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Lunes, 17 de julio de 2006 - 19:32 GMT
"Hay que resistir"
José Vericat
Haifa

"Nos obligaron a construir el refugio y no queríamos. ¿Para qué íbamos a construir un refugio?, nos preguntamos. Lo terminamos hace tres meses y ahora mira que bien", dice Rachel Siles, de 59 años, propietaria de un hostal de Haifa.

Evacuación de heridos tras el impacto de un misil lanzado por Hezbolá en Haifa
Medio centenar de misiles de Hezbolá cayeron el lunes en el norte de Israel.
Durante los últimos días en Haifa las sirenas suenan constantemente, desde las seis de la mañana hasta el atardecer.

Los habitantes han comenzado a desarrollar una rutina. Las calles están más vacías que nunca pues se han percatado de que casi siempre suenan demasiado tarde, después de que haya caído algún cohete Katyusha.

"Ayer no sonó ninguna sirena y de repente escuchamos disparos. Nos asustamos. Después escuchamos por la radio que hubo muertos. Es muy duro porque es una lotería", añade Rachel.

Y explica: "Todos los clientes que no son bahai se han marchado. Se levantaron en medio de la comida y dijeron: aquí está el dinero, no queremos nada más y se fueron corriendo. Así terminó la temporada, se nos acabó el trabajo", agrega con una sonrisa.

La Rosa del Mar

Mapa donde figura la ciudad de Haifa al norte de Israel
Haifa, conocida como la Rosa del Mar, es además el centro de peregrinación de los fieles de la fe bahai, la más joven de las religiones del mundo. Ellos son prácticamente los únicos huéspedes que quedan en los hostales de la ciudad.

El lunes cayeron unos 50 misiles en el norte de Israel, disparados por la milicia islámica Hezbolá. Y cada vez alcanzan más lejos y más al sur del país.

Al atardecer, Amir, un joven árabe-israelí de 25 años, se encuentra en el paseo marítimo de Haifa, sentado en un banco charlando con un amigo. Amir trabaja a dos cuadras de donde cayeron los misiles el domingo contra Haifa que mataron a nueve israelíes.

"Hay que resistir, no tenemos opción. Espero que todo acabe bien", dice mientras contempla el mar y los barcos que se han alejado de la costa para evitar ser alcanzados por los disparos desde El Líbano.

Amir asegura no tener miedo de estar en la calle: "Un minuto antes de que caigan los misiles suena una sirena así que nos da tiempo para escondernos allí en ese edificio".

Y añade: "Lo que tememos es que mañana por la mañana comience de nuevo. Esperemos que no. Pero pasará lo que tenga que pasar. Mientras hay silencio".

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