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Lunes, 12 de mayo de 2003 - 15:36 GMT
Emergencia médica en Irak
Hospital en Irak
Los hospitales iraquíes no se dan abasto.
Escribe Matthew Price, corresponsal de la BBC en Bagdad.

Un hombre se encuentra todavía de pie en el departamento de emergencias, después del caos producido por el accidente.

Está desnudo. Me da la espalda. Su rostro mira hacia el suelo, aunque dudo que pueda ver algo.

Sus brazos han sido levantados del cuerpo para que el doctor pueda ponerle una crema sobre su torso. Cuando acaba el procedimiento es gentilmente llevado a la cama del hospital.

Y ahí permanece. Su rostro amarillo, sus piernas con marcas rojas donde la piel ha sido quemada. Muriendo lentamente.

Niño herido
Los calmantes casi no alcanzan.
Hay muchos como él en el departamento de emergencia del hospital "Saddam Medical City". Todos llegados después de una explosión en una estación de gasolina.

Una mujer grita entre lágrimas: "Saddam y Bush son bastardos. Mataron a nuestros hombres".

Sólo quedan calmantes en el hospital para cuatro inyecciones. No hay fluido para esterilizar los equipos. Muy poco personal para atender a los pacientes.

No hay comunicaciones, nadie que coordine la respuesta a este desastre. Cuando se va la electricidad los doctores aún pueden hacer menos.

Uno de ello viene hacia mí, mientras el eco del gemido de los pacientes se escuchan en la oscuridad.

"¿Puede ver contra lo que estamos? ¿Puede verlo ahora?. Todo lo que puedo ver es una mujer tratando de ventilar a su hijo con una placa rayos x.

Víctimas de disparos

Crisis médica en Irak
Muchos lloran las pérdidas de sus seres queridos.
Al igual que la mayoría de las cosas en Irak, el servicio de salud está cada vez peor.

Conocí al doctor Ahmed tratando de curar a la víctima de un disparo.

"Por aquí ingresó la bala", me dice señalando hacia la frente. "Y salió por aquí, a través de su quijada".

El doctor Ahmed me explica que en una hora vio ingresar a 15 personas con heridas de bala. Entre ellos un niño de seis años con un disparo en el estómago. Provocado por otro menor de cinco años que había encontrado un arma.

Las armas se han convertido en parte de la vida cotidiana desde la caída de Saddam. No existe un gobierno que imponga la ley, por lo que la gente se arma a sí misma.

Cada noche, a eso de las 23:30 escucho los disparos provenientes de varios puntos de la ciudad. Cualquiera que afirme que la paz llegó a Irak, obviamente no ha visto esto último.

El calor del verano

Herido iraquí
El sistema de salud está cada vez peor.
La emergencia que viven los hospitales iraquíes se debe en parte a los años de sanciones. La guerra exacerbó estos efectos. La mala administración también jugó su parte.

Los doctores afirman que altos ejecutivos sustrajeron medicamentos para venderlos en el mercado negro. Aseguran que estos gerentes amedrentaron al personal, forzándolo a administrar drogas vencidas.

Durante los saqueos del Ministerio de Salud, tras la caída de Bagdad, se encontraron medicamentos esenciales que nunca fueron entregados a los doctores.

Muchos de estos ejecutivos niegan las acusaciones. Todavía están en control del hospital.

Ahora que llegó el verano las cosas parecen empeorar. Las reservas de agua de Bagdad son escasas y sucias. La disentería acecha y los doctores ni siquiera tienen medicinas para tratar el problema.

También han pedido a la única organización humanitaria que ha llegado aquí, que les ayude a conseguir medicinas para atacar la fiebre negra. La enfermedad es contagiada por una mosca y, sin tratamiento, el 90% de los afectados muere. Por el momento, parece que nadie está en capacidad de traer los medicamentos.

¿Dónde está el doctor?

El peor momento en el hospital es al alba. Me dirijo al quinto piso, donde muchas de las víctimas de incendio son atendidas. Por sus propios parientes. No ha habido un doctor en el área por seis horas.

Un hombre se encuentra parado junto a su hermano. Está llorando y ocasionalmente levanta la cabeza para gritar sin dirección a nadie en particular.

"¿Dónde está el doctor? ¿Dónde está el doctor?" Los doctores están durmiendo. Han estado trabajando todo el tiempo desde el inicio de la guerra.

El hombre me mira, sus ojos están llenos de lágrimas. Golpea la cama con su puño, gritando a su hermano que pare de moverse, para evitar que las quemaduras se agraven. Sin saber cómo ayudar.

Afuera, los pájaros comienzan a cantar ante otro hermoso día, el cielo está entre rozado y azul.

Mientras camino de vuelta por el corredor, noto -a través de una puerta ligeramente entreabierta- a un hombre de rodillas, llorando. Dentro de una cama, la sábana dibuja la silueta de un cuerpo que está debajo.

Es la última víctima de la llamada paz en Irak.


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