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Viernes, 9 de julio de 2004 - 22:22 GMT
De nuestros archivos: Neruda, 1965

El 11 de junio de 1965, a los pocos días de haber recibido el grado de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Oxford, Pablo Neruda sostuvo un largo diálogo con la BBC.

Pablo Neruda en la BBC en 1965.
Pablo Neruda en la BBC en 1965.

En esa ocasión conversó en nuestros estudios con el periodista Carlos Wilson.

A continuación transcribimos esta entrevista, que se publica por primera vez desde que fuera realizada.

Esta publicación forma parte de un esfuerzo de BBC Mundo que buscará, en los próximos meses, poner a disposición de nuestros lectores y oyentes un gran número de valiosas entrevistas que están siendo rescatadas de nuestros archivos.


Los recuerdos de infancia, don Pablo, siempre han tenido una gran importancia en su poesía. ¿Qué podría decirnos usted acerca de esos primeros años en el sur de Chile?

Bueno, usted sabrá tal vez que yo nací en el centro de Chile, en la zona del vino, de las uvas, en la zona más privilegiada por la naturaleza nuestra.

Lugar donde estaba la casa de la infancia de Neruda en Temuco. Foto: Manuel Toledo
Lugar donde estaba la casa de la infancia de Neruda en Temuco. Foto: Manuel Toledo

Mis padres emigraron al sur de Chile y fueron pioneros en la construcción de la ciudad de Temuco.

Yo pertenezco más bien a esa geografía del extremo sur de Chile, que comienza por esa latitud y termina en la Patagonia y en la Tierra del Fuego.

Mi poesía pertenece, íntimamente, sigue perteneciendo, a pesar de mis viajes por el mundo, a esa zona que, subjetivamente y físicamente, impregnó la primera edad de mi poesía y mi formación de adolescente.

En esa misma época, don Pablo, aparte de estos contactos con la naturaleza, también fueron sus primeras lecturas, su primera época apasionada de lecturas, y también sus primeros contactos con algunas...no eran en ese instante personalidades, pero serían después personalidades de la literatura chilena. Tengo entendido, por ejemplo, que a Temuco llegó en esa época, después, como directora del Liceo de Niñas, Gabriela Mistral.

Yo la encontré muy pocas veces. Gabriela vivía muy encerrada en sus trabajos y yo también muy circundado por mi timidez y por mi corta edad.

Gabriela Mistral
Gabriela Mistral llegó a Temuco en 1920.

Yo tenía 14 o 15 años cuando conocí a Gabriela.

Pero Gabriela me dio la deslumbrante sensación de un ser que, completamente local, terrestre, chilena, tenía una mirada universal, o sea, cuanto acontecía en el mundo, y un espacio vital en su lectura y en su capacidad intelectual que, verdaderamente, fue una enseñanza y una lección para mí.

Con su regia sonrisa, sonrisa tan franca y deslumbrante como pocas he visto, ella me tendió los primeros libros de la gran novela europea, en especial ella prefería -y aún me lo escribió en cartas más de una vez- la novela inglesa de la época y la gran novela rusa, que pasó a ser, poco después, la literatura más frecuentada por los escritores de mi generación de América y de España.

Gabriela Mistral me abrió las puertas de una gran literatura que hasta ese momento era desconocida para mí

Con los primeros libros rusos, en castellano naturalmente, que Gabriela me prestó, pude llegar a los dominios extraordinarios y subterráneos de Dostoievski o a la vida de todos los días y a la crítica extraordinariamente sutil de Chéjov, y pudimos leer -no sólo yo, sino muchos otros- a Tolstói y luego a Andréiev, a tantos otros, como Pushkin, Lérmontov.

Gabriela Mistral, en ese sentido, me abrió las puertas de una gran literatura que hasta ese momento era desconocida para mí porque yo me nutría de Julio Verne y de Salgari, que eran naturalmente mis lecturas infantiles que subsistían en mi primera adolescencia.

O sea, cuando llegó a Santiago por primera vez en 1921, ya venía con buenas defensas literarias, por así decirlo.

Sí, ya tenía un conocimiento bastante general de lo más interesante de la literatura universal.

Tendría que nombrar también, junto con Gabriela Mistral, a un poeta chileno enteramente olvidado hasta ahora, él me ayudó muchas veces, don Augusto Winter, el poeta autor de "La fuga de los cisnes", un maravilloso poema romántico.

"Veinte poemas de amor y una canción desesperada" es un libro que está todo impregnado de la naturaleza que yo amaba

Me ayudó a tipografiar y a ordenar los originales del que sería después mi libro "Veinte poemas de amor y una canción desesperada"...

Es un libro que está todo impregnado de la naturaleza que yo amaba y, naturalmente, este libro fue también el producto de una pequeña tragedia literaria para mí.

