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Jueves, 17 de abril de 2003 - 17:17 GMT
Vivir para no contarlo
![]() Están rotos los puentes de comunicación entre Irak y el exterior.
Escribe Matías Zibell, enviado especial de la BBC a Irak
La guerra es como una bomba de racimo, cuando uno la suelta nunca puede controlar todas sus consecuencias. Al caminar por las calles de Basora uno encuentra las esquirlas de esta bomba en cada esquina, cada cruce de calles, cada mercado.
El entusiasmo de la gran mayoría de la población local por la caída de Saddam Hussein no logra tapar los hoyos profundos del bombardeo. El problema es que hay hoyos tan grandes, como la falta de un servicio normal de agua y electricidad o el temor causado por la inseguridad, que no hay tiempo ni ojos para las tragedias "menores". El hecho de que ningún teléfono funcione en una ciudad que vivió dos semanas en guerra es una catástrofe "de las pequeñas" en comparación con las demás, pero no para sus habitantes. Mirar y no saber Cada vez que Paulo Cabral -del servicio brasileño de la BBC- y yo nos detenemos en cualquier calle de Basora, una o dos personas nos piden agua o algo de comer, pero más de diez nos ruegan por el teléfono satelital que todos los periodistas llevamos con nosotros.
"Por favor, tengo un hijo estudiando en Canadá y hace semanas que no sabe nada de mí" / "Mi hermana está en Arabia Saudita y necesito hacerle saber que estoy bien" / "Mis dos hijos viven en Inglaterra y deben estar muy preocupados por mí". Para entender la dimensión de esta tragedia, usted como lector deber hacer el ejercicio que sigue. Imagine que sus padres, hermanos o hijos viven en un lugar llamado Irak, casualmente en la misma ciudad donde yo me encuentro, Basora. Durante dos semanas usted ve por televisión cómo bombardean y se matan en las calles de esta ciudad en cuestión, tratando de distinguir en las imágenes infrarrojas de las cámaras nocturnas la casita donde usted aprendió a caminar. Intenta las 24 horas escuchar -o no escuchar- el nombre de sus seres queridos en la lista de muertos, lo cual es más difícil para los iraquíes ya que, mientras las bajas de la coalición se contaron en letras (nombre, apellido, lugar donde nació, identidad de los seres queridos que harán el duelo) los muertos locales se contaron en números (500... 600... 700...) Y cuando la guerra termina, pasan semanas sin que usted reciba ninguna llamada, ni de su madre, ni de su padre, ni de su hermana, ni de la casita donde se dio el primer golpe al caminar. El sufrimiento, que siempre tiene la habilidad de multiplicarse, es tan terrible para el que no recibe noticias como para el que no puede darlas. Silencio sobre el silencio Un grupo de ciudadanos de Basora ha formado el Consejo Asesor Interino para restablecer, junto con las fuerzas británicas que ocupan la ciudad, el funcionamiento de la infraestructura urbana.
Entre sus objetivos están la inmediata vuelta a la normalidad del servicio eléctrico y de agua potable y la implementación urgente del Programa Petróleo por Alimentos, pero no se hace mención -al menos entre las cosas urgentes- del servicio de teléfonos. Es extraño que no se hable de que no se puede hablar. Mientras, unos 5 millones de iraquíes en el exterior esperan saber de sus familiares en Irak. Y aquí, más de 20 millones aguardan el bendito momento de poder gritar: ¡Estoy vivo! Fotos: Matías Zibell y Paulo Cabral |
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