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Miércoles, 12 de marzo de 2003 - 22:38 GMT
Como el fin de un romance
El corresponsal de la BBC en Buenos Aires, José Baig, ha decidido dejar de fumar.
Pero con fuerza de voluntad y la ayuda de un curso para los que quieren ser ex fumadores, Baig ha comenzado la batalla y, además, ha decidido contar su experiencia. Ésta es la quinta entrega.
En cartas y en persona me preguntan "¿qué pasó con tu columna?", "¿abandonaste?", "¿estás fumando de nuevo?". "Nos quisimos tanto" fue un nombre elegido para hacer un simil entre dejar de fumar y terminar una relación amorosa. Y siempre es doloroso el final, aunque sea uno quien tome la decisión de dejarlo hasta ahí.
"¿Estaré tomando la decisión correcta?", "¿no será demasiado radical?", "¿de verdad funciona tan mal la cosa?", "¿es un buen momento para terminar?", son preguntas que no dejamos de repetirnos durante esos días. Con el cigarrillo pasa lo mismo. Uno se encuentra, comparte el día a día, pasa buenos momentos, pero siempre consciente de que la relación tiene que terminar y con un nudo en la garganta que nos impide dar el paso definitivo. Y ese día llegó. Era la cuarta sesión del curso para dejar de fumar. "Vamos a hacer la prueba de estar 48 horas sin fumar", nos propusieron. El perfecto equivalente al "vamos a darnos un tiempo" de las relaciones que terminan. Después del anuncio, dedicamos el resto de la sesión a negociar cómo iban a ser esas 48 horas. "¿Se puede fumar un cigarrillo después de las primeras 24?", preguntó alguien, en perfecta concordancia con el "¿podemos seguir siendo amigos?".
Termina la sesión. Unos se fuman su último cigarrillo. Otros deciden que las 48 horas comenzaron con el que disfrutaron minutos antes de la reunión. Dos días para ponerse a prueba. Es la etapa de "no voy a llamar" de las relaciones. Las primeras horas son de sueño. ¡Qué bien! Son las siete y media de la mañana del día siguiente. Ya pasaron ¡nueve! de las 48 horas. Hay que empezar ahora a sortear obstáculos. El primer café de la mañana es casi siamés con la primera calada. La satisfacción del almuerzo no es completa sin el delicioso humo paseándose por la tráquea. La comedia estadounidense de la noche es insufrible sin el cigarrillo entre los dedos. Por lo tanto, ni café en la mañana, ni almuerzo con sobremesa, ni televisión en la noche. En vez de eso, sólo jugo de naranja, un sandwich frente a la computadora y un libro que hace meses tengo pendiente.
Cuando llegamos a la sesión de esa noche, al saludar a mis compañeras siento el aroma fresco de su cabello, en vez del olor a cigarrillo que tenía 48 horas antes. La ropa de todos también. Huele a ropa lavada, no a cenicero. Todos estamos felices. Algunos de mis compañeros fumaron, pero muchísimo menos que su promedio. La sensación es que todos estamos más cerca de abandonar el cigarrillo para siempre. ¿Se podrá? Ya superé la etapa del "no quiero hablar de eso", así que les cuento más en la próxima entrega. |
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