Yo me había propuesto escribir otro libro anterior, libro que después se llamó "El hondero entusiasta".

"El hondero entusiasta", un libro de frenética ambición literaria, debió ser, sin embargo, frenado por la influencia de grandes poetas que yo leí en ese momento de mi vida.

"Veinte poemas de amor" teóricamente, hablando estrictamente de su forma estética, nace precisamente del rechazo de una forma más ampulosa de expresión para buscar, dentro de mí mismo, una forma más apropiada y más ceñida a mi pensamiento.

En esto, no rehusé siquiera, cuando cambié y comencé a escribir mi libro "Veinte poemas de amor", no rehusé ninguno de los que parecían lugares comunes, y algunas veces recurrí, deliberadamente, a las rimas más pobre de nuestro idioma.

Por ejemplo, en el poema número 15, quise complacerme en un juego entre las rimas "alma" y "calma", voy a leerlo entonces, para recordárselo, el poema número 15:

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

Don Pablo, después de la época de "Veinte poemas de amor y una canción desesperada", que fue publicado en 1924, usted fue nombrado cónsul en Rangún y comenzó una época completamente distinta de su vida, ahora en el Oriente. ¿Qué recuerdos tiene de esta época que, estoy seguro, debe haber sido una de las más apasionantes de su vida?

Sí. Quiero decirle que fue más bien mi curiosidad del mundo y mi deseo de salir andando por otras tierras lo que me llevó a aceptar esa designación...o a buscarla.

No había mucha formalidad en esos tiempos para tales nombramientos.

Fue más bien mi curiosidad del mundo y mi deseo de salir andando por otras tierras lo que me llevó a aceptar esa designación...o a buscarla

Y no hay que tomar muy en serio tampoco, si usted se interesa por estos detalles de mi biografía, tal cosa porque estos nombramientos de cónsules eran casi ficticios.

Lo más que presumían era un pasaporte que pasaba a través de las fronteras, lo que no era muy difícil en aquella época para mí...después ha cambiado un poco la historia.

Y, en el hecho, no significaba ni las ventajas materiales que van asociadas a la palabra consulado o cónsul. No, muy por el contrario.

En aquellos tiempos un nombramiento de cónsul de elección, como se llamaban los casi cónsules de los cuales yo formé parte por tantos años, viajábamos en tercera clase y nos arreglábamos para vivir dentro de los estrictos límites de la honestidad, que era lo único que teníamos que cumplir.

Río Irrawaddy, Birmania, Foto: BBC
Río Irrawaddy, Birmania.

Pero, siendo cónsul en Rangún, por ejemplo, mi única obligación era sellar las facturas comerciales que se traían, las facturas de navegación, y que venían al consulado cada cuatro meses.

Es decir, una mañana de trabajo para cuatro meses, digamos, de abstención, que sirvieron naturalmente mucho para mi poesía.

Igualmente, podríamos recordar que los salarios estaban casi completamente de acuerdo con este sistema de trabajo porque por cuatro meses enteros yo no recibía sueldo alguno y hacía milagros para vivir y para sobrevivir.

Todo esto fue para mí un país extraordinariamente exótico y muy difícil de comprender

Fue una época bastante difícil de mi vida. Tenía yo poco más de 20 años cuando llegué a mi primer puesto consular, en Birmania.

Birmania fue un país bastante difícil y no era exactamente la puerta del Oriente para mí, puesto que si yo pudiera encontrar un país más misterioso y más secreto entre todos los países orientales, sería tal vez éste, que no tenía las tradiciones de la religión hindú, sino que había sido el sitio de una gran revolución religiosa, y el país más budista del Extremo Oriente, con sus grandes monumentos, con su gente impenetrable, con sus antiguos guerreros.

Pablo Neruda con el periodista Carlos Wilson de la BBC.
Pablo Neruda y Carlos Wilson durante la grabación de esta entrevista.

Todo esto fue para mí un país extraordinariamente exótico y muy difícil de comprender.

Agréguese a esto mi desconocimiento de los idiomas de esa región, junto con un clima nuevo, una soledad sobrecogedora para mi vida, y encontrará usted una situación muy difícil para un joven poeta.

De allí nace entonces ese período más sombrío de mi literatura, de mi poesía, que está reflejado en los volúmenes de "Residencia en la tierra".

Si usted quiere leernos ahora algún poema de "Residencia en la tierra"

Voy a leerle precisamente un poema, "Arte poética", que está escrito en Rangún, en el año 1927, me parece.

