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Lunes, 29 de diciembre de 2003 - 21:41 GMT
Israel y Palestina en Venezuela
Matías Zibell
Matías Zibell
BBC Mundo, Londres

2003 fue un año en que la BBC estuvo en el punto de mira de la opinión pública internacional. Un reportaje radiófonico de uno de sus periodistas provocó quejas por parte del gobierno de Tony Blair y desencadenó una investigación sobre la muerte del experto de armas David Kelly, fruto de la cual muchos cuestionaron la reputación de precisión e imparcialidad de la "Tía", como se conoce a esta corporación en el Reino Unido. En BBC Mundo también tuvimos nuestros muy serios "desafíos editoriales".

Logotipo de BBC News.
La reputación de la BBC estuvo en juego por el caso Kelly.

Antes que nada, aclaro que nunca estuve en Venezuela y que no soy venezolano (soy argentino lo cual ya es bastante complicado).

No conozco bien la historia de Venezuela ni sé de memoria cada trazo de su geografía.

Sé de la rivalidad entre venezolanos y colombianos, porque tengo amigos de los dos países y disfruto con las bromas que se juegan.

Me cuentan mis "panas" de Venezuela que su país es hermoso y su capital fascinante y peligrosa. ¡Qué vaina!

Comencé a enterarme sobre esa nación sudamericana hace cuatro años, cuando llegué a la BBC (estoy seguro de que antes de que asumiera Hugo Chávez ocurrían cosas en Caracas y alrededores, pero las noticias latinoamericanas no suelen ser las principales en los medios argentinos).

Pero con toda mi ignorancia admitida y mi deseo de aprender cada vez más, ya llevo dos años en medio de un fuego cruzado entre dos bandos que, como los pacificadores del poema de Benedetti, "cuando apuntan... apuntan a pacificar".

Censo chino

Admito, además, que no tengo favoritismos ni por el gobierno ni por la oposición, aunque sí un poco de tristeza por los venezolanos que han quedado en medio de tanto enfrentamiento.

Me considero una persona y un periodista (que no siempre son la misma cosa) objetivo, excepto cuando desde Londres escribo sobre los millones de niños del África subsahariana que han perdido a sus padres y han sido adoptados por el SIDA, o cuando en Irak entrevisté a un hombre que perdió a diez miembros de su familia en 30 segundos, con la puntualidad de una bomba británica. En esos casos me pongo un poco nervioso.

Me considero una persona y un periodista objetivo, excepto cuando desde Londres escribo sobre los millones de niños del África Subsahariana que han perdido a sus padres y han sido adoptados por el SIDA, o cuando en Irak entrevisté a un hombre que perdió a diez miembros de su familia en 30 segundos, con la puntualidad de una bomba británica. En esos casos me pongo un poco nervioso.

Pero cada vez que con la mejor voluntad, precisión periodística y la tranquilidad del Dalai Lama escribo sobre Venezuela, no pasan 24 horas sin que lleguen mensajes a la redacción acusándome de conspirador castrista-chavista a favor de una América Latina comunista y roja, o de fascista oligarca burgués asesino del pueblo y su voluntad soberana.

Esto no me pasa sólo a mí, sino a todos mis compañeros sean uruguayos, mexicanos, peruanos o chilenos.

La situación es tal que cada vez que algún editor entrega una noticia de Venezuela para escribir, el destinatario es mirado por los otros periodistas como el niño castigado por el profesor malhumorado. En ese momento, uno preferiría redactar un informe sobre el último censo en China, incluyendo los nombres, apellidos y dirección de cada uno de los involucrados.

Los mensajes que llegan superan los mil por semana. Nuestro mejor termómetro de que mantenemos la línea de flotación es que unos cientos nos empujan por izquierda y otros cientos por la derecha.

Manifestación en Venezuela.
Venezuela: uno de los temas más sensibles y polémicos de 2003.

A veces, el canal de televisión inglés de la BBC realiza alguna entrevista o emite algún video y las olas de un naufragio del que no tenemos noticias nos salpican sin saber de dónde viene el agua.

Además de los mensajes, nuestros nombres y los de la página aparecen en decenas de sitios de internet de uno y otro lado, acusándonos de conspirar o, simplemente, de mentir.

Amo las teorías de las conspiraciones. He leído tantas novelas de conspiración que si me preguntan, para mí los marcianos y los venusinos estuvieron detrás del asesinato de JFK. Pero nunca me imaginé que, con sólo levantarme y venir a trabajar, iba a ser parte de una estrategia internacional para destruir a un país en el que ni siquiera he estado.

Y en el Viejo Testamento

El nivel de ira en los mensajes que nos llegan sólo es comparable en nuestro correo a otra rivalidad feroz: la de israelíes y palestinos.

La única diferencia entre ambos casos es que desde Venezuela, al menos nos llegan decenas de mensajes agradeciéndonos por mantener la imparcialidad entre tanto intercambio de golpes.

Pero en Medio Oriente, cada vez que la situación empeora, es decir, cada dos segundos, decenas de correos aparecen en nuestras computadoras acusándonos de pertenecer a la conspiración sionista internacional en contra del oprimido pueblo palestino o, en su defecto, de antisemitas descarados perseguidores de judíos.

Los mensajes que llegan superan los mil por semana. Nuestro mejor termómetro de que mantenemos la línea de flotación es que unos 500 nos empujan por izquierda y otros 500 por la derecha.

Pero en esa región del mundo se vienen peleando hace miles de años. Desde que Abraham tuvo hijos con dos mujeres distintas, Agar y Sarah, las cosas no andan demasiado bien en la vecindad.

Lo que me pregunto, mientras releo la guía de teléfono de China, es por qué se llega a estas situaciones de hostilidad absoluta.

La única respuesta que se me ocurre es la que da el escritor austriaco Stefan Zweig en su libro "El mundo de ayer". En plena Primera Guerra Mundial, él y otros colegas tratan de evitar el intercambio de insultos entre los intelectuales europeos, pero al final, derrotado, termina admitiendo que la tarea era titánica ya que "es muy fácil trabajar con el odio".

Mi trabajo es esquivar el odio y tratar de ser objetivo en todas la noticias que escribo, incluyendo Venezuela, un lugar donde -aclaro nuevamente- nunca estuve.



 

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