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Miércoles, 20 de agosto de 2003 - 22:56 GMT
Juan y Diego López
Juan López (izq.) y su hermano Diego rezan por su padre Leonardo, "que está en el Cielo".

Diego y Juan López son hermanos. Juan nació el 11 de julio de 1994. Diego, dos años después.

Su padre, Leonardo, trabajaba en el piso 107 de una de las torres gemelas de Nueva York. Allí se encontraba en la mañana del 11 de septiembre de 2001, mientras su familia aún residía en San Pablo Anicano, estado de Puebla, México.

Por demoras en el proceso de inmigración, Imelda Reyes y sus dos hijos sólo pudieron llegar a Nueva York tres meses después de que se cayeran las Torres.

Leonardo era indocumentado, y su familia lo vio por última vez en 1996. Regresar a México le implicaba pagar al "coyote" (traficante de personas) un dinero que no tenía.

Leonardo sigue desaparecido.


Testimonios de Juan
"Yo creo que mi padre está en el cielo"

He pintado las Torres porque ahí trabajaba mi papá. Era cocinero. Es un buen recuerdo. Pienso en él cuando estábamos en México. Él se encariñó conmigo, me enseñó a caminar, no le gustaba que mi mami hiciera los quehaceres, decía que ella no era para eso aunque fuera mujer. Mi papá no nos regañaba. Me sacaba a pasear. Mi padre hablaba de las torres y decía que eran grandes y altísimas. Él veía desde el piso 107 los carros chiquitos y las personas chiquitas como si fueran muñecos. Me hubiera gustado subir en algún momento para conocer y para ver cómo cocinaba mi papá y para aprender a ser cocinero también. He ido al sitio donde estaban las torres. Vi el lugar, estaba bonito porque había parques y estaba el río.

Sueño con mi papá muchas veces. Una vez soñé que estábamos celebrando mi cumpleaños y que me llevaba una bicicleta de esas grandes. Me gusta manejarlas. Desde que tenía seis años ya manejaba. A él le gustaba que yo jugara con ellas pero no en la calle, porque me podía pasar algo. En el patio de la casa sí. Me dijo un día: no salgas, y como Santa Claus me trajo una, yo la disfrutaba en el patio con mis primos, en México.

Vivíamos en Puebla, cuando se cayeron las torres. Fue mi mama la que me contó. Yo estaba en la escuela. Le pregunté a mi mami qué hacía ahí y por qué no había ido a comprar la comida. Mi prima me dijo que ella estaba llorando y volví a preguntar, ahora por qué estará llorando. Y nos dijo. Yo no me quedé callado, pensé que era mentira lo que estaban diciendo sobre la muerte de mi papá... Después nos llevaron el almuerzo, tocaron el timbre y formamos en el salón. Lloré en el patio. Hablar de esto me hace sentir un poco bien y un poco mal.

Mi padre nos hablaba por teléfono desde Nueva York cada viernes. Cuando dejó de llamarnos pensé que se había ido a otro sitio. Y como no llamó más, pensé que ya no nos quería. Cuando mi madre me contó lo que pasó, yo le creí. Me hubiera gustado ver a mi padre otra vez. Verle en el estado que fuere, como vi a mi abuelo cuando se murió, porque pienso que a lo mejor puede aparecer.

Los niños del colegio, en México, no saben lo de mi padre. Las profesoras sí, pero no dicen nada porque yo estoy aquí en Nueva York. Una de las maestras ya se cambió, era la directora y ahora hay un maestro de rector.

Mi papá se vino a Nueva York porque yo me enfermaba mucho. Vino a trabajar para que yo me curara y para construir una casita para los cuatro. No logramos hacer la casita.

Extraño lo que él me decía, lo recuerdo mucho. A mi papá le gustaba que yo estudiara mucho y que sacara buenas calificaciones. Me dijo que guardara todos mis cuadernos para que yo se los enseñara y él pudiera comprarme tenis (zapatos deportivos) o lo que fuera. Así podría estrenarlos en el año nuevo. Yo le dije que sí y cumplí lo que él me pidió.

Me pongo triste cuando rezo. Siempre que nos acostamos nos persignamos porque él nos mira desde arriba. Le decimos un padre nuestro. El viernes tengo más tiempo porque los sábados no tengo clases y el domingo comulgo. Hice la confirmación y la comunión en marzo aquí. La quería hacer en México. Cuando rezo, le pido a la virgencita que cuide mucho a mi papá. Que lo proteja y que nos ayude en nuestros estudios para que saquemos buenas calificaciones y podamos cumplir lo que él nos pidió, que estudiáramos, que nos persignáramos y rezáramos.


Testimonios de Diego
"Me gustaría decirle que lo quiero mucho"

Mi padre no me regañaba, me quería. Cuando me llamaba por teléfono me decía: "Hijo, ¿cómo estás?"

Pinto la casa que mi papá quería para nosotros y a los cuatro. Me hubiera gustado que mi papá me hubiera enseñado a correr, a jugar fútbol y a montar en bicicleta. Me gustaría decirle que lo quiero mucho, que quiero que esté siempre con nosotros. Desde el cielo en donde está que nos cuide y que vamos a estudiar mucho para que él esté feliz.



 

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