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Miércoles, 30 de abril de 2003 - 22:06 GMT
Diplomas en vidrio roto
![]() Los estudiantes retiran los restos de lo que fueran sus aulas; temen perder el año.
Escribe Matías Zibell, enviado especial de la BBC a Irak
"Los bárbaros no dejaron nada, aparte de lo que usted puede ver. No hay sillas, no hay mesas, no hay equipos ni computadoras, se robaron incluso archivos personales, lámparas y puertas. Cuando llegamos no lo podíamos creer, mucha gente se largó a llorar luego de ver lo que habían hecho en la universidad".
No se trata de los habituales gritos en los pasillos ni los comentarios en clase cuando el profesor tarda en llegar, sino el sonido de las palas levantando vidrios rotos, madera y chapa. A eso se dedican los alumnos de la universidad en estos días, luego de que las clases se suspendieran a comienzos de la guerra y los saqueadores se dedicaran a los estudios... de lo ajeno... luego de terminados los combates. "Le hemos pedido a los estudiantes que nos ayuden para volver a funcionar. Empezamos con la limpieza de todo el desorden. Usted no se imagina lo que era esto días después de los saqueos. Tuvimos que limpiar el desastre", me aclara Ead Janabí, un profesor asistente de Ingeniería Mecánica. No perder el año En la Universidad Tecnológica de Bagdad se enseñaba desde arquitectura, construcción, física, video y televisión hasta ciencias aeronáuticas y aeroespaciales. Era un edificio tan importante para la educación iraquí que existían dependencias del partido Baas, la base política de Saddam Hussein y, además, fue visitado en dos ocasiones por los inspectores de las Naciones Unidas el pasado enero.
Entre la política local, las inspecciones internacionales, la guerra, los saqueos y la destrucción, los que han quedado desamparados son los estudiantes, cuyo mayor deseo es no atrasarse más en sus estudios. "Espero que las clases empiecen lo antes posible para no perder el año, ya que el período de clases termina en dos meses. Este año es muy importante para mí porque es el primero en la universidad", afirma Nora Thakr, una joven iraquí que no puede dejar de lamentar todo lo ocurrido. "Yo siento pena por lo que pasó acá. Esto no era un objetivo militar. Los ladrones robaron las computadoras y los equipos. Me siento sin esperanzas con respecto a lo que va a pasar en el futuro con mis estudios", dice. Rabia y pedidos De los profesores, el que más rabia expresa es Janabí, quien fue cuatro días seguidos al Hotel Palestina, donde estaban asentados varios militares estadounidenses, a pedir que ayudaran a terminar con los saqueos, sin conseguir resultados.
El doctor Beiruti, una de las autoridades de la Universidad, prefiere evitar la polémica y reiterar ante el micrófono su pedido de ayuda. Le pregunto qué necesitan más que nada y me dice simplemente "necesitamos de todo". Basta caminar por las salas y las aulas para comprobar que lo que necesita la Universidad Tecnológica de Bagdad es un milagro. Los laboratorios parecen un campo de batalla luego de un bombardeo. Las ventanas rotas y las sillas tiradas por el piso conforman una postal excelente si uno no quiere olvidarse jamás de aquel lugar llamado "desolación". Milagros Entre los cadáveres de los enchufes, los termómetros y lo que queda de los pizarrones, el esfuerzo de los estudiantes cargando camiones y camiones con restos de lo que fueran alguna vez sus aulas y sus centros de práctica parece un trabajo inútil.
"Muchos de los estudiantes que viven fuera de Bagdad no pueden salir de sus casas para concurrir a clases. Es difícil hasta caminar por las calles, entre tantos vendedores de armas y disparos", nos cuenta Nora mientras caminamos por las aulas. Ella, aunque logró llegar hasta aquí, no puede deshacerse de su propio desánimo. "Yo espero poder crecer y buscar un futuro mejor para mí país, pero siento que en esta situación de robos y saqueos no puedo hacer nada. Incluso venir a la universidad es imposible". El Consejo Universitario espera poder reabrir las puertas de esta institución la próxima semana. Yo no estaré ya en Bagdad para verlo, pero escuchando el ruido de las palas contra el vidrio roto, se sienten tantas ganas de creer en milagros. Fotografías: Matías Zibell y Paulo Cabral |
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