Varios centenares de personas habitan en las islas flotantes, las cuales tienen tamaños de entre 30 y 70 metros de diámetro.
Los habitantes son descendientes de los indígenas uros, los cuales se fueron a vivir en el lago para huir de los incas. En la década de los 60 entraron en contacto con el mundo moderno.
Caminar por sus islas es una sensación muy extraña, es como pisar un colchón muy suave.
Los niños a menudo nacen en los islotes. Ahora pueden estudiar en una escuela misionera.
Muchos uros se han mezclado con los indígenas aymaras. Muchos, también, se han convertido al catolicismo.
Algunos se preguntan qué ocurrirá en el futuro: el dinero del turismo ha traído beneficios -pueden comprar alimentos más variados, paneles solares- también está afectando sus tradiciones.
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