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Viernes, 26 de marzo de 2004 - 13:31 GMT
"Soy parte de la sociedad holandesa"
Mehdy Kavousy, solicitante de asilo en Holanda con los labios y los párpados cosidos
En febrero 2004, un solicitante de asilo en Holanda se cosió los labios y párpados para protestar.

El paquistaní Zaffar Siddiqui es uno de los 26.000 solicitantes de asilo que podría ser deportado de Holanda en caso de ser aprobada por la cámara alta del parlamento holandés una nueva propuesta de ley.

Mi historia es probablemente similar a la de muchos otros.

Vine a Holanda desde Pakistán, en un momento en que mi país sufría de la incompetencia y la corrupción del gobierno de de Nawaz Sharif.

Decidí que la mejor forma de apoyar económicamente a mi familia era emigrar a un lugar donde fuera posible vivir decentemente, en una sociedad con un funcionamiento "normal".

Entonces, la actitud liberal y tolerante de los holandeses nos pareció particularmente interesante tanto a mi mujer como a mi.

Al principio traté de conseguir estatuto de residente en holanda, pero fui rechazado por no ser ciudadano de la unión europea.

Afortunadamente, un compañero paquistaní con una empresa en Holanda me hizo un contrato de trabajo que me permitió quedarme legalmente durante un tiempo limitado, aunque sin posibilidad de obtener el estatuto de residente permanente.

Así comenzaron varios años de comunicaciones con el ministerio de justicia en relación con su negativa a concederme la condición de residencia permanente.

Parte de la sociedad

Cuando empecé a ganar dinero, empecé a pagar impuestos.

Se me dio un número de seguridad social holandés, y con tenacidad pude consolidar mi posición dentro de la sociedad holandesa.

Me sentía como si tanto mi familia como yo fuésemos miembros activos de la sociedad holandesa... El único problema era que todavía no habíamos recibido ningún permiso oficial para quedarnos
Zaffar Siddiqui

A la compañía que me había empleado originalmente le iba muy bien. Me ofrecieron, y consecuentemente acepté, una sociedad en la compañía. Me convertí en un accionista y me registré con la cámara de comercio.

Tenía un buen sueldo y podía permitirme las comodidades de las que disfruta cualquier ciudadano holandés.

Tenía coche y había convertido mi permiso internacional de conducción en una licencia holandesa.

Mi mujer se quedó embarazada de nuestro primer hijo, y dio a luz en un hospital holandés. Los gastos de maternidad los cubrió mi seguro médico holandés.

Nuestra segunda hija nació casi dos años más tarde.

Nuestras dos hijas fueron a guarderías y recibieron beneficios sociales porque estaban registrados en el ayuntamiento local.

En otras palabras, me sentía como si tanto mi familia como yo fuésemos miembros activos de la sociedad holandesa.

El único problema era que todavía no habíamos recibido ningún permiso oficial para quedarnos.

Aunque las autoridades nunca habían dicho que podría quedarme, -de hecho me ordenaron en varias ocasiones que me marchara-, nunca se esforzaron para echarme del país.

En una ocasión, el oficial de turno en la oficina de ciudadanía se mostró especialmente amable, sugeriéndome modos de retrasar el proceso, y prolongando así mi estancia en el país durante al menos otro año más.

Me quedé con la impresión de que, aunque podría tomar un par de años, eventualmente se me permitiría quedarme legalmente en Holanda con mi familia.

Una situación estresante

Ahora soy autónomo y la mayoría de mi clientela es holandesa.

Vivimos en un suburbio cuya población es predominantemente holandesa. Mis hijos van a una escuela donde solamente hay otros tres niños extranjeros. La mayoría de sus amigos son holandeses.

No hablan urdu, ya que el idioma que se usa en casa es holandés o inglés.

La política que se pretende no le hace justicia a la que un día fue la sociedad más comprensiva y abierta de Europa
Zaffar Siddiqui

Mis hijos, como la mayor parte de los niños holandeses, tienen perpectivas maravillosas. Pero es terrible que ahora se las puedan quitar.

Como dije antes, las autoridades nunca nos prometieron nada, pero al dejar que la situación se alargase durante tanto tiempo, el gobierno permitió que ciertas expectativas naciesen entre aquellos de nosotros que contribuimos de un modo real y positivo con la sociedad holandesa.

Por esto estábamos y estamos listos para trabajar con desesperación, para pagar lo necesario, para respetar las leyes y costumbres de Holanda y para participar activamente en la promoción de la buena voluntad y la prosperidad en nuestra comunidad.

Hay un dicho holandés: "La sopa nunca se toma tan caliente como se sirve". Quizás cuando se alcance el objetivo político que se pretende, y cuaje finalmente el significado real de la expulsión de tantas personas, haya más retrasos y legales y podamos prolongar nuestra estancia hasta que las niñas completen su educación primaria.

Sin embargo, la situación continúa siendo estresante y descorazonadora, y la política que se pretende no le hace justicia a la que un día fue la sociedad más comprensiva y abierta de Europa.



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