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Miércoles, 6 de abril de 2005 - 19:16 GMT
Nueve horas por sólo un minuto

Max Seitz
BBC Mundo, enviado especial a Roma

El enviado especial de BBC Mundo al Vaticano, Max Seitz, se sumó a las decenas de miles de personas que soportan en fila la larga espera para darle su último adiós al papa Juan Pablo II y nos cuenta su experiencia.

10:30

Me zambullo en el río de fieles, turistas y curiosos de todo el mundo para tratar de visitar la capilla ardiente de Juan Pablo II. Estoy en una calle lateral que da a la Via de la Conciliazione, la cual conduce a la basílica de San Pedro. Se forma un gran embudo para llegar hasta el camino vallado en medio de esta calle.

Fila para despedir a Juan Pablo II
La multitud espera horas de horas para dar su último adiós al papa.

Me rodean ancianos, adultos, niños y muchos jóvenes. Se ven numerosas banderas polacas con una franja negra por el luto, carteles de parroquias italianas y alguna que otra insignia latinoamericana.

A veinte metros hay un grupo de colombianos con su bandera. Uno de ellos ha quedado rezagado y le pregunto si va a aguantar la espera. "Aquí me ve", me responde resuelto. A mi lado, una anciana venezolana me comenta: "Yo no sé si voy a soportar".

Pasan varias horas, hemos avanzado muy poco. Prácticamente no hay lugar para moverse; la fila se desplaza a fuerza de empujones. Algunos pierden la paciencia prematuramente. Alguien insulta en voz alta.

El sol pega fuerte y hay quienes comienzan a pedir agua. Otros abren paraguas para protegerse. Yo sólo tengo un papel blanco todo escrito para cubrirme la cabeza.

Al mediodía comienzo a lamentar no haber comprado un sandwich, mientras veo a varios italianos sacar pizzas y "panini" de sus mochilas.

15:00

Cuando mi paciencia y la fortaleza física comienzan a menguar, consigo entrar al sendero vallado en la Via de la Conciliazione. Ya no vale la pena abandonar el intento. La vista de la basílica, a unos 600 metros, renueva las esperanzas de llegar. "¡Aleluya!".

A los fieles se les reparte agua.
La espera se hace bajo el sol romano.

Además, quienes me rodean me contagian su ansiedad por entrar a la capilla ardiente. Los jóvenes corean: "Giovanni Paolo".

Las fuerzas de seguridad regulan el paso en varios tramos. Cada vez que abren el "dique" de este caudaloso río humano, se producen corridas y uno que otro tropezón; hay botellas de agua vacías sembradas por todo el camino.

A ambos lados de la Via de la Conciliazione han instalado pantallas gigantes en las que pasan imágenes en vivo de los fieles despidiéndose de Juan Pablo II. Por los altavoces se escucha el Ave María. La gente reza, canta canciones religiosas.

15:30

Ahora me encuentro a unos 400 metros de la basílica. Si al principio la fila se movía cada hora, ahora lo hace cada 10 a 20 minutos. Todos aguardan de pie con estoicismo.

Un periodista extranjero y su camarógrafo se cuela en la fila para recoger testimonios de fieles franceses. Encuentran a uno dispuesto a hablar. Al resto no le hace mucha gracia añadir más incomodidad a la ya existente.

Tras escuchar algunos versículos del Evangelio según San Juan, algunos grupos aplauden para darse ánimo. Falta poco, sí.

16:15
Fila para despedir a Juan Pablo II
Falta poco para llegar a las escalinatas de San Pedro

Atravieso las columnatas y entro a la plaza de San Pedro. Algunos -incluido yo mismo- caminan con dificultad, con las piernas entumecidas por la espera. Pero seguimos adelante.

Tres jóvenes italianos comentan lo que uno de ellos acaba de escuchar en su radio portátil: que se esperan unos dos millones de polacos para el funeral de Juan Pablo II. "Sólo polacos", insiste el dueño del aparato.

A juzgar por las banderas que veo en la fila, no cabe duda de que muchos ya están aquí.

