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Escribe: Lyse Doucet.
  Especiales: 2001 - 11 de septiembre - 2002
Martes, 27 de agosto de 2002 - 16:25 GMT
Un milagro que no fue
Soldados Pashtun.
Las tensiones siguen presentes entre las diferentes facciones afganas.
Escribe Lyse Doucet, corresponsal de la BBC en Afganistán

Al principio, fue sólo un susurro, un cauto comentario en los días posteriores al 11 de septiembre.

Para muchos afganos dentro y fuera de su país, que habían observado los dramáticos acontecimientos ocurridos en su tierra en los últimos años, la campaña internacional que comenzó a tomar forma tras los atentados en Estados Unidos fue un rayo de luz en medio de un cielo tormentoso.

Tras tres décadas de inestabilidad política, brillaba un rayo de esperanza. Muchos temían entonces y todavía lo hacen, que esta era la última oportunidad para Afganistán.

Un año más tarde parece que esta fue una oportunidad perdida.

Dos guerras

Desde el principio se han librado dos batallas muy distintas en Afganistán.

Ministro de Defensa de Afganistán, Mohamed Fahim.
El ministro de Defensa sobrevivió un intento de asesinato.
Para el gobierno de Estados Unidos, la prioridad es acabar con los últimos reductos del Talibán y de la organización al-Qaeda, pero para los afganos, lo que importa es tener algún día un país en donde impere la ley y no las armas.

Difícil pues conciliar estas dos posturas porque parte de la estrategia de EE.UU. implica facilitar armas y poder a algunos de los Señores de la Guerra y los comandantes que suponen una amenaza para la continuidad del gobierno de Hamid Karzai y para que su poder se afiance más allá de Kabul.

¿Hasta cuándo?

Además, los afganos se preguntan cuánto tiempo durará la llamada "guerra contra el terrorismo" que se libra en su territorio.

El incidente en el que aviones estadounidenses bombardearon a los asistentes a una boda en el centro de Afganistán, matando a varias decenas, provocó enojo en la opinión pública y un endurecimiento de la actitud oficial del gobierno.

Desde el comienzo de la campaña hubo profundas contradicciones entre los objetivos políticos y militares de la misma.


La falta de seguridad sigue siendo el principal problema de Afganistán

Lakhdar Brahimi, ONU.
La enorme maquinaria armamentística de Estados Unidos aseguró la caída del régimen Talibán pero tuvo como resultado la entrada victoriosa en Kabul de la Alianza del Norte, dominada por la etnia tayika, que tomó una enorme parcela de poder en el nuevo gobierno -parcela que se ha ampliado con cada nueva fase del proceso político, particularmente en los cuerpos de seguridad y en el aparato de inteligencia.

Fuerza para la paz

Los líderes afganos no se cansan de decir a quien quiera escucharles que sólo se obtendrá estabilidad y orden si se facilita al gobierno poder económico y fuerza militar.

Hamid Karzai ha recorrido el mundo pidiendo que las fuerzas internacionales que garantizan la seguridad en Kabul se extiendan a otras zonas del país.

Su petición es apoyada por grupos de derechos humanos, por algunos militares occidentales que han servido en Kabul y hasta por la ONU.

Refugiados afganos.
Los refugiados ya han escuchado suficientes promesas.
En julio pasado, el representante especial de Naciones Unidas, Lakhdar Brahimi, dijo ante el Consejo de Seguridad que "la falta de seguridad sigue siendo el principal problema de Afganistán".

Y añadió que la expansión de las actividades de las fuerzas internacionales tendría "un impacto enorme", con un costo humano y económico "muy limitado".

La estrategia estadounidense es financiar y entrenar a un nuevo ejército afgano formado por personas de todas las etnias. La idea es apoyada por las otras potencias internacionales que desean evitar a toda costa verse inmersas en una operación de paz peligrosa.

Adiós a la esperanza

Los afganos tienen también la sensación de que las promesas de ayuda se han esfumado. En las semanas posteriores al 11 de septiembre, un coro de líderes mundiales y responsables de agencias humanitarias prometieron que Afganistán no sería abandonado y que su población recibiría apoyo "hasta el final", en palabras del primer ministro británico, Tony Blair.

Se prometió recordar los errores del pasado y no repetirlos. Para una población deprimida por años de guerra, sequía y absoluta miseria, este "abrazo" del mundo parecía ser poco menos que un milagro.

Hubo buenas intenciones pero poco más. De los US$1.800 millones prometidos en enero para el primer año sólo ha llegado una parte. Algo para el gobierno y un pellizco para la tan necesaria reconstrucción del país.

Los donantes ya dejaron claro que no habrá más "regalos" hasta el próximo año fiscal. Se responsabiliza de los retrasos a la burocracia, los problemas de seguridad y la fatiga de los donantes. Hasta la oficina de refugiados de la ONU, la ACNUR, se ha quedado sin dinero para ayudar a los afganos a regresar a sus hogares.

Hubo quien lo venía venir. En diciembre pasado, el responsable del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, Marl Malloch Brown, urgió a todos los países donantes a "firmar los cheques ahora", antes que la atención se trasladara a otro lugar del globo.

El futuro en juego

Hamid Karzai empieza a sentirse presionado, incluso por su propia etnia Pastún.

La última reunión de la Asamblea tribal o Loya Jirga le ratificó con amplitud pero ya se escuchan muchas voces en Afganistán que le reprochan no haber consolidado su mandato y haber reducido el poder de los señores de la guerra.

Hamid Karzai
La presión sobre el presidente interino se intensifica a diario.
El reto de Karzai es probar que su política de conciliación y no confrontación es la más adecuada. Pero sin un ejército bajo su control, ni grandes recursos, su poder de persuasión es muy reducido.

Mientras tanto, llegan informaciones de desórdenes y enfrentamientos en las provincias.

Así las cosas, la ayuda financiera no es sólo necesaria para reparar los desastres de la guerra sino el único instrumento que podría utilizar el gobierno para convencer a los hombres de armas de trabajar para y no en contra del gobierno y persuadirlos de que la única posibilidad viable es la reconstrucción y la paz.

Los horrores del 11 de septiembre provocaron una nueva estrategia geopolítica y también nuevos desafíos para Afganistán y para la comunidad internacional. Un año después, no hay buenos presagios.

Si -como parece probable- Estados Unidos y quizá algunos de sus aliados lanzan una campaña contra Irak, Afganistán pasará a un segundo plano, y los afganos verán partir a las tropas y, con ellas, al dinero y la esperanza de un futuro mejor.


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