A mediados de verano, la campiña francesa en las zonas altas de la Provenza estallan en los colores lilas y violáceos de los campos de lavanda y el amarillo intenso de los girasoles.
La lavanda es natural de los Alpes del sur. Desde el siglo XVI, los campesinos provenzales producen con ella ungüentos curativos y aceites que matan lombrices intestinales.
La lavanda florece en las tierras calizas y el clima tórrido de la Provenza, a más de 700 metros de altitud. Un híbrido conocido como lavandina crece en las zonas más bajas.
Una tonelada de lavanda seca produce entre 5 y 10 kilos de aceites esenciales. La lavandina puede producir 10 veces más, pero de menor calidad.
Las flores se cosechan entre julio y septiembre y luego son destiladas por los lugareños, quienes extraen los aceites esenciales tan cotizados en la industria cosmética.
El efecto que produce la fragancia embargante sólo puede compararse con los zumbidos de las miles de abejas mieleras en plena faena.
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