16:45

Estoy frente al obelisco que se encuentra en el centro de la plaza de San Pedro, cuya base se ha convertido en un altar improvisado al papa fallecido, con flores, cartas, fotos y velas. Un paño blanco pintado con aerosol dice: "Hemos venido a adorarte".

Cuando comienzo a rodear el obelisco por la derecha rumbo a la escalinata de la basílica, quedo cerca de un sacerdote que, muy concentrado, prepara su "súpercámara" para captar el momento en el que verá a Juan Pablo II.

Frente a mí, una mujer italiana atiende su "telefonino" y se queja con Rossana de lo poco que ha avanzado la fila. "Estoy desde la 10", comenta. Media hora antes que yo, pienso... Me doy cuenta de que lo mío no es tan grave.

Sin embargo, el hambre me ha debilitado. Apenas unos chicles y una botella de agua que recogí anteriormente me mantienen en pie. "¡Mamma mia!".

17:50

Falta muy poco para llegar a las escalinatas de San Pedro. "Apaguemos el celular por respeto", le recomienda una joven a su madre.

Yo casi tropiezo con una de las botellas vacías en el suelo. Repiro profundamente y continúo.

18:00
Algunos -incluido yo mismo- caminan con dificultad, con las piernas entumecidas por la espera. Pero seguimos adelante.

Empiezo a subir las escalinatas de la basílica. El paso se acelera, mientras suena una pieza de música sacra. A través de la puerta, en la que han colocado una cortina púrpura de terciopelo por el luto, veo claramente la parte superior del altar mayor.

Algunos padres llevan en andas a sus niños exhaustos.

18:10

Camino por la nave central de la basílica de San Pedro rumbo a la capilla ardiente de Juan Pablo II. Por los altavoces de escucha ahora el Ave María y los fieles responden al rezo.

A medida que se acercan, muchos visitantes parecen más preocupados por tener sus cámaras y sus "telefoninos" listos que por otra cosa.

Me coloco en el centro de la fila; me han contado que es una posición estratégica porque, estando frente al papa, uno puede permanecer más tiempo lejos de la salida cuando la fila se abre hacia la derecha y la izquierda.

Un suave aroma a flores flota en el ambiente. Apenas me acerco a Juan Pablo II, a no más de cuatro metros, un guardia me ordena: "Avanti". No me alcanza más que para obtener una rápida impresión del rostro pálido y la vestimenta de luto del pontífice. Por haber llegado desde el centro, logro permanecer unos segundos más.

Me resulta inevitable: comparo el semblante de Karol Wojtyla con el que vi hace muchos años, cuando él era más joven. Ésa es la imagen que guardo del papa.

Mientras tanto, los que habían estado atendiendo a sus cámaras y sus "telefoninos" cubren a Juan Pablo II de flashes y le apuntan con los celulares para guardar su imagen en la pequeña pantalla. Casi no les queda tiempo para ver al pontífice con sus propios ojos.

18:15
Jóvenes vencidos por el cansancio.
Las experiencias parecen diversas, sí. Sin embargo, todos aquellos con los que dialogo aseguran que ver al papa fue algo único, indescriptible, algo que los modificó profundamente, y que valió la pena el sacrificio.

Estoy en la salida. Algunos lloran. Otros permanecen en silencio. Hay quienes rezan. Veo a ancianos y niños agotados, sentados donde pueden. Varias personas "devoran" sandwiches y muchos forman una nueva fila para ir al baño. Unos adolescentes comparan las fotos que cada uno de ellos ha tomado con sus celulares.

Las experiencias parecen diversas, sí. Sin embargo, todos aquellos con los que dialogo aseguran que ver al papa fue algo único, indescriptible, algo que los modificó profundamente, y que valió la pena el sacrificio.

18:30

Salgo en busca de un sitio para comer. El Vaticano es un caos por la enorme afluencia de peregrinos que han llegado para el funeral de Juan Pablo II. Tengo que irme más lejos, mucho más lejos.

* * *

Les confieso que no habría aguantado semejante experiencia si no fuera por los desconocidos que me rodeaban. Les agradezco a quienes me acompañaron en la fila por empujarme en dos sentidos: con su cuerpo y con su fe.



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