Entre sombra y espacio, entre guarniciones y doncellas,
dotado de corazón singular y sueños funestos,
precipitadamente pálido, marchito en la frente
y con luto de viudo furioso por cada día de vida,
ay, para cada agua invisible que bebo soñolientamente
y de todo sonido que acojo temblando,
tengo la misma sed ausente y la misma fiebre fría
un oído que nace, una angustia indirecta,
como si llegaran ladrones o fantasmas,
y en una cáscara de extensión fija y profunda,
como un camarero humillado, como una campana un poco ronca,
como un espejo viejo, como un olor de casa sola
en la que los huéspedes entran de noche perdidamente ebrios,
y hay un olor de ropa tirada al suelo, y una ausencia de flores
-posiblemente de otro modo aún menos melancólico-,
pero, la verdad, de pronto, el viento que azota mi pecho,
las noches de substancia infinita caídas en mi dormitorio,
el ruido de un día que arde con sacrificio
me piden lo profético que hay en mí, con melancolía
y un golpe de objetos que llaman sin ser respondidos
hay, y un movimiento sin tregua, y un nombre confuso.

La ida a España, posterior ya, en 1934, cambia por completo este problema suyo de la soledad y se encuentra usted con una generación entera de escritores jóvenes y llenos de entusiasmo por la vida y por la poesía también. ¿Qué podría decirme de estos años en España, este primer tiempo en España?

En verdad, estos años fueron, como usted dice, de revelación extraordinaria.

Yo puedo decir, con cierta autoridad, que esta gran poesía española y esta gran generación que me acogió fraternalmente estuvo ligada al desarrollo político. Es el comienzo de la República. Parecía que todo iba a florecer y estaba floreciendo.

Podría decir que poetas como Federico García Lorca, gran amigo mío de cada uno de aquellos días, aunque se le considere ahora como un clásico de las literaturas europeas, para mí estaba solamente comenzando una obra que pudo ser gigantesca.

María Antonieta Hagenaar, Chas de Cruz, Federico García Lorca y Pablo Neruda. Buenos Aires, 1934. Foto: Fundación Federico García Lorca.
María Antonieta Hagenaar, Chas de Cruz, Federico García Lorca y Pablo Neruda. Buenos Aires, 1934. Foto: Fundación Federico García Lorca.

Igual puedo decir de poetas tan malogrados como Miguel Hernández, muerto en plena juventud, víctima de aquella guerra cruel.

Otros poetas emigraron más tarde, como Miguel Altolaguirre, como Alberti, como Machado.

Yo encontré, al llegar, una fraternidad en la poesía que nunca había visto, hasta ese momento.

Nunca he visto una generación más generosa y acompañaban el ritmo de todas las esperanzas de España de aquella época anterior a la guerra.

Puedo contar como referencia que, reunidos los jóvenes poetas de aquel tiempo, me encargaron a mí, que recién llegaba a España, la dirección de una revista de poesía que, desgraciadamente, duró muy poco, que fue Caballo Verde para la Poesía, cuyo único director alcancé a ser yo.

Yo encontré, al llegar, una fraternidad en la poesía que nunca había visto, hasta ese momento

Esta revista fue impresa por las manos de Manuel Altolaguirre, el poeta, y duró algunos escasos números.

Tendría tanto que contar, de Vicente Aleixandre o de Machado, de tantos de ellos, de Luís Cernuda, que estuvo después en Londres, exilado.

Todos ellos brillaban por su gran inteligencia, su exigencia intelectual, pero también por su acendrado y único patriotismo, su deseo de crear en la tierra española un centro espiritual digno de las grandes tradiciones de España.

En ese sentido, para mí, la guerra española, sin hablar de sus implicaciones políticas, fue una gran tragedia, puesto que arrasó con todo lo que yo veía que se estaba formando: el teatro en España, que encabezado por Federico, iba a tener una carrera deslumbrante, la poesía, que fue truncada al morir Machado, Federico, Miguel Hernández, es decir tres expresiones de diferentes etapas de la más grande poesía después del Siglo de Oro.

En fin, tantas cosas.

"España en el corazón", don Pablo, es un vuelco completo en su poesía. Es decir, todo el tono éste ensimismado de su poesía anterior comienza a abrirse cada vez más y a mirar hacia otros sentimientos, otros continentes incluso. Es decir, comienza este adentramiento en América y la época del "Canto General". La poesía americana y la historia americana en esa época comenzaron a tener sobre usted una penetración muchísimo mayor que antes, ¿no es cierto?

Sí. En realidad, la guerra de España tuvo una consecuencia extraordinaria en mi poesía.

Pablo Neruda y el peruano Esteban Pavletich en Machu Picchu, Perú, 1943. Foto de la colección de Robert Pring-Mill.
Pablo Neruda y el peruano Esteban Pavletich en Machu Picchu, Perú, 1943. Foto de la colección de Robert Pring-Mill.

No sólo hablo del sentido político, sino que me hizo comprender la verdadera dimensión del patriotismo, es decir, el deber del poeta de transformarse en la expresión posible de una nación, de una comunidad.

Y, en ese sentido, me hizo abarcar no sólo la naturaleza o la vida, o los hechos y la historia, la geografía y el canto de mi propio país, sino mirar hacia la profundidad del tiempo y hacia las dimensiones de nuestro continente, considerándolo casi como una sola nación.

En este prólogo del primero de los cantos del "Canto General", podrían estar significados tal vez mis propósitos. Se llama "Amor a América" y es el primero de "La lámpara en la tierra".

Antes de la peluca y la casaca
fueron los ríos, ríos arteriales:
fueron las cordilleras, en cuya onda raída
el cóndor o la nieve parecían inmóviles:
fue la humedad y la espesura, el trueno
sin nombre todavía, las pampas planetarias.

El hombre tierra fue, vasija, párpado
del barro trémulo, forma de la arcilla,
fue cántaro caribe, piedra chibcha,
copa imperial o sílice araucana.
Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura
de su arma de cristal humedecido,
las iniciales de la tierra estaban
escritas.
             Nadie pudo
recordarlas después: el viento
las olvidó, el idioma del agua
fue enterrado, las claves se perdieron
o se inundaron de silencio o sangre.

No se perdió la vida, hermanos pastorales.
Pero como una rosa salvaje
cayó una gota roja en la espesura
y se apagó una lámpara de tierra.

Yo estoy aquí para contar la historia.

Su obra es tan extensa y variada, don Pablo, que hemos leído sólo algunas poesías de algunos de sus libros y ahora nada más que el poema inicial del "Canto General". Tenemos "Las alturas de Macchu Picchu"...tenemos las "Odas elementales", tenemos "Las uvas y el viento"...en fin, hay tantos libros que, para no hacer lo que se suele hacer muchas veces, en universidades de todo el mundo y en clases que se dictan sobre usted, de terminar con su obra, por ser tan gigantesca, en un período temprano, yo preferiría más bien que usted nos leyera algunos poemas de estos últimos libros, tal vez alguna de las odas elementales.

Muy bien. Voy a leerle entonces la "Oda al traje".

Cada mañana esperas,
traje, sobre una silla
que te llene
mi vanidad, mi amor,
mi esperanza, mi cuerpo.
Apenas
salgo del sueño,
me despido del agua,
entro en tus mangas,
mis piernas buscan
el hueco de tus piernas
y así abrazado
por tu fidelidad infatigable
salgo a pisar el pasto,
entro en la poesía,
miro por las ventanas,
las cosas,
los hombres, las mujeres,
los hechos y las luchas
me van formando,
me van haciendo frente
labrándome las manos,
abriéndome los ojos,
gastándome la boca
y así,
traje,
yo también voy formándote,
sacándote los codos,
rompiéndote los hilos,
y así tu vida crece
a imagen de mi vida.
Al viento
ondulas y resuenas
como si fueras mi alma,
en los malos minutos
te adhieres
a mis huesos
vacío, por la noche
la oscuridad, el sueño
pueblan con sus fantasmas
tus alas y las mías.
Yo pregunto
si un día
una bala del enemigo
te dejará una mancha de mi sangre
y entonces
te morirás conmigo
o tal vez
no sea todo
tan dramático
sino simple,
y te irás enfermando,
traje,
conmigo,
envejeciendo
conmigo, con mi cuerpo
y juntos
entraremos
en la tierra.
Por eso
cada día
te saludo
con reverencia y luego
me abrazas y te olvido,
porque uno solo somos
y seguiremos siendo
frente al viento, en la noche,
las calles o la lucha
un solo cuerpo
tal vez, tal vez, alguna vez inmóvil.

Uno de los temas constantes en su poesía, desde su primera poesía hasta la actual, es el tema amoroso. Me parece, don Pablo, que para terminar esta conversación y estos poemas suyos, la mejor manera sería leer alguno de estos poemas amorosos, de sus "Cien sonetos de amor", tal vez.

Los "Cien sonetos de amor" son unos de mis últimos libros, no exactamente el último porque después vienen "Las piedras de Chile" y después el "Memorial de Isla Negra" y también mi libro "Cantos ceremoniales", pero, como usted dice, es un libro para mí más querido que muchos otros porque es un libro en que, como en el primero de mis libros, continúa como tema central el tema del amor.

Aquí voy a leerle uno de esos sonetos.

No te quiero sino porque te quiero
y de quererte a no quererte llego
y de esperarte cuando no te espero
pasa mi corazón del frío al fuego.

Te quiero sólo porque a ti te quiero,
te odio sin fin, y odiándote te ruego,
y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.

Tal vez consumirá la luz de enero,
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.

En esta historia sólo yo me muero
y moriré de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor, a sangre y fuego.



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Pablo Neruda habla con la BBC
BBC 11.06.65 Entrevistado por Carlos Wilson



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