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Con sus propias palabras, personas que viven con el VIH en distintas partes del mundo compartieron sus experiencias con la BBC.
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"Tiempo para celebrar"
Philip, Reino Unido
Pronto se cumplirá un año desde mi sero-conversión y me pregunto qué debería esperar exactamente de este aniversario.
Celebrarlo podría parecer un poco mórbido. Algo así como aplaudir a un lanzador de cuchillos que le corta la oreja a su esposa, pero al menos no la mata.
Como en un cuento de Dickens, Philip se quedará sin casa antes de la Navidad.
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Aunque quizás sí es una ocasión para festejar.
Durante este año he aprendido muchas cosas. Estoy más consciente de las opciones que la vida me ha dado y de que pese a que querría actuar de otra manera, todavía sigo dejando para mañana las cosas que me gustaría hacer hoy.
Extrañamente, después de vivir un año con mi pequeño amigo el virus, creo que lo que más siento es esperanza.
De muchas cosas: de que aún no dependo de fármacos, de que los medicamentos mejorarán y mis amigos que los toman se sentirán más contentos y saludables, de que sobreviviré otro año -no sólo del VIH sino de los otros problemas que amenazan mi felicidad-, de que mi psicólogo no decidirá repentinamente cambiar de profesión.
La perspectiva no es inspiradora, pero el pensamiento positivo es algo maravilloso.
Apenas tengo ingresos y mi trabajo, que me encanta, es sólo por media jornada. Antes de Navidad, tengo que dejar el sitio donde vivo. Es como estar en un cuento de Dickens.
Es una falacia decir que las cosas no pueden empeorar. ¡Claro que pueden!
Sin embargo, mientras tenga amigos que me apoyen y el fantástico tratamiento médico que he recibido durante este año, supongo que puedo enfrentar todo lo que venga en el futuro.
Y celebrar este primer aniversario. No por haber contraído el virus, sino por la fuerza que he desarrollado para adaptarme a esta nueva vida.
"Me preocupa mi hija"
Oziel, Sudáfrica
Tengo 34 años y descubrí que tenía VIH en 1997 después de que mi hija de tres meses murió de neumonía.
En la autopsia, los médicos le descubrieron el virus y nos dijeron a mí y a mi pareja que la única forma en que pudo haberlo contraído fue a través de nosotros.
Oziel: "Al principio no lo podía creer".
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Yo estaba impactado, porque ninguno de los dos nos sentíamos mal. Y entramos en un proceso de negación; decidimos que no podía ser cierto.
Luego supimos la verdad.
Los seis primeros meses fueron los más difíciles, porque no me podía convencer. Pero comencé a ir a terapia y a entender acerca del virus y de lo que estaba haciéndole a mi cuerpo.
También me uní a un proyecto de la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA) de Sudáfrica, que apoya a gente viviendo con VIH. Eso me dio una nueva identidad.
Pero no es fácil. Lo que más me preocupa es el futuro de mi hija, que tiene 12 años y no tiene el virus.
Toda mi familia depende de mí, incluidas mis sobrinas y su padre. Mi hermana -la madre de las niñas- murió de SIDA.
Si muero, no podré cuidarlos y ciertamente ellos no podrán hacerse cargo de mi hija.
Me gustaría que ella estudiase, que tuviese oportunidades. No quiero que en unos años más esté vagando por las calles debido a mi muerte.
Por ahora me siento bien, pero no tengo dinero para acceder a tratamientos avanzados ni a exámenes que me permitirían saber en qué estado se encuentra el virus.
Sólo utilizo fármacos básicos y tomo vitaminas. Y continúo viviendo con esperanzas. Soy seropositivo, pero no tengo SIDA. No me voy a morir mañana.
"Me trataron como a una intocable"
Shukria Gul, Pakistán
Mi esposo trabajó durante tres años en Sudáfrica, donde después de un accidente recibió una transfusión de sangre contaminada.
En 1995 se enfermó y descubrimos que tenía el virus del VIH. Más aún, el SIDA ya se había desarrollado. Al poco tiempo murió.
Shukria Gul creó un centro de información del VIH/SIDA en Pakistán.
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Luego me examinaron a mí y también di seropositiva. Afortunadamente, mis hijos, que entonces eran muy pequeños, no se habían contagiado.
Cuando nos diagnosticaron ni siquiera los médicos tenían mucha información sobre el mal. Tanto que mientras mi marido agonizaba, recibimos muy poca ayuda de los médicos.
Y cuando murió hablaron de su enfermedad con la prensa, lo cual me creó muchos problemas.
Había tanta ignorancia, que la gente pensaba que el virus era altamente contagioso. Me trataban como a una intocable.
Por eso decidí viajar a Islamabad para reunir información y tras eso fundé una organización no gubernamental que bauticé Nueva Luz.
Quería aumentar la conciencia sobre el SIDA y ayudar a las personas con el virus del VIH. Quería decirles que sus vidas no han terminado, que no están muertas.
La actitud de la gente está cambiando, aunque aún muy lentamente.
Hace poco realizamos un taller en Peshawar, donde la población es más conservadora.
Un mullah se molestó porque hablábamos de contacto sexual. Nos dijo: "Debemos dispararle a todos los pacientes con VIH. Eso terminará con el problema".
El último día, cuando yo conté que tenía el virus, se levantó y pidió perdón por sus palabras.
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