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Viernes, 2 de abril de 2004 - 10:32 GMT
Diario de un tumor: sin términos medios

En agosto de 2002 los médicos le diagnosticaron a Ivan Noble, periodista de BBC News Online, un tumor cerebral maligno.

Desde entonces, Noble ha venido compartiendo sus experiencias con los lectores, en su columna en internet.


Estoy escribiendo esta columna al amanecer, observando cómo la luz se asoma sobre el agua, y mirando a los cerros cubiertos de nieve, en un remoto y bello rincón de Escocia.

Espero con ansias la llegada de otro día más para entretener a mi hija de dos años, quien no parece haberse inmutado demasiado con el contraste entre la bulliciosa Londres donde vivimos y el lugar en el que estamos ahora, donde las vacas pastan y nos miran con ojos perdidos.

Y para ser honestos, lo que sucede realmente es que ella nos está entreteniendo a nosotros.

A medida de que mi futuro se vuelve más incierto y la vida más y más intensa, mi percepción de la realidad va cambiando

Vino con una amiga suya apenas unos meses mayor. Es increíble la energía que tienen.

Afortunadamente somos bastantes aquí para recibirla.

El estar aquí me ha ayudado a relajarme y dejar el estrés de lado, de un modo que creo debe ser tan bueno como los tratamientos médicos a los que debo someterme.

Blanco y negro

He comenzado a darme cuenta de que a medida que mi futuro se vuelve más incierto y la vida más y más intensa, mi percepción de la realidad va cambiando.

Éstas son las típicas vacas de la región de Escocia donde se encuentra de vacaciones Ivan.

Siento como si hubiera perdido el término medio respecto a mis opiniones.

Todo es o terrible o fantástico. Rara vez algo me parece simplemente "bien".

El viaje a Escocia es absolutamente mágico.

Incluso el ir a ver una película intrascendente me deja fascinado y me paso horas discutiendo la calidad del filme con mi mujer hasta que me doy cuenta de que ella -y probablemente todos los demás en el cine- se sienten menos enfervorizados por lo que hizo o dejó de hacer Jennifer Aniston.

Me encontré con algunos compañeros de trabajo antes de venir para aquí y la pasé extremadamente bien.

Pero me di cuenta cuando me fui de lo extraño que debió haber sido para ellos conversar con este monstruo hasta las orejas de esteroides, que no paraba de hablar ni un minuto, y que los inundó con más información de la que quieren saber.

Pero la reunión estuvo buenísima y sólo me da pena por la gente que quería ver y extrañaba tanto.

No me llamen

Con el entusiasmo también llegó la furia.

Suena el timbre. Es alguien que quiere venderme algo pero que pretende ser un nuevo vecino que por pura casualidad ha comenzado un nuevo negocio.

En este momento estoy con mi enfermero recolectando información para un estudio sobre las posibles causas de mi tumor.

Nunca fui una persona paciente. Tengo que cerrarle la puerta en la cara antes de que un insulto se me escape de la boca.

No tengo tiempo para perder en esas tonterías.

Pero mi cuota de furia especial está reservada para mi banco.

Siento como si hubiera perdido el término medio respecto a mis opiniones. Todo es o terrible o fantástico. Rara vez algo me parece simplemente "bien"

Hasta hace poco, me llamaban para tratar de venderme cosas que una simple mirada a mi cuenta bancaria les hubiese servido para entender que yo no era el cliente apropiado.

Lo hacían además de una manera bastante irritante. Hablando con un tono seco, anunciando solamente a qué banco pertenecían y preguntándome información personal como medida de seguridad antes de proseguir.

Sin tomar en cuenta el hecho de que deberían ser ellos los que se identifiquen y no el cliente, actúan como para dar la impresión de que te están llamando por algo importante.

Si eres lo suficientemente tonto como para continuar la conversación -como yo lo he sido en varias ocasiones- la charla se convierte en una verdadera pérdida de tiempo.

Luego de varios intentos fui calificado de algo así como "contacto telefónico infructuoso" y finalmente dejaron de llamarme.

Hasta ahora.

La amenaza telefónica ha regresado y debo confesar que he descargado toda mi furia sobre ellos.

Después comencé a escribir cartas mentales al departamento de quejas hasta que me tranquilicé lo suficiente como para pensar "¡qué pérdida de tiempo!".




 

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