Mamadou Saliou
El sueño de Billy siempre había sido ir a Europa.

Mamadou Saliou "Billy" Diallo, es uno de los millones de personas que viven en el mundo desarrollado, cuyo sueño de toda la vida ha sido probar fortuna en occidente.

A medida que los controles fronterizos se vuelven más estrictos en los países del oeste, estos soñadores se agarran a métodos cada vez más deseperados para llegar a la "tierra prometida".

Cada año, un número indeterminado de personas, probablemente decenas de miles, mueren en el intento.

Billy, un guineano de 41 años, cuenta la historia extraordinaria de cómo cruzó el Sáhara hasta Marruecos, desde donde pasó ilegalmente a la ciudad española de Ceuta. Ahora trabaja en Italia, donde le ha sido concedido un permiso de residencia, y acaba de visitar a su familia en guinea por primera vez desde que se embarcó en su aventura hace más de cuatro años.


Venir a Europa siempre ha sido mi sueño.

Cuando era niño, los africanos que vivían en Europa nos visitaban vistiendo ropas de lujo y mostrando su dinero. También conocíamos a gente francesa que nos contaba maravillas de su país y nos decía que Papá Noel vivía allí.

La vida en la región de Fouta Djalon, donde crecí en Guinea, era extremadamente dura. Tenía que caminar durante cinco kilómetros a diario para ir y venir del colegio, y después trabajar durante tres o cuatro horas en el campo.

Cuando tenía 22 años, nos mudamos a Dakar, la capital senegalesa, donde trabajé ayudando en el hospital principal.

Recibí formación y me hice enfermero. Trabajé allí durante 17 años, y recibí una medalla por mi servicio continuado.

Familia de Billy
De niño, a Billi (izquierda) le contaron que Papá Noel vivía en Francia.

Aunque tenía trabajo, con mi escaso sueldo de $130, nunca podía cuidar de mi mujer Adiatou ni de mi hija como me gustaría. Quería tener mi propia casa, y dar a mis hijos el empuje en la vida que yo no había tenido.

Ir a Europa parecía la mejor forma de alcanzar estos objetivos. Muchos de mis amigos habían emigrado y yo sentía que me había quedado atrás.

Sin recursos

Había oído que viajar por tierra era mucho más barato que por aire, y no se necesitaba visado.

También me habían dicho que llegaría a España en una semana. No sabía cuán errónea era esa estimación.

Deje Dakar en noviembre de 1999, esperando estar el Europa para el nuevo milenio.

Le dí $1.300 a un hombre que me aseguró que cubrirían los costes del transporte, comida y agua hasta Europa. Me fui solamente con otros $90 en el bolsillo. Tomé el tren hasta Bamako, la capital de Mali, pero al llegar, el hombre con el que tenía que ponerme en contacto dijo que no había recibido la plata.

Llamé a Dakar y pedí que me devolvieran el dinero. El hombre dijo que sólo podía darme $950, y mi padre me los envió a través de Western Union.

Dudas

Me habían dicho que llegaría a España en una semana. No sabía cuán errónea era esa estimación
Mamadou Saliou "Billy" Diallo

En Mali, conocí a gente de todo África: todos intentaban llegar a Europa. Hablando con ellos descubrí los verdaderos peligros de la ruta por tierra.

Oí historias de mucha gente que murió mientras intentaba cruzar el desierto del Sáhara, y conocí a algunos que habían decidido regresar a casa entes de arriesgar sus vidas.

Conocí a un senegalés que había llegado a Ceuta para luego ser deportado a la frontera entre Marruecos y Argelia.

Se las había arreglado para volver a Bamako pero no tenía dinero, y sus pies estaban muy hinchados a causa del camino a través del desierto.

Me dijo que debido al conflicto con los radicales islámicos, la policía argelina a menudo diparaba al ver a gente en zonas remotas.

También oí hablar de ladrones armados que roban todo el dinero de los migrantes y los dejan medio muertos en el desierto.

Billy y su mujer, Idiatou
Bill con su mujer, Idiatou, durante su regreso a Guinea.

Me dio mucho miedo, pero también me motivó saber que tres de las personas que habían estado con él habían llegado a Europa.

Empecé a tener verdaderas dudas sobre el viaje y llamé a mi familia.

Mi madre estaba aterrada y me pidió que volviera a casa. Pero mi padre dijo que había soñado que yo estaría bien. Dijo que continuase y me dió la bendición.

Conocí entonces a un hombre que dijo estar organizando un viaje. Ocho personas partimos hacia Timbuktu, Mali, donde nos reunimos con otros siete emigrantes de África occidental.

Tumbas en el desierto

En Timbuktu, quince personas nos metimos en la parte de atrás de un camión. Viajamos de noche hasta Gao, la última parada antes del desierto.

Allí, nos reunimos con miles de emigrantes que esperaban por un medio de transporte para cruzar el desierto.

Trajimos pan y latas de sardinas para el viaje. Almacenamos agua en neumáticos de ruedas, que tienen más capacidad que las botellas.

Esa primera tarde, nuestro conductor paró para enseñarnos las tumbas de siete personas, entre ellas una mujer nigeriana de 21 años.

Oí historias de mucha gente que murió mientras intentaba cruzar el desierto del Sáhara, y conocí a algunos que habían decidido regresar a casa entes de arriesgar sus vidas
Mamadou Saliou "Billy" Diallo

Dijo que él mismo había encontrado los cuerpos. El camión en que viajaban se había averiado en medio de la noche y habían esperado en vano por ayuda, hasta morir de sed.

Yo tenía una diarrea terrible, probablemente por causa del agua. Pero tenía que seguir bebiendo o me deshidrataría.

Viajábamos por la noche. Hacía frío y viento. Sólo nos cubría una lona alquitranada en la parte de atrás del camión, y casi no podíamos dormir.

Durante el día descansábamos bajo el camión, porque era la única sombra que había. Pero no podíamos dormir por el calor sofocante. La arena se metía por todas partes: ojos, nariz, orejas y gargantas.

Nos llevó una semana cruzar el Sáhara, hasta que llegamos a Tindouf, en Argelia, donde nos paró la policía. Arrestaron a nuestro conductor, y nos dieron una paliza. Todavía tengo cicatrices en la espalda.

Cruzando la montaña

Le habíamos dado nuestros pasaportes y documentación al conductor, pero nunca más lo volvimos a ver. Nos dieron 24 horas para dejar el país.

Afortunadamente, uno de los nigerianos había escondido algo de dinero en sus zapatos, y nos dio $5 a cada uno. Con ellos compramos unas baratijas para vender y sacar el dinero suficiente para continuar con el viaje.

Nos quedamos en una casa abandonada en Tindouf durante tres semanas, hasta que un hombre senegalés nos dijo que podría pasarnos a través de la frontera.

Un hombre nigeriano se puso muy enfermo durante el viaje a través del desierto y tuvo que quedarse en el hospital en Tindouf.

Después de todo por lo que había pasado para llegar hasta allí, ver finalmente mi destino fue una visión asombrosa
Mamadou Saliou "Billy" Diallo

Otros tres se rindieron al saber que tendríamos que caminar 20 kilómetros de montaña para entrar en Marruecos, si queríamos evitar las fronteras oficiales.

Nuestro guía nos dijo que muchos emigrantes murieron en esas montañas, tras ser deportados de Marruecos y abandonados.

Después de dos días caminando, los once que viajábamos juntos llegamos a un pueblo, donde agarramos un autobús hasta Casablanca.

Esperanza al alcance

Durante todo el tiempo desde que habíamos dejado Bamako, hacía ya más de un mes, no nos habíamos lavado. Mi cuerpo estaba cubierto de pulgas y tenía picaduras por todas partes. Era horrible, parecíamos locos.

En Casablanca, cinco de nosotros nos las arreglamos para trabajar en la construcción, pero no ganábamos mucho, y comíamos sólo una vez al día, -un poco de arroz y pescado.

Sabía que necesitaría más dinero para continuar mi viaje, y usé parte del dinero de mi primer sueldo para llamar otra vez a casa por teléfono.

Mi mujer vendió nuestra televisión y mi familia pidió a amigos y familiares algún dinero prestado
Mamadou Saliou "Billy" Diallo

Mi mujer vendió nuestra televisión y mi familia pidió a amigos y familiares algún dinero prestado.

Cuando fui a recoger los $700 que me habían mandado, conocí a otros dos senegaleses que también recogían plata para pagar su viaje a Europa.

Tenían un guía marroquí, que aceptó llevarme a mí también por $600.

En Casablanca los tres tomamos un autobús hacia Tánger, donde nos quedamos en un hotel lleno de migrantes, todos tratando de llegar a Europa.

Esa noche, subí al tejado y ví a unas 20 personas mirando hacia el mar Mediterráneo. Se veían las luces titilando al otro lado del estrecho, en territorio español.

Después de todo por lo que había pasado para llegar hasta allí, ver finalmente mi destino fue una visión asombrosa, aún sabiendo que todavía no había llegado